viernes, 15 de enero de 2010

El Onfalófago

Por Marcia Alejandra López Cisneros

El detective privado, Jaime Morones, acomodó el cuello de su gabardina e indeciso, atravesó la avenida. Llovía torrencialmente, su automóvil estaba descompuesto y, para colmo, Dalia lo había invitado a pasar la noche juntos. Sí, Dalia, flor emblemática de la belleza y el candor, labios carnosos y cintura breve, le había susurrado por el auricular:

— ¡Ven, te necesito!

Sin embargo, hacía apenas cinco minutos, el teniente Santillán lo telefoneó diciendo:

— ¡Urge que vengas aquí! ¡Ya!— y en su voz se notaba inquietud.

Así pues, a pesar de su deseo vehemente de deshojar una flor, Morones tuvo que acudir al llamado del departamento de policía. Ya se disculparía después con la mujer-tentación. Eran las nueve de la noche.

En el camino, Morones pensaba. Ya eran seis las víctimas encontradas en igualdad de circunstancias: mujeres cuyos ombligos habían sido separados de sus cuerpos; las entrañas quedaban expuestas, carentes de onfalo. Cuando el detective llegó al lugar de los hechos, todo era un caos: fotógrafos, toma de huellas dactilares, algunos mirones y la prensa, esos reporteros fastidiosos que, según la policía, casi siempre preguntan lo obvio.

A la media noche, el investigador Morones seguía sin saber qué concluir.

—Date cuenta, Jaime —le dijo el teniente—, debe de ser alguien cercano a la víctima. Seguramente un psicópata, un hombre que primero se gana su confianza y después, tranquilamente, comete el crimen. No hay rastros de otra clase de violencia.

A las dos de la madrugada y con más preguntas que respuestas, el detective abordó un taxi. Iría a casa de Dalia. Quería refugiarse en sus brazos y escapar por un momento de la realidad. Desde la fecha del primer asesinato, sólo había encontrado una pista; débil, es verdad, pero todo parecía señalar hacia el mismo punto: un antiguo ritual celta que garantizaba la eterna juventud al comer ombligos humanos. Le horrorizaba pensar en algo así. Por eso, decidió ir con la mujer que lo sedujera vía telefónica y no pensar más en el supuesto onfalófago.

Cuando Dalia abrió la puerta, los labios de ambos se unieron, los cuerpos se reconocieron y las manos… las manos no se quedaron quietas.

Jaime Morones, todo un caballero, no mencionó de dónde venía, no quería arruinar el encuentro. Dalia, toda una dama, no comentó que acababa de degustar un bocadillo exquisito, sublime; una vieja tradición familiar.

Llegó el amanecer. Morones había permanecido despierto contemplando, fascinado, la belleza de Dalia mientras ella dormía: dorados rizos resbalaban sobre los hombros tersos y tibios, al tiempo que uno de los mechones se movía sutilmente cada vez que salía el aire por la respingada nariz. Los níveos dedos reposaban en la almohada, eran tan delicados que se adivinaban tenues líneas azules en ellos. El hombre contemplaba el subir y bajar de la sábana sobre el pecho de su amante. La respiración era descasada, profunda, revelaba un sueño tranquilo, libre de cualquier pecado o culpa. La mujer se notaba tan frágil que si algo le sucediera él no podría soportarlo. Y así, en tanto que el detective tomaba un baño, ella —tan indefensa— seguía dormida, soñando que caminaba por las calles en busca de alguna mujer con un ombligo hermoso, una que le ayudara a prolongar su juventud y belleza, ésa que tanto le gustaba a Jaime Morones, detective privado.

jueves, 14 de enero de 2010

Si quieren ayudar a los damnificados de Haití…

Les comparto algunas direcciones y otros datos de centros de acopio donde podrán llevar sus donativos para ayudar a los haitianos. Recuerden que, por ahora, más que comida y ropa, lo más necesario son medicamentos…

Embajada de Haití en México

Presa Don Martín número 53, colonia Irrigación, Miguel Hidalgo

Horario: 24 horas

Especificaciones: Piden no llevar ropa y cobertores, no son necesarios en estos momentos

Teléfonos: 55802487 y 55572065

Cuenta para donativos: HSBC 4042482604, a nombre de PROTECCIÓN CIVIL DE HAITÍ

Correo electrónico: embajadadehaiti@gmail.com


CDHDF

Av. Universidad 1449, Pueblo de Axotla, a un costado de la estación del Metro Viveros, Línea 3.

Horario: 24 horas

Especificaciones: Envío de agua embotellada, alimentos enlatados, medicamentos en general y material de curación


GDF

Ubicación: Zócalo capitalino, a un costado de la Catedral

Horario: 9-18:00 horas

Especificaciones: Donar productos no perecederos como agua embotellada, latas de atún y verduras, azúcar, arroz, frijol, lenteja, aceite, sopa de pasta, cereal y galletas; medicamentos, anti diarreicos, entre otros

Información: www.df.gob.mx


Cruz Roja

Juan Luis Vives 200, esquina con Homero, colonia Los Morales Polanco

Horario: 24 horas

Especificaciones: Medicamentos como treda y lomotil; antibióticos, como avapena y virlix; paracetamol, aspirnas y dolac; suero oral, vendas, gasas, cubrebocas y soluciones antisépticas

Cuenta para donativos: Bancomer 0404040406 sucursal 686 - CLABE interbancaria 012180004040404062

http://www.cruzrojaamericana.org/


DIF

Prolongación Xochicalco, esquina con Repúblicas, en la colonia Santa Cruz Atoya

Horario: 9-18:00 horas

Especificaciones: Alimentos enlatados, de preferencia abre fácil, arroz y frijol en bolsas de uno o dos kilogramos como máximo, sopas de pasta

Tel 3003-2200

http://dif.sip.gob.mx/

martes, 12 de enero de 2010

El Puente de los Jacaliteños

Por Eneida Martínez Ocampo

Y celebraron… todos. La fiesta fue en grande; como nunca en el pueblo Los Dos Jacalitos se realizó la mejor fiesta que jamás antes habían hecho. Se lanzaron al cielo los más coloridos y más gritones cuetes; Doña Teodosia junto con sus hijas Anselma, María y Francisca, cocinaron sus recetas que con celo han guardado toda una generación; Don Aldegundo mandó a su nieto Celso a que sacara, y de paso desempolvara, la vieja carabina "pa' echar unos balazos". Llevaron a la única banda musical que pudieron encontrar, "Los Agapito"; tres hermanos que se dedicaban en sus ratos libres a la cantada, y aunque no eran tan buenos en su oficio de medio tiempo, eran los únicos que existían en los alrededores, y no obstante cobraron elevado sus servicios musicales nadie reparó en gastos. Ningún jacaliteño, por más menesteroso que estuviera, dejó de cooperar para hacer la gran fiesta pues la ocasión lo ameritaba. "Los Agapito", a pesar de ser desafinados, produjeron el milagro –con un par de violines y una guitarra– de que ni un solo jacaliteño se quedara sin bailar; mujeres, hombres, niños y niñas formaron parejas. Se hicieron fogatas, no sólo para alumbrar todo el pueblo, sino también para hacer el café y echarle un "piquetito", eso sí, muy fuerte. Todos celebraron.

Los Dos Jacalitos era un pueblito por allá, muy lejos, entrada la sierra, en lo más apartado, franqueado por los caudales de un arroyo tan grueso que parecía río, y en tiempos de lluvia, mar. Los jacaliteños no llegaban ni a sesenta, buenos nadadores la mayoría de ellos, pero tenían a sus ancianos que a veces no podían pasar la corriente, el "ganado" (tres vacas flacas y un becerro) también corría el peligro de ahogarse cuando crecían las aguas. Pero era muy característico que los pueblos de la sierra compartieran esa condición hidrográfica, tales como El Salto Grande, El Salto Chiquito, Toro Muerto, etcétera. Así que "jacaliteños", "saltichiqueños" o "muertoquiteños", estaban rodeados de agua y sumergidos en la espesura frondosa de las parotas, anonos, joberos, cacahuananches, huamúchiles, pochotes, guajoruscos, amates…

Y una noche sucedió la primera tragedia, doña Albina resbaló al arroyo porque la pobre apenas veía a diez centímetros de distancia y menos aún escuchaba. Ya estaba muy viejita decían unos, otros que ya no tenía quién la cuidara, unos más que fue mejor así, "Dios la tenga en su Santa Gloria" y todos se persignaron con un dejo de lástima.

La segunda tragedia y la más dolorosa, fue cuando el único becerrito que tenían cayó en las aguas bravas. Hermógenes, don Domitilo, Juvenal, don Benigno, Eligio y hasta don Aldegundo, el más viejo de todos ellos, nadaron para intentar alcanzar al futuro buey (habían fincado sus esperanzas en que ese becerrito pudiera llegar a "madurar", para que arara las tierras). Pero el becerro se ahogó. Estaba bueno el animalito decían unos, otros que ése era el único "logrado", unos más que eso sí era una verdadera tragedia, "Dios lo tenga en su Santa Gloria" y todos rezaron un rosario con llanto en los ojos.

Los jacaliteños ya no esperaron una tercera tragedia, había que resolver el problema para evitar más pérdidas humanas o de animales. Se tocó la campana de la capillita donde sólo podían entrar cinco personas, así que el atrio albergó a todos los que pudieron caber. Unos se treparon en las ramas de los árboles y los menos avezados se conformaban con cazar el eco de los parlantes. La primera y única propuesta fue la de volver a hacer otro puente –ahora sí que durara más–, las preguntas saltaron al instante cuestionando quién lo iba a construir pues don Elenito, el carpintero, ya estaba bajo tierra hace algunos años. Surgieron opiniones encontradas y nadie se lograba poner de acuerdo hasta que Salustino pidió la palabra:

–Siñores y siñoras, naiden hasta orita nos ha dado una güena solución. Y por qué mejor que en luego lueguito, le pedimos el puente a la municipalidad– Los cientos de ojos lo miraron con mucho escepticismo. Pero él no se amilanó y continuó con su idea, inútil para muchos pues ya sabían como se comportaba el gobierno cuando se le pedía algo.

–Hay que provechar que el nieto de don Aldegundo, este Vitoriano, es el prisidente municipal– Los cientos de ojos ahora lo vieron con un brillo de esperanza. No era mala la idea de Salustino. Vitoriano era la persona que podía ayudarlos.

Don Aldegundo y el resto de los hombres del pueblo se encargaron de visitar, en varias ocasiones, el Palacio Municipal hasta que el nieto los recibió. Vitoriano recordó con falsa melancolía su niñez en Los Dos Jacalitos y ya sin más ruegos, por parte de los jacaliteños, prometió que se construiría ese puente; no sin antes advertirles que tenían que cooperar con algunos centavitos por aquello de la mano de obra, pero que no se preocuparan por el material, porque eso sí, ese puente va ha ser el más chulo y el más fuerte. Los jacaliteños al principio estaban renuentes de dar sus ahorritos, pero pronto se convencieron de que era muy importante tener ese puente.

Pasaron un mes, dos meses, tres, cuatro y hasta el sexto se vio cumplida la promesa de Vitoriano. Un angosto –aunque muy pintoresco y bonito– puente de madera evitaría que los jacaliteños tuvieran que pasar a nado el arroyo, y hasta el "ganado" salió favorecido, pues ya podían ir a pastarlo a la otra orilla. Así que eso mereció una gran fiesta. Y todos celebraron, todos.

A la mañana siguiente más tardó en cantar el gallo de doña Liduvina, y en desvanecerse la cruda de aquellos que le echaron mucho "piquetito" a su café; que la presencia en el pueblo de un representante del municipio, quien llegó directamente con don Aldegundo para comunicarle que tenía un importante mensaje a todos los jacaliteños. Y la campana de la capilla volvió a repicar…

–Señoras y señores– el representante, con voz nerviosa, empezó a leer un papel arrugado– debido a los altos costos del puente, tengo el mandato por parte del Presidente Municipal, el señor ciudadano Vitoriano López Nopalera, es decir, el nieto de don Aldegundo López Cerritos aquí presente, de cobrarles a cada poblador de Los dos Jacalitos el paso por el puente. De igual forma, cada visitante de otros pueblos pagará por cruzar: Atentamente Presidente Municipal Ciudadano Vitoriano López Nopalera– y echó un rápido vistazo a las tres flacas vacas y añadió ya sin leer– Ah, y el peaje de animales tendrá un costo extra, sólo unos pesos más.

Al principio todos quedaron atónitos, después pasaron al desconcierto y por último asomó el enojo transformado en gritos de protestas. El pobre representante de la municipalidad ya no sabía dónde meterse, pues la gente casi se le echaba encima. Don Aldegundo intervino para contener la cólera de los jacaliteños, hablando con voz paternal y tranquila:

–Calmensemen, este probe hombre no tiene la culpa de los desgraciados y mal paridos de la municipalidad, así que nosotros mesmamente decidamos, ¿qué hacemos?

Don Benigno respondió a la pregunta con su voz eternamente ronca:

–Semos probes pero no pendejos, no nos van ver la cara. Nosotros semos dueños de ese puente, nosotros dimos los centavos para que se hiciera, ¿qué no? Así que si nosotros lo solicitamos, nosotros mesmamente lo desolicitamos, ya no lo queremos. ¡'ámonos por los machetes y las hachas! – soltó un alarido.

– Si, así se habla, don Benigno–gritó Zoelio muy enojado.

– ¡No dejemos ni la sombra de ese puente! –secundó doña Teodosia.

Nadie dudó ni tantito, todos los jacaliteños se sumaron para echar abajo el puente que ni siquiera lograron estrenar. El pobre hombre, encargado de cobrar el peaje, mejor salió del pueblo –a nado– por aquello de no terminar sus días como el puente.

Y la pintoresca construcción quedó hecha trizas, pero eso era lo de menos, al fin y al cabo la mayoría eran buenos nadadores.

Sobraban unos cuantos centavos, había que celebrar que ya no tenían puente y, sobre todo, que "naiden" iba a abusar de ellos jamás. Todos festejaron, todos… pero sí fue una verdadera pena que no alcanzaron "los dineros", para contratar a "Los Agapito".

lunes, 11 de enero de 2010

Para empezar el año


Arriba, de izquierda a derecha: Ramiro, Evelia, Marcia, Eneida, Ángel, Norma
Abajo, de izquierda a derecha: Manolo, nuestro maestro José del Carmen y Virginia

En Transitar de Letras queremos agradecer a todos nuestros lectores por su interés en nuestros proyectos, textos literarios y por compartir sus comentarios. Esperamos que hayan tenido un buen fin de año...