003
La tarde gris y fría me acompaña.
Te encontrabas lejos, rumbo al sur.
Las redes de tu cabello me atraparon.
La melancólica tarde de invierno no termina.
Cáscaras de naranja quedaron sobre la arena de la playa.
Porque nunca habrá más.
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La tarde gris y fría me acompaña.
Te encontrabas lejos, rumbo al sur.
Las redes de tu cabello me atraparon.
La melancólica tarde de invierno no termina.
Cáscaras de naranja quedaron sobre la arena de la playa.
Porque nunca habrá más.
Desde la Cima...
Por Eneida Martínez Ocampo
Desde la cima se divisan mejor las cosas, toman una perspectiva singular. Todos los objetos que alcanzan mi vista se ven diferentes y hasta me atrevo a decir que hermosos. La alfombra adquiere de nuevo esa tonalidad granate profundo, la lámpara en forma de cactus da sus primeras flores anaranjadas, el escritorio es una isla para los náufragos volúmenes de Marcel Proust que no alcanzaron lugar en el librero. Otra ínsula salvadora de libros es la mesita de centro, desde donde el pequeño Quijote de la Mancha, con escudo en mano y montado en su rocín, me recrimina con la mirada el no colocarlo en un lugar más digno de su hidalguía. La cama es el único reducto libre de tomos y obras, alcanzo a ver un mar negro humeante alojado en mi gran taza verde. Todo el entorno se transforma desde la cima...
Desde la cima, muto mis piernas por alas, me convierto en ave y alzo el vuelo, no caigo como Ícaro por acercarme a la fuente de calor, al contrario, eso aumenta mis energías para remontarme en las alturas y ser más hábil que el halcón. De día domo y cabalgo cirros, de noche pesco estrellas con cabellera larga, o si se me antoja, atravieso pozos negros que me comunican a otros universos.
Desde la cima, es curioso, pero si clausuro mis párpados se aguza la visión, miro más allá del ventanal, atravieso los edificios y me escabullo por las azoteas. Hurgo en las ropas manoseadas por el viento, bronceadas por el sol, rociadas por la llovizna... o juego a ser mujer de la selva y convierto los tendederos en lianas para columpiar mis fantasías.
Desde la cima, cambio a diversos estados: del sólido al líquido y luego gaseoso. Mi cuerpo pierde su solidez pues me evaporo de pies a cabeza, me transformo en nada y en mucho. Mojo todo lo que la epidermis acaricia y marco territorio, territorio desbordante de mis mares y ríos.
Desde la cima, voy a horcajadas sobre caballo brioso y al galope voy reventando rienda sin caer. Desbocado muchas veces va mi alazán y me dejo conducir a lugares extremos; en otras ocasiones se torna manso y pide la mesura.
Desde la cima, admiro la transformación de tu rostro, me deleita el mutar de tu actitud pasiva por gestos de placer, tus ojos con brillo de soles, tu boca albergadora… de gemir deleitoso y retórica fogosa y estimulante.