viernes, 20 de noviembre de 2009

El Hierbero

Por Evelia Yáñez

Don Anastacio, mejor conocido en el barrio como "don Tacho", viudo desde hace 27 años, y con dos hijos viviendo en el país del norte que emigraron a muy temprana edad. Para soportar su soledad se refugiaba en la cantina "El Compadre". Allí conoció a don Martín, viejo "dinosaurio", hicieron buena mancuerna en el domino, y en cierta ocasión se fueron con una buena ganancia en los bolsillos, pues se atrevieron a retar a los más veteranos en el juego, motivo que los hizo famosos en el medio. La edad no era un obstáculo y todos los domingos salía a recorrer el viejo barrio "La Lagunilla". Le gustaba recordarla como cuando él era niño con sus calles anchas y casonas altas que por las tardes lo resguardaban del sol. Sus recuerdos también se remontaban a las mañanas frías en que su padre salía con morral a cuestas caminando muy apurado rumbo al mercado y por supuesto a la voz del padre ofreciendo sus menjunjes, al puesto repleto de toda clase de hierbas. El padre de don Tacho atendía con devoción a sus marchantes, recomendándoles toda clase de remedios para sus malestares. ¡Cómo olvidar a doña Nora! quien cada tercer día lo consultaba pues se la vivía de mal en mal; que si un día era mal de ojo, otro era la ciática y otro más el riñón y si no un rasguño, el caso era tener la mente ocupada en cualquier malestar que la hiciera olvidar la pérdida de su único hijo.

Los miércoles y sábados se ponía un tianguis alrededor del mercado y el padre de don Tacho lo dejaba al frente del puesto mientras salía a recorrerlo con una canasta en la que llevaba sus plantas, las más socorridas. Y empezaba a gritar cual merolico: ¡seeeeñooooor! ¡seeeeñooooraaa! ¡Sí, usted! ¡Tengo lo que necesita para aliviar su mal! ¡Contra la hepatitis, las erupciones de la piel y los gusanos intestinales nada mejor que una infusión de aleluya! ¡Pero si se trata de males estomacales, úlceras, tumores cancerosos la misma hierba pero en tisana. Si el caso es de reumatismo e hinchazón de las articulaciones excelente medicamento es la consuelda mayor, así como para las luxaciones, torceduras o ataques de apoplejía, basta aplicarla durante la noche en compresas. Si su preocupación esta en el arte amatorio nada más eficaz que un té de licopodio para que no duden de su virilidad, además de un baño de sándalo, aquí tengo el remedio para cualquier mal que le aqueje!

Y entre males, remedio y plantas medicinales Anastacio creció. Siendo hijo único, su padre se esmeró por darle todo el cariño y más. A pesar de que su niñez la vivió encerrado en un local del mercado, no pudo tener mejores amigos que los mismos locatarios. Muchos de ellos del sexo femenino, procurándolo en alimentación y mimos. De los hombres escuchó las historias terroríficas propias del mercado: muy famosos era el fantasma del Pancho que cuidaba del lugar, un viejo guardia muerto en el primer incendio que sufrió el inmueble, algunos amantes de lo ajeno declararon que en sus intentos de hurto vieron la sombra del guardián quemado acercarse a ellos con bravura, al verlo quedaron paralizados del miedo y un sudor frío recorrió sus frentes. Doña Cata, buena cocinera, de un infarto quedo en su local, hallando su cuerpo muy abrazado a su olla de barro, hasta la fecha, en los pasillos donde se vende comida se alcanza a escuchar como la doña restriega su tan preciado instrumento de trabajo. De la señorita Pita, fantasma que esconde las tijeras, alfileres y cintas métricas de los vendedores de ropas y telas, en vida ella atendía el puesto de cortinas y manteles, sufría de esquizofrenia, una tarde de noviembre sus alucinaciones penetraron el local y los lienzos cobrando vida la tomaron por la espalda y con sus fuertes hilos cubrieron su rostro, ahogándola en una invitación a dormir entre sus tejidos algodonosos de color rojo brillante; entre tantas historias…

Don Tacho no conoció a su madre, sabía que murió en el parto, su nombre era Felicitas Aguilar Mendez. Una mañana que junto con su esposa y padre desayunaba, don Tacho descubrió la gran mentira en la que había vivido: su padre leía los obituarios del periódico y lágrimas rodaron por sus mejillas al ver allí el nombre en grande letras negras de aquella a quien todavía amaba. Al ver a su padre en semejante situación se acercó y vio el nombre allí escrito, sintió como su cuerpo se helaba; pensó en reclamarle a su padre por semejante engaño, entonces como rayo divino le vinieron a su mente todos los recuerdos de la feliz niñez y dicha jamás conocida que su padre le dio. El apretón fuerte que recibió en el brazo por parte de su esposa lo regreso al presente, entonces tomó el periódico, lo dobló y un fuerte abrazo y beso le dio a su padre. Olvidaron el asunto y jamás ni pregunta ni reclamo se atrevió a pronunciar. Cuido amorosamente a su padre hasta que un infarto fulminante lo aparto de él.

Al continuar su recorrido por el barrio, don Tacho recuerda a su esposa, tiene presente aún la primera vez que sus miradas se cruzaron. Amparo era su nombre. Ella junto con sus hermanos atendía un puesto en el mercado de "chacharas" de la Lagunilla. A sus pies siempre se podían ver: platones, platos y jarrones antiguos de cerámica y porcelana francesa e inglesa; candelabros y diversos objetos de plata y bronce; candiles, vasos y ceniceros de cristal murano; fonográfos, cámaras fotográficas y encendedores. Muñecas de cara y manos de porcelana. Fotografías y pósters de antaño. Al don le llamó la atención un óleo, un cuadro donde al fondo de éste se veía un cielo brillante, flores de colores contrastantes formaban un camino, al final un lago y en el lago un pequeño corcel con la cabeza reclinada bebiendo agua y las hojas de los árboles meciéndose cándidamente. Mirar a aquel animal que plácidamente saciaba su sed le brindaba una sensación de frescura que casi podía sentir la brisa del viento golpear su rostro. Al preguntar el precio a la joven, se encontró con los ojos de Amparo, su mirada le hizo trastabillar, pago sin chistera el costo tan elevado que ella le dio, hasta se olvido de regatear. Dos años después Amparo y Anastacio se casaron, y ese cuadro adornó su sala por mucho tiempo.

Su matrimonio fue armonioso, sus dos hijos varones no nacieron ni para el negocio ni para la escuela, lo suyo era la aventura. Decidieron probar suerte en el norte, después de la muerte sorpresiva de doña Amparo se marcharon, don Anastacio les dio su bendición y les dijo: "Sólo se vive una vez, vivan de la mejor manera." De vez en vez sus hijos le mandan cartas y fotografías, no lo olvidan sin embargo, no están a su lado.

El oficio que don Anastacio ejerce bien lo aprendió de su padre, sin embargo, siempre supo que tenía una habilidad especial, había algo extraño, diferente y superior: podía hablar con las plantas, sí, tenía una comunicación excepcional con ellas. Podía recomendar la mejor hierba para aliviar el peor mal, siempre tenía el remedio perfecto. Los clientes siempre regresaban a agradecerle. Su padre también se convenció de ello, cierta ocasión pudo percibir como las plantas seguían con leves movimientos a su hijo, el niño las alababa, las acariciaba y de las plantas recibía respuesta de algún modo. En otra ocasión, llegó, como siempre, doña Nora, tenía un fuerte dolor en la espalda, era tan intenso que casi no podía hablar. Cuando el padre apenas se volvía para buscar la planta que mejor la ayudará, su hijo ya le brindaba un ramo de árnica, el niño sólo tenía cuatro años. Por esa razón su padre no insistió en que su hijo fuera a la escuela –vale más el conocimiento que un papel – decía en respuesta a la insistencia de familiares y amigos para que lo inscribiera en la secundaria.

Hasta estos días se le encuentra en su local, ubicado en la Ave. de Circunvalación, siempre con una sonrisa y feliz de poder brindar alivio. Su cuerpo denota cansancio sus ojos aún no. Animoso como siempre es el primero en llegar y también el primero en cerrar. Se le mira platicando siempre con sus yerbas, consintiéndolas, les da agua, les procura luz. Si llega algún cliente a pedirle ayuda y don Tacho no tienen remedio en ese momento, le sugiere que regrese más tarde; si el caso es muy agudo de preferencia que regresen al día siguiente. Tiempo que requiere don Tacho para platicar con sus hierbas y de particularidad en las mañanas que es cuando ellas están más frescas y contentas y así más fácil la respuesta. Cuando regresa el cliente ya le tiene todo listo.

Don Anastacio no sale a ofrecer sus remedios al tianguis, no es necesario. Pero de vez en cuando y para no perder la tradición, sale al frente de su local y empieza con su cantaleta: "¡Seeeeeñooooor ¡ ¡seeeeeñoooooraaaa! ¡seeeeeñooooriiiitaaaa! ¡jooooveeeen! Sí, usted. Si sufre de dolores de cabeza por el estrés, no ha podido tener hijos, la artritis no lo deja trabajar, su hija no quiere comer, su hijo anda en drogas, acérquese, aquí le tenemos el remedio".

1 comentario:

  1. Muy bonito cuento, en verdad me gustó. Sentí esa frescura del óleo que Don Tacho le compró a la que sería su esposa, así como también percibí el olor de las flores del camino que llevaba hasta donde el corcel bebía, y me golpeó la brisa del viento al llegar ahí. Igualmente, capté cada aroma que las hierbas desprendían, y alcancé a escuchar un murmullo de ellas cuando Don Tacho les hablaba. Muchas felicidades.

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