Ilusionada
"…pero no me quedó otra que instalarla en mi casa y, el colmo, hasta agasajarla con la fiesta de bienvenida más hipócrita que di jamás. Tenerla allí complicó seriamente mi existencia pues mi estilo de vida era para disfrutar los encantos de las mujeres sin exclusividad alguna…"
Hernán Cortés
Era uno de los muchos festejos en honor de tu marido. Las bromas y risas fueron bienvenidas en aquella velada. Sin dar mayor explicación, te retiraste de la mesa. Los comentarios fuera de lugar y las fuertes críticas, hechas por tu esposo, se hicieron insoportables igual que sus múltiples amoríos. Esta vez fue demasiado lejos.
Años atrás, su grandielocuencia al hablar y su trato amable te cautivaron el alma. Se mostraba interesado en ti, como una dama por un sombrero, aunque tardaste en notarlo. Cuando te diste cuenta de su inconsistencia e incapacidad para amar a una sola mujer, era tarde. Tragaste el orgullo, al saber de sus amoríos con una de tus hermanas. A pesar de la herida y el sufrimiento, mantuviste los planes de boda con aquel seductor.
Y cómo claudicar, si abandonaste tus raíces con el alma y el corazón esperanzados, anhelantes de otra vida, igual que las mariposas se alejan del frío, en busca de un mejor clima. Allá en tu tierra natal, la soledad y la pobreza eran los mejores amigos familiares. Recuperar el abolengo, era una enorme loza para ti. La presión en el pecho, mareos, migrañas y algún desmayo repentino, te acompañaban con cierta frecuencia.
Migrar a nuevas tierras era la fórmula perfecta, la respuesta a las ilusiones familiares. Tu hermano, empleado del gobernador isleño, solicitó apoyo para que viajaras junto a tu madre y tus hermanas. La familia estaría unida nuevamente y saldrían adelante, como lo había hecho tu padre al lado de tus abuelos.
Pobre, pero bella, con aires de ser gran señora y de las pocas con esa clase y nacionalidad en la isla, pronto llamaste la atención y sucumbiste enamorada a los cortejos de aquel amigo de tu hermano. Para ti, amor y sueños de grandeza, para él compromiso que le alejaba de la aventura, de una mayor conquista. El sentimiento hacia ti, pronto se le agotó. Qué dotes podías ofrecer al hombre celoso, inseguro, temeroso de ser engañado gracias a tu belleza; interesado en incrementar su fortuna y casarse con alguien que pudiera elevarlo a la cumbre del poder. No, no. No eras su tipo, dejabas de serle provechosa, luego de disfrutar y saberse dueño de tus encantos. Lo sabías y sin embargo te aferraste a él, cual náufrago a un bote de remos a la deriva. La palabra fracaso era inexistente para ti. Ni tu hermana, ni otra mujer te separaría de quien te haría memorable por la eternidad.
La propuesta matrimonial declinó debido a las conquistas del seductor, lo cual le valió visitar las frías celdas del lugar, por mandato gubernamental. Saldría de allí sólo bajo la promesa de casarse contigo. Y lo hizo, movido más por el interés de obtener a cambio finos vestuarios, servidumbre, títulos… que por verdadero amor hacia ti.
A pesar de mostrarte enamorada de él, éste te repudiaba, humillaba y alejaba constantemente del lecho conyugal. Noticias de sus continuas infidelidades llegaban a ti traídas por el viento.
Un largo viaje aleja a tu hombre, todavía más de ti. En compañía de otras mujeres y con sus planes de grandeza bajo el brazo, te relega a un plano casi inexistente para él. Sólo aquella noche de gran pesar físico y espiritual, abatido y tras largos años de olvido, te pidió perdón mientras te evocaba en imagen, disculpándose a su manera por el daño hecho.
El murmullo del lugar trajo hasta tus oídos noticias del conquistador. Dispuesta e ilusionada a compartir sus éxitos y en espera de reconciliarte con él, te embarcaste hacia el nuevo país, a darle alcance sin aviso alguno. Arribaste con tu hermano y hermana, aquella quien también había probado los brazos y labios de aquel a quien buscabas. Los tres fueron recibidos con gran alegría. La ciudad entera estaba plagada de fiestas diversas; la nueva posición social era muy cautivadora, pronto te acostumbraste a ella. Tus sueños cobraban vida.
Solías visitar la iglesia por las mañanas, ricamente ataviada, contenta, acompañada de damas de la alta sociedad y de aquellas migrañas. Luego de la misa, grandes banquetes esperaban en el comedor de la casa, por ti y las nuevas amistades. El éxtasis era mayúsculo.
Fue en una de esas comidas cuando el conquistador, públicamente, te hizo volver a los orígenes humildes. Mencionó la nula aportación hecha por ti al matrimonio, lo poco apetecible de tu compañía y que, según él, no sabías ser mujer diurna ni nocturna. Cuanto tenías y eras se lo debías a él. Mayor humillación no pudiste haber recibido. Avergonzada te retiraste al oratorio a llorar de indignación. Pocos minutos después él se acercó a ti, ofreció disculpas e imploró perdón, se mostró arrepentido. Abrazados, dirigiéronse a la habitación y luego de besarse con pasión, navegaron aquellas sábanas. Todo volvía a estar en paz y en armonía.
Los sirvientes escucharon fuertes gritos del conquistador y acudieron de inmediato a la habitación. Nada se pudo hacer. Las cuentas de azabache, de una hermosa gargantilla, dispersas en la cama y en el piso. Tu cuello con marcas moradas alrededor. Por fin dejabas de ser obstáculo para sus propósitos.
Noviembre 2009
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