Las Olas
Por Eneida Martínez Ocampo
"(…) en el amor como agua de mar te has desatado (…)"
"El amor", Pablo Neruda.
Era una tarde que avanzaba hacia el crepúsculo, desde el balcón se podía ver la inmensidad del mar, se escuchaban fuertemente las olas y su lamer en la ribera. Un hilacho de brisa vulneraba la intimidad de la habitación, mientras hacía bailar con cadencia la diáfana cortina. La última oleada de luz solar bañaba el espigado cuerpo de Camila, cerró sus ojos y sintió caricias de la brisa, apoyó sus brazos en la baranda, se arqueó dejando a la vista la curvatura de sus nalgas. Todo alrededor le embriagaba, escenario siempre fantaseado y ahora vuelto realidad, olas que no sólo mojaban la epidermis de la playa, sino también la de Camila. Ella se sentía arena fina devorada por la espuma, en su cuerpo no había diques para detener tanto calor, urgida de sosiego que acallara su ansiedad, cada muelle del alma gritaba con febrilidad.
Gerardo lo supo siempre, por esa razón dejaba que Camila estuviera en su punto álgido, para llegar en el momento exacto. La respiración de ella más acelerada y jalaba aire como si sus pulmones estuvieran secos, sedientos de oxígeno. Sintió en su cuello humedad, seguro agua marina arrancada por esa brisa; pero no, eran los labios de Gerardo que tampoco soportaba la espera y asistía a territorio virgen –y no porque él fuera el primer hombre en el cuerpo de Camila, sino porque la exploraría con detenimiento y dulzura–. No separó los labios del cuello y la atrajo hacia él, ese cuello experimentaba la aspereza de su barba, sus cuerpos quedaron verticales. Lamió y lamió con fuerza, como las olas a la playa; él el mar, ella arena fina. La lengua de Gerardo se volvió molusco que salivaba la piel, clavó con delicadeza sus dientes de luna en los hombros desnudos, sus manos apretaban la cintura y ella respondió frotando sus nalgas en la turgencia de él que crecía con rapidez.
Gerardo subió las manos hasta pescar esos pececillos escurridizos bajo la blusa ceñida, Camila sintió que los pezones estallarían de tan duros, duros como las peñas que rodeaban la costa, los jadeos se confundían con sonidos marinos, con las olas. Olas esmeraldas. Él jalaba aire como si sus pulmones estuvieran sedientos, oprimía todo su calor entre la separación de las nalgas de su Camila, porque ella era de él, y él de ella y ambos estaban destinados a la unión, al menos para ese momento. Gerardo bajó lentamente hasta el nivel de la grupa, subió la falda mientras sus dedos oprimían con delicadeza la carne firme, con cautela de escultor separó los muslos como si los fuera modelando, creados para él, para sus manos, para sus dedos.
Sus labios anidaron en la curva, viajó su lengua en el canalillo buscando una entrada, algún puerto donde detenerse y esa desesperación hizo que volteara el cuerpo de Camila. Deslizó las pantaletas para poder hundir la lengua en el delta de Venus, sintió el nacimiento de la espuma salina, saboreaba pequeñas olas que rompían en el litoral de los labios vaginales, el sexo de Camila era una aurora abriéndose. Gerardo hundió con desesperación la lengua para no dejar escapar ningún sabor, ella sentía arder sus entrañas, soltó un gemido profundo –voz de ola–, otro más saturado de placer, palabras ilegibles se enredaban con la brisa, ella no atinaba a decirle que le apaciguara de ese resquemor. Camila hecha de fuego, eruptiva, deseaba que le vaciaran sus aguas marinas y ardientes. Él tradujo ese lenguaje del cuerpo femenino posesionado por la pasión –exorcizaría esa hoguera quemante–, lamió con mayor profundidad, arremetió una estocada en el lugar clave para hacerla estallar, con sus dientes de luna sacó los pequeños labios de la concha protectora y los chupó. La respiración de Camila iba y venía, marejada de suspiros, jalaba aire alocadamente y sintió la aproximación de un oleaje de placer, estallaría en la boca de su amante, lo sujetó de los cabellos para que siguiera penetrándola con su lengua vuelta miembro, gimió y gimió... él sintió los fluidos de ella colmándole el rostro... y luego, un orgasmo rompiendo su ola en las lubricadas arenas, la quería comer, engullirse todos sus placeres. La asió fuertemente de las caderas y devoraba desesperado sus libaciones, también él gemía, gemía ronco –voz de mar–. Las voces se mezclaban convertidas en un solo reclamo, pedían más. Más hasta la locura, más hasta la pérdida de la razón, más hasta derramar la última ola, más hasta hacer estallar el último grano de arena...
Camila ya no sentía la brisa, ni el sonido del mar, abrió sus ojos y las olas no eran más que ríos de autos alocados, en la avenida Tlalpan, por llegar a su destino... ¿Gerardo?, no estaba ahí, sólo la mano de ella masturbándose y la otra apoyada en el barandal de su departamento en el tercer piso.
acuetzpalin@yahoo.es

Eneida, esto es hermoso, poético, descarrilante. Lo amé.
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