sábado, 9 de octubre de 2010
Sexto Cadáver Exquisito
Las Olas
Por Eneida Martínez Ocampo
"(…) en el amor como agua de mar te has desatado (…)"
"El amor", Pablo Neruda.
Era una tarde que avanzaba hacia el crepúsculo, desde el balcón se podía ver la inmensidad del mar, se escuchaban fuertemente las olas y su lamer en la ribera. Un hilacho de brisa vulneraba la intimidad de la habitación, mientras hacía bailar con cadencia la diáfana cortina. La última oleada de luz solar bañaba el espigado cuerpo de Camila, cerró sus ojos y sintió caricias de la brisa, apoyó sus brazos en la baranda, se arqueó dejando a la vista la curvatura de sus nalgas. Todo alrededor le embriagaba, escenario siempre fantaseado y ahora vuelto realidad, olas que no sólo mojaban la epidermis de la playa, sino también la de Camila. Ella se sentía arena fina devorada por la espuma, en su cuerpo no había diques para detener tanto calor, urgida de sosiego que acallara su ansiedad, cada muelle del alma gritaba con febrilidad.
Gerardo lo supo siempre, por esa razón dejaba que Camila estuviera en su punto álgido, para llegar en el momento exacto. La respiración de ella más acelerada y jalaba aire como si sus pulmones estuvieran secos, sedientos de oxígeno. Sintió en su cuello humedad, seguro agua marina arrancada por esa brisa; pero no, eran los labios de Gerardo que tampoco soportaba la espera y asistía a territorio virgen –y no porque él fuera el primer hombre en el cuerpo de Camila, sino porque la exploraría con detenimiento y dulzura–. No separó los labios del cuello y la atrajo hacia él, ese cuello experimentaba la aspereza de su barba, sus cuerpos quedaron verticales. Lamió y lamió con fuerza, como las olas a la playa; él el mar, ella arena fina. La lengua de Gerardo se volvió molusco que salivaba la piel, clavó con delicadeza sus dientes de luna en los hombros desnudos, sus manos apretaban la cintura y ella respondió frotando sus nalgas en la turgencia de él que crecía con rapidez.
Gerardo subió las manos hasta pescar esos pececillos escurridizos bajo la blusa ceñida, Camila sintió que los pezones estallarían de tan duros, duros como las peñas que rodeaban la costa, los jadeos se confundían con sonidos marinos, con las olas. Olas esmeraldas. Él jalaba aire como si sus pulmones estuvieran sedientos, oprimía todo su calor entre la separación de las nalgas de su Camila, porque ella era de él, y él de ella y ambos estaban destinados a la unión, al menos para ese momento. Gerardo bajó lentamente hasta el nivel de la grupa, subió la falda mientras sus dedos oprimían con delicadeza la carne firme, con cautela de escultor separó los muslos como si los fuera modelando, creados para él, para sus manos, para sus dedos.
Sus labios anidaron en la curva, viajó su lengua en el canalillo buscando una entrada, algún puerto donde detenerse y esa desesperación hizo que volteara el cuerpo de Camila. Deslizó las pantaletas para poder hundir la lengua en el delta de Venus, sintió el nacimiento de la espuma salina, saboreaba pequeñas olas que rompían en el litoral de los labios vaginales, el sexo de Camila era una aurora abriéndose. Gerardo hundió con desesperación la lengua para no dejar escapar ningún sabor, ella sentía arder sus entrañas, soltó un gemido profundo –voz de ola–, otro más saturado de placer, palabras ilegibles se enredaban con la brisa, ella no atinaba a decirle que le apaciguara de ese resquemor. Camila hecha de fuego, eruptiva, deseaba que le vaciaran sus aguas marinas y ardientes. Él tradujo ese lenguaje del cuerpo femenino posesionado por la pasión –exorcizaría esa hoguera quemante–, lamió con mayor profundidad, arremetió una estocada en el lugar clave para hacerla estallar, con sus dientes de luna sacó los pequeños labios de la concha protectora y los chupó. La respiración de Camila iba y venía, marejada de suspiros, jalaba aire alocadamente y sintió la aproximación de un oleaje de placer, estallaría en la boca de su amante, lo sujetó de los cabellos para que siguiera penetrándola con su lengua vuelta miembro, gimió y gimió... él sintió los fluidos de ella colmándole el rostro... y luego, un orgasmo rompiendo su ola en las lubricadas arenas, la quería comer, engullirse todos sus placeres. La asió fuertemente de las caderas y devoraba desesperado sus libaciones, también él gemía, gemía ronco –voz de mar–. Las voces se mezclaban convertidas en un solo reclamo, pedían más. Más hasta la locura, más hasta la pérdida de la razón, más hasta derramar la última ola, más hasta hacer estallar el último grano de arena...
Camila ya no sentía la brisa, ni el sonido del mar, abrió sus ojos y las olas no eran más que ríos de autos alocados, en la avenida Tlalpan, por llegar a su destino... ¿Gerardo?, no estaba ahí, sólo la mano de ella masturbándose y la otra apoyada en el barandal de su departamento en el tercer piso.
acuetzpalin@yahoo.es
sábado, 3 de abril de 2010
Quinto Cadáver Exquisito
005
"Si lo digo bajito, es una mentira."
¿Será que el viento no dice tu nombre.
"Es tan corto el amor y tan largo el olvido."
Las casas destartaladas en donde entra la nostalgia.
Los gritos golpean los sentidos.
Las gotas del rocio tintineaban sobre las hojas.
Me ahogaba en sus lamentos.
Viento gris sumergido en un río.
Inquilinos de la noche o Elena ven cuando oscurezca
"En Troya las piedras hablan de historia y mito"
"Troya", Andrés de Luna
Para esas horas las calles, aparentemente desérticas, las alfombra aún más la suciedad y la basura. Callejones tapizados de huellas olvidadas por los transeúntes. Algunas callejuelas salpicadas por la luz sucia de faroles sucios. Las estrellas y la luna adivinábanse detrás de una gruesa cortina de contaminación.
Un par de manos enguantadas por costras de mugre, rompen con brutalidad unas bolsas de plástico que celosamente resguardan lo inservible para quienes lo tiran, pero valioso tesoro para quienes lo encuentran. Rotas las bolsas; saltan unas botellas de vidrio que se rompen al contacto brutal con el suelo, latas de aluminio, cajas de medicinas caducas, papeles que en otros tiempos habían sido documentos de suma importancia… Todo se recicla y se vende. Pero también esas bolsas contienen ruido, mucho. Ruido que estuvo silenciado hasta que un ser deleznable –para los durmientes de una ciudad que sufre de insomnio– lo provoca, y sale de su prisión para agredir la quietud. Ruido que asalta el silencio que pocas veces hace presencia en una urbe trasnochada, ojerosa.
Los puños del viento invernal no son lo suficientemente agresivos para subyugar a los inquilinos de la noche. Mendigos que piden y méndigos que no les dan, beodos, drogadictos, prostitutas de todos los precios para todos los bolsillos, y hasta perros sosegándose la roña con sus lamidas. Animales noctámbulos.
Las bancas de un parque recóndito son la fortaleza de muchos seres sin cobija ni cobijo. Pero para qué querías una manta cuando tienes a Elena para atajarte del frío. Las manos enguantadas por la mugre, se meten en los rinconcitos más cálidos, en las carnes más gordas, en las curvas más pronunciadas, en la piel más floja…
Patricio no es ningún héroe griego, pero sí es el héroe que rescata del viento gélido a Elena. Una Elena que a ratos se escapa de su locura. Una locura, que no en pocas ocasiones, la tiene encadenada a diversas realidades alternas donde no conoce ni a Patricio ni a nadie más. Patricio es uno de esos seres que se mimetiza en la oscuridad. Animal noctámbulo. Su delgadez un tanto esquelética, su altura un tanto alargada; sus cabellos son gruesas lianas negras donde los piojos y liendres se mecen libremente. Su edad indefinible, insondable; es de esos hombres con cara de joven y gestos de anciano; de ojos –de un azul profundo– infantiles pero resguardados por hondas arrugas.
Elena y Patricio. Ambos se arropan con sus cuerpos. Gimen. Gruñen. Murmuran. Animales aliviándose la soledad. Lamiéndose las heridas. Canija soledad Patricio, ¿para qué quieres más cobija de la que te ofrece la piel de Elena? Elena es una mujer de edad de entre los veinte y los cuarenta años, es decir, indescifrable; la suciedad incrustada en su rostro es un blindaje que impide saber si es joven o vieja, bella o fea; pero para Patricio es la fémina más hermosa de toda la urbe. El exceso de ropas gastadas que lleva a cuestas, también imposibilita saber con certeza las dimensiones de su figura. Sólo tú lo sabes, Patricio, cuando en las noches metes tus manos para protegerlas de las agujas del frío.
El parque "Troya" era, en lejanos tiempos, un sitio donde iban a sentarse en sus bancas "la gente bonita", "las familias bien", las personas "finas" paseaban a sus perros "finos"… eso fue hace mucho tiempo; ahora "Troya" es un lugar donde los seres noctámbulos tienen sus dominios. Dominios sobre la bancas y que son la fortaleza de cada uno de ellos. Pero hay una banca en especial, una grande, ancha. Enorme cama, una "quinsais", dices Patricio, donde caben dos habitantes urgidos de calorcito. Los ahuehuetes son alcahuetes protectores de las miradas vouyeristas, que pudieran espiar desde las altas ventanas de los altos edificios.
Algunos hilachos de noche resisten a desvanecerse, pero la claridad de la mañana llega sin que nadie la invite. Elena es tomada de sorpresa por su locura. ¡Ve tú a saber qué la pone así!, Patricio. No siempre en las noches llega la cordura para agarrarla de buenas, aunque tú te las ingenias para atraerla, a veces con mucho éxito, a la banca. Pero cuando la demencia la apresa con gruesos grilletes no hay nada qué hacer con esa loca, y Patricio la deja en paz mientras él se marcha con los escombros de su vida a cuestas.
En el día los inquilinos nocturnos también desempeñan su rol de seres mañaneros. Trabajan sus oficios. Si son putas "a darle al talón"; si son carteristas "a meter el dos de bastos"; si son diableros "a'i va el golpe"; si son mendigos "una monedita por favor, Dios se lo va a pagar"; si son franeleros "viene viene"; si son rateros de transporte colectivo "saquen todo lo que traigan si no se los carga la chingada"; y si es Patricio: "Tooooodo lo que tengo en la vidaaaaa/ mi ternura escondidaaaaa/ mi ilusión de viviiiiir/ tooooodo te lo diera contentooooo/ porque tu pensamiento no apartaras de mííííí…", canta mientras separa lo reciclable de lo comestible. Y ¿Elena? Quién sabe qué hará ella, quizá también se dedica a la reciclada, es lo más seguro, pero eso no le importa a Patricio, sólo la extrañas cuando pasas más de dos noches sin el calorcito de sus carnes.
En invierno son raros los aguaceros, pero los hay, y eso sí te pone de malas; porque Patricio no puede acomodarse en su "quinsais" y es cuando Elena huye de "Troya", y quién sabe dónde se mete esa loca. A Patricio sólo le queda observar la lluvia que cae con enojo incontenible; divisar cómo los relámpagos rompen con estiletes luminosos el cielo; ver con resignación los goterones que la tormenta pare. Y se sienta en el piso debajo de una marquesina de un local abandonado, encoge las piernas y las aprieta contra su pecho, no puede evitar ser alcanzado por el agua fría que escupen las nubes furiosas. Después de que la lluvia se detiene, siempre busca alivio en un vaso de mezcal abaratado. ¡Qué rico te sabe, Patricio!, sólo se le pude comparar con el calorcito que te produce Elena, dónde estará esa loca. Pinche loca, me hace falta.
Escampa. No más tormentas distraídas, que se cuelen en una estación que no les corresponde estar; pero eso no quita tener que soportar las astillas del invierno. Y Elena vuelve, y otra vez a "Troya", a la cama acogedora. Forcejean. Y Elena como que quiere y no quiere. Susurros. Arrímate un poquito más, siente cómo me pones. Gruñen. Tócalo, anda tócalo. Sudan. Y es la primera vez que le hablas al oído a Elena; siénteme quiero cogerte. Gimen. Quizá le hablas suavecito, quedito, porque hace más de diez días que no la tenías a tu lado, su calorcito, Patricio, como el mezcal que calienta la garganta.
El invierno rezuma aromas de Navidad; figuras luminosas adornan edificios y casas, árboles naturales y artificiales están "sembrados" en las banquetas o establecimientos para ser vendidos. A Patricio le encanta esta época, porque la ciudad se hermosea de lucecitas titilantes –muchas son azules como sus ojos–, y eso le gusta mucho muchísimo porque una vez, sólo una vez, Elena te dijo que lo que más le hechizaba de ti era el color de tu mirada, no dijo de tus ojos, dijo de tu mirada, y eso lo consideraste lo más poético que alguien te haya dicho. Así, la única razón de que a Patricio le guste la Navidad es porque el azul se vuelve más brillante, más vistoso. Pero también estás feliz, pues tienes en la bolsa del pantalón un pequeño regalito que le darás a tu Elena.
Están destruyendo "Troya". Máquinas feroces manipuladas por hombres, aun más feroces, abren el asfalto, entierran sus garras en "Troya". Despedazan las bancas, esas fortalezas para los inquilinos nocturnos, esa "quinsais" de Patricio y Elena. Arrancan de uno, dos, tres, cinco tajos los ahuehuetes alcahuetes que protegían de los mirones. El ambiente se tiñe de polvo, se teje de ruinas. Todos presencian la destrucción, se van, los inquilinos se marchan. La locura le hinca los colmillos con más crueldad a Elena. Grita. Espérate, no pasa nada; tratas de calmarla. Corre. No corras; intentas asirla de un brazo. Escapa. Se escabulle entre tránsito y transeúntes que agolpan las calles. Desaparece. Ya no la ves… ni nunca la verás –no le podrás dar el regalito–, porque "Troya" está destruida.
Eneida Martínez Ocampo
miércoles, 17 de febrero de 2010
Cuarto Cadáver Exquisito
004
Lejos, descalza entre hojas muertas.
Comíamos ravioles y me cayó el veinte.
Elvia Luna se bañó en el ámbar de la laguna.
Quiero dos de ciempiés.
La nostalgia poblaba mi razón.
Las nubes pasan por el valle de la Anáhuac.
Sobre las olas del deseo de tu piel.
Caminando entre xilófonos donde sólo hay notas huecas.
"Escribe", me dijo, "escribe".
Quiero Sudar Contigo
Por Norma Páez
Antonia salió corriendo de la oficina para llegar a casa y arreglarse. Había llegado por fin el viernes, el tan esperado viernes. Pronto se vistió con su atuendo negro: una falda de piel, una blusa ligera, botas y un collar de semillas. Pintó sus labios de un rojo cereza, su cabello alborotado caía hasta la cintura. Antes de salir del departamento bebió un sorbo del café que preparó por la mañana.
Al llegar al Foro, se topó con la fila de personas que deseaban entrar a la presentación de Real de Catorce, fila que casi daba vuelta a la manzana. Antonia se reprochaba todos los pretextos con los que intentaba justificarse: el tráfico, las marchas, la estrechez de las calles; llegar tarde, un mal hábito que no cambia en ella. Desesperada pensó en su amigo -dueño del lugar-. Mientras lo buscaba sintió la mano de una mujer que tocó su hombro. Se trataba de Camila, una mujer de treinta y tres años que cargaba con su complejo de altura; Antonia en cuanto se volvió con un dejo de malestar la abrazó pensando en alejarse.
-¿Crees que alcancemos a entrar? -preguntó Camila.
-Espero que sí. Hoy tuve que pasar una bronca con mi marido. Emilio prefirió quedarse aplanado en su sillón, acariciando a su tonto gato.
-Olvídate de Emilio, ahora es el momento de disfrutar la noche, ¡a José Cruz!
En la entrada principal del Foro apareció riendo a carcajadas el amigo que tanto buscaba. Sandro se distinguía por esa risa franca, fuerte y en ocasiones chillona más que estridente. Atraídos por esa fuerza del…, Antonia y Sandro se abrazaron con efusividad, luego sin decir nada él extendió el brazo para darles paso. Antonia caminando detrás de Camila, entró al tiempo que saludaba a sus "cómpas" de la entrada. Ambas mujeres subieron por las escaleras, entraron al Foro y previniendo el calor se acercaron al ventilador. Antonia desabrochó tres botones de su blusa, sus senos intentaron escaparse, pedían libertad; insinuante se acercó al escenario:
-Y, ¿dónde está José Cruz? -gritó Camila.
-Aún no ha llegado, seguro que se le travesó el gato de su mujer.
Ambas rieron desaforadamente, pero pronto cambiaron de ánimo; Camila buscó en su bolsa unos cigarros, al darse cuenta que no los traía preguntó:
-Antonia, ¿traes un cigarro?
-¡Por supuesto!
En cuestión de minutos el Foro estaba repleto. De repente se escucharon gritos y chiflidos; José Cruz por fin había llegado. No tardó en prepararse, luego radiante salió al escenario, bajó su sombrero negro cubriendo su frente. Su pose de divo motivó el griterío de las mujeres. A pesar de que para unos el bluesero era un vanidoso, para la mayoría era el poeta urbano.
En cuanto Camila se dio cuenta de la indiferencia de Antonia, se alejó abriéndose paso dando empujones y uno que otro codazo. Desde el fondo, Camila gritó: "Déjate de payasadas y empieza". José Cruz ignorándola se quitó la chamarra y dejándose llevar por las embriagantes notas de las guitarras, cantó: Extraño en la multitud. En ese momento, Antonia recordó a Emilio agobiado por sus celos; él detestaba ver cómo ofrecía sus labios a ese hombre de más de cincuenta. Emilio como otras noches que Antonia acudía a los conciertos, prefería refugiarse en el departamento que había heredado de su abuela.
Sonó la armónica. Despertó y aquellos pensamientos que la turbaban pronto los disipó. El olor a marihuana y tabaco se esparció. Las botellas de cervezas chocaban. Algunos ebrios y otros volando se movían en oleaje siguiendo a coro la letra de cada canción. La luz tenue iluminaba las caras alargadas, redondas y pequeñas de hombres y mujeres. Las pinturas en el muro obscurecían el lugar.
Antonia fumaba marihuana cuando Frank se acercó. Él extendió la mano y le ofreció unas rayas de cocaína. Sin hablar ella se dejó conducir tras el escenario. Inhalaron. Sintiendo los efectos, Antonia lo acarició, desabrochó su pantalón, jugó con su lengua, deslizó su mano, capturó su sexo. Él comenzó a besarla, mordió sus pezones, humedeció su piel con la lengua, subió su falda, deslizó sus gruesos dedos, acarició su sexo y al oído le susurró partes del poema de José Cruz: "quiero sudar contigo…, soy el vago que te arranca el aroma para existir". Los gemidos de ella y la respiración profunda de él se confundieron con la deleitante armónica; en el fondo se escuchaba El boxeador. Las piernas de Antonia rodearon la cintura de Frank y los cuerpos se mojaron, se penetraron, se hicieron uno. Bailaron. Atrapados en las sensaciones orgásmicas, la imagen de Emilio seguía ahí, con Antonia. Sí, ahí en las bragas húmedas, en la piel erizada por los movimientos coordinados y armónicos; estaba ahí, en los mordiscos que Frank le daba una y otra vez en los pezones. Al final, sólo se despidieron.
El blues calló, y a media noche Antonia regresó a casa, entró sigilosa, se dio un baño, limpió el olor a marihuana de su cuerpo, raspó el sudor de Frank, secó su humedad; luego se acomodó junto a Emilio. Parecía dormir. Se metió entre las sábanas, lo abrazó y él, con dolor en el pecho le dio la espalda; el dolor se producía al pensarla en los brazos de otro, le era insoportable. Emilio quería una relación de dos, ella quería vivir una relación abierta pero…, Emilio intentaba decirle: "no importa, está bien, me motiva que hayas estado con otro… pero quédate conmigo, sólo conmigo". La contradicción le impedía recibirla, volverse hacia ella y besarla. Antonia no desistió de abrazarlo, buscó su aliento, su calor, persiguió su hombro y él no pudo resistir más, tomó su mano y la apretó junto a su pecho, sus latidos se aceleraron.
Ella besó su espalda, su cuello, su cabello y sintiendo la piel de su marido, le dijo: "te amo".
Casita Tlalpan
Escrito hace cientos de días
Corregido, 9 de octubre del 2009.
viernes, 15 de enero de 2010
El Onfalófago
Por Marcia Alejandra López Cisneros
El detective privado, Jaime Morones, acomodó el cuello de su gabardina e indeciso, atravesó la avenida. Llovía torrencialmente, su automóvil estaba descompuesto y, para colmo, Dalia lo había invitado a pasar la noche juntos. Sí, Dalia, flor emblemática de la belleza y el candor, labios carnosos y cintura breve, le había susurrado por el auricular:
— ¡Ven, te necesito!
Sin embargo, hacía apenas cinco minutos, el teniente Santillán lo telefoneó diciendo:
— ¡Urge que vengas aquí! ¡Ya!— y en su voz se notaba inquietud.
Así pues, a pesar de su deseo vehemente de deshojar una flor, Morones tuvo que acudir al llamado del departamento de policía. Ya se disculparía después con la mujer-tentación. Eran las nueve de la noche.
En el camino, Morones pensaba. Ya eran seis las víctimas encontradas en igualdad de circunstancias: mujeres cuyos ombligos habían sido separados de sus cuerpos; las entrañas quedaban expuestas, carentes de onfalo. Cuando el detective llegó al lugar de los hechos, todo era un caos: fotógrafos, toma de huellas dactilares, algunos mirones y la prensa, esos reporteros fastidiosos que, según la policía, casi siempre preguntan lo obvio.
A la media noche, el investigador Morones seguía sin saber qué concluir.
—Date cuenta, Jaime —le dijo el teniente—, debe de ser alguien cercano a la víctima. Seguramente un psicópata, un hombre que primero se gana su confianza y después, tranquilamente, comete el crimen. No hay rastros de otra clase de violencia.
A las dos de la madrugada y con más preguntas que respuestas, el detective abordó un taxi. Iría a casa de Dalia. Quería refugiarse en sus brazos y escapar por un momento de la realidad. Desde la fecha del primer asesinato, sólo había encontrado una pista; débil, es verdad, pero todo parecía señalar hacia el mismo punto: un antiguo ritual celta que garantizaba la eterna juventud al comer ombligos humanos. Le horrorizaba pensar en algo así. Por eso, decidió ir con la mujer que lo sedujera vía telefónica y no pensar más en el supuesto onfalófago.
Cuando Dalia abrió la puerta, los labios de ambos se unieron, los cuerpos se reconocieron y las manos… las manos no se quedaron quietas.
Jaime Morones, todo un caballero, no mencionó de dónde venía, no quería arruinar el encuentro. Dalia, toda una dama, no comentó que acababa de degustar un bocadillo exquisito, sublime; una vieja tradición familiar.
Llegó el amanecer. Morones había permanecido despierto contemplando, fascinado, la belleza de Dalia mientras ella dormía: dorados rizos resbalaban sobre los hombros tersos y tibios, al tiempo que uno de los mechones se movía sutilmente cada vez que salía el aire por la respingada nariz. Los níveos dedos reposaban en la almohada, eran tan delicados que se adivinaban tenues líneas azules en ellos. El hombre contemplaba el subir y bajar de la sábana sobre el pecho de su amante. La respiración era descasada, profunda, revelaba un sueño tranquilo, libre de cualquier pecado o culpa. La mujer se notaba tan frágil que si algo le sucediera él no podría soportarlo. Y así, en tanto que el detective tomaba un baño, ella —tan indefensa— seguía dormida, soñando que caminaba por las calles en busca de alguna mujer con un ombligo hermoso, una que le ayudara a prolongar su juventud y belleza, ésa que tanto le gustaba a Jaime Morones, detective privado.
jueves, 14 de enero de 2010
Si quieren ayudar a los damnificados de Haití…
Les comparto algunas direcciones y otros datos de centros de acopio donde podrán llevar sus donativos para ayudar a los haitianos. Recuerden que, por ahora, más que comida y ropa, lo más necesario son medicamentos…
Embajada de Haití en México
Presa Don Martín número 53, colonia Irrigación, Miguel Hidalgo
Horario: 24 horas
Especificaciones: Piden no llevar ropa y cobertores, no son necesarios en estos momentos
Teléfonos: 55802487 y 55572065
Cuenta para donativos: HSBC 4042482604, a nombre de PROTECCIÓN CIVIL DE HAITÍ
Correo electrónico: embajadadehaiti@gmail.com
CDHDF
Av. Universidad 1449, Pueblo de Axotla, a un costado de la estación del Metro Viveros, Línea 3.
Horario: 24 horas
Especificaciones: Envío de agua embotellada, alimentos enlatados, medicamentos en general y material de curación
GDF
Ubicación: Zócalo capitalino, a un costado de la Catedral
Horario: 9-18:00 horas
Especificaciones: Donar productos no perecederos como agua embotellada, latas de atún y verduras, azúcar, arroz, frijol, lenteja, aceite, sopa de pasta, cereal y galletas; medicamentos, anti diarreicos, entre otros
Información: www.df.gob.mx
Cruz Roja
Juan Luis Vives 200, esquina con Homero, colonia Los Morales Polanco
Horario: 24 horas
Especificaciones: Medicamentos como treda y lomotil; antibióticos, como avapena y virlix; paracetamol, aspirnas y dolac; suero oral, vendas, gasas, cubrebocas y soluciones antisépticas
Cuenta para donativos: Bancomer 0404040406 sucursal 686 - CLABE interbancaria 012180004040404062
http://www.cruzrojaamericana.org/
DIF
Prolongación Xochicalco, esquina con Repúblicas, en la colonia Santa Cruz Atoya
Horario: 9-18:00 horas
Especificaciones: Alimentos enlatados, de preferencia abre fácil, arroz y frijol en bolsas de uno o dos kilogramos como máximo, sopas de pasta
Tel 3003-2200
martes, 12 de enero de 2010
El Puente de los Jacaliteños
Por Eneida Martínez Ocampo
Y celebraron… todos. La fiesta fue en grande; como nunca en el pueblo Los Dos Jacalitos se realizó la mejor fiesta que jamás antes habían hecho. Se lanzaron al cielo los más coloridos y más gritones cuetes; Doña Teodosia junto con sus hijas Anselma, María y Francisca, cocinaron sus recetas que con celo han guardado toda una generación; Don Aldegundo mandó a su nieto Celso a que sacara, y de paso desempolvara, la vieja carabina "pa' echar unos balazos". Llevaron a la única banda musical que pudieron encontrar, "Los Agapito"; tres hermanos que se dedicaban en sus ratos libres a la cantada, y aunque no eran tan buenos en su oficio de medio tiempo, eran los únicos que existían en los alrededores, y no obstante cobraron elevado sus servicios musicales nadie reparó en gastos. Ningún jacaliteño, por más menesteroso que estuviera, dejó de cooperar para hacer la gran fiesta pues la ocasión lo ameritaba. "Los Agapito", a pesar de ser desafinados, produjeron el milagro –con un par de violines y una guitarra– de que ni un solo jacaliteño se quedara sin bailar; mujeres, hombres, niños y niñas formaron parejas. Se hicieron fogatas, no sólo para alumbrar todo el pueblo, sino también para hacer el café y echarle un "piquetito", eso sí, muy fuerte. Todos celebraron.
Los Dos Jacalitos era un pueblito por allá, muy lejos, entrada la sierra, en lo más apartado, franqueado por los caudales de un arroyo tan grueso que parecía río, y en tiempos de lluvia, mar. Los jacaliteños no llegaban ni a sesenta, buenos nadadores la mayoría de ellos, pero tenían a sus ancianos que a veces no podían pasar la corriente, el "ganado" (tres vacas flacas y un becerro) también corría el peligro de ahogarse cuando crecían las aguas. Pero era muy característico que los pueblos de la sierra compartieran esa condición hidrográfica, tales como El Salto Grande, El Salto Chiquito, Toro Muerto, etcétera. Así que "jacaliteños", "saltichiqueños" o "muertoquiteños", estaban rodeados de agua y sumergidos en la espesura frondosa de las parotas, anonos, joberos, cacahuananches, huamúchiles, pochotes, guajoruscos, amates…
Y una noche sucedió la primera tragedia, doña Albina resbaló al arroyo porque la pobre apenas veía a diez centímetros de distancia y menos aún escuchaba. Ya estaba muy viejita decían unos, otros que ya no tenía quién la cuidara, unos más que fue mejor así, "Dios la tenga en su Santa Gloria" y todos se persignaron con un dejo de lástima.
La segunda tragedia y la más dolorosa, fue cuando el único becerrito que tenían cayó en las aguas bravas. Hermógenes, don Domitilo, Juvenal, don Benigno, Eligio y hasta don Aldegundo, el más viejo de todos ellos, nadaron para intentar alcanzar al futuro buey (habían fincado sus esperanzas en que ese becerrito pudiera llegar a "madurar", para que arara las tierras). Pero el becerro se ahogó. Estaba bueno el animalito decían unos, otros que ése era el único "logrado", unos más que eso sí era una verdadera tragedia, "Dios lo tenga en su Santa Gloria" y todos rezaron un rosario con llanto en los ojos.
Los jacaliteños ya no esperaron una tercera tragedia, había que resolver el problema para evitar más pérdidas humanas o de animales. Se tocó la campana de la capillita donde sólo podían entrar cinco personas, así que el atrio albergó a todos los que pudieron caber. Unos se treparon en las ramas de los árboles y los menos avezados se conformaban con cazar el eco de los parlantes. La primera y única propuesta fue la de volver a hacer otro puente –ahora sí que durara más–, las preguntas saltaron al instante cuestionando quién lo iba a construir pues don Elenito, el carpintero, ya estaba bajo tierra hace algunos años. Surgieron opiniones encontradas y nadie se lograba poner de acuerdo hasta que Salustino pidió la palabra:
–Siñores y siñoras, naiden hasta orita nos ha dado una güena solución. Y por qué mejor que en luego lueguito, le pedimos el puente a la municipalidad– Los cientos de ojos lo miraron con mucho escepticismo. Pero él no se amilanó y continuó con su idea, inútil para muchos pues ya sabían como se comportaba el gobierno cuando se le pedía algo.
–Hay que provechar que el nieto de don Aldegundo, este Vitoriano, es el prisidente municipal– Los cientos de ojos ahora lo vieron con un brillo de esperanza. No era mala la idea de Salustino. Vitoriano era la persona que podía ayudarlos.
Don Aldegundo y el resto de los hombres del pueblo se encargaron de visitar, en varias ocasiones, el Palacio Municipal hasta que el nieto los recibió. Vitoriano recordó con falsa melancolía su niñez en Los Dos Jacalitos y ya sin más ruegos, por parte de los jacaliteños, prometió que se construiría ese puente; no sin antes advertirles que tenían que cooperar con algunos centavitos por aquello de la mano de obra, pero que no se preocuparan por el material, porque eso sí, ese puente va ha ser el más chulo y el más fuerte. Los jacaliteños al principio estaban renuentes de dar sus ahorritos, pero pronto se convencieron de que era muy importante tener ese puente.
Pasaron un mes, dos meses, tres, cuatro y hasta el sexto se vio cumplida la promesa de Vitoriano. Un angosto –aunque muy pintoresco y bonito– puente de madera evitaría que los jacaliteños tuvieran que pasar a nado el arroyo, y hasta el "ganado" salió favorecido, pues ya podían ir a pastarlo a la otra orilla. Así que eso mereció una gran fiesta. Y todos celebraron, todos.
A la mañana siguiente más tardó en cantar el gallo de doña Liduvina, y en desvanecerse la cruda de aquellos que le echaron mucho "piquetito" a su café; que la presencia en el pueblo de un representante del municipio, quien llegó directamente con don Aldegundo para comunicarle que tenía un importante mensaje a todos los jacaliteños. Y la campana de la capilla volvió a repicar…
–Señoras y señores– el representante, con voz nerviosa, empezó a leer un papel arrugado– debido a los altos costos del puente, tengo el mandato por parte del Presidente Municipal, el señor ciudadano Vitoriano López Nopalera, es decir, el nieto de don Aldegundo López Cerritos aquí presente, de cobrarles a cada poblador de Los dos Jacalitos el paso por el puente. De igual forma, cada visitante de otros pueblos pagará por cruzar: Atentamente Presidente Municipal Ciudadano Vitoriano López Nopalera– y echó un rápido vistazo a las tres flacas vacas y añadió ya sin leer– Ah, y el peaje de animales tendrá un costo extra, sólo unos pesos más.
Al principio todos quedaron atónitos, después pasaron al desconcierto y por último asomó el enojo transformado en gritos de protestas. El pobre representante de la municipalidad ya no sabía dónde meterse, pues la gente casi se le echaba encima. Don Aldegundo intervino para contener la cólera de los jacaliteños, hablando con voz paternal y tranquila:
–Calmensemen, este probe hombre no tiene la culpa de los desgraciados y mal paridos de la municipalidad, así que nosotros mesmamente decidamos, ¿qué hacemos?
Don Benigno respondió a la pregunta con su voz eternamente ronca:
–Semos probes pero no pendejos, no nos van ver la cara. Nosotros semos dueños de ese puente, nosotros dimos los centavos para que se hiciera, ¿qué no? Así que si nosotros lo solicitamos, nosotros mesmamente lo desolicitamos, ya no lo queremos. ¡'ámonos por los machetes y las hachas! – soltó un alarido.
– Si, así se habla, don Benigno–gritó Zoelio muy enojado.
– ¡No dejemos ni la sombra de ese puente! –secundó doña Teodosia.
Nadie dudó ni tantito, todos los jacaliteños se sumaron para echar abajo el puente que ni siquiera lograron estrenar. El pobre hombre, encargado de cobrar el peaje, mejor salió del pueblo –a nado– por aquello de no terminar sus días como el puente.
Y la pintoresca construcción quedó hecha trizas, pero eso era lo de menos, al fin y al cabo la mayoría eran buenos nadadores.
Sobraban unos cuantos centavos, había que celebrar que ya no tenían puente y, sobre todo, que "naiden" iba a abusar de ellos jamás. Todos festejaron, todos… pero sí fue una verdadera pena que no alcanzaron "los dineros", para contratar a "Los Agapito".
lunes, 11 de enero de 2010
Para empezar el año
En Transitar de Letras queremos agradecer a todos nuestros lectores por su interés en nuestros proyectos, textos literarios y por compartir sus comentarios. Esperamos que hayan tenido un buen fin de año...






