viernes, 13 de noviembre de 2009

El Delfín

Por Ramiro Reynoso León

El sol entra por la ventana sin invitación alguna. En el interior de la vivienda el mancebo se mueve suavemente, entre las sábanas. Cuatro mujeres velaron su sueño, luego de hacerle disfrutar desde cada punto cardinal, como pocas veces en su corta pero experimentada vida.

Se sienta sobre la cama, se estira, bosteza cual felino mientras se levanta. Ya conoce el camino luego de tantos meses de repetir aquel ritual. El séquito de solícitas mujeres al pendiente de sus mínimas necesidades, atiende sus deseos y caprichos cual si fuera una deidad. La tina amplia como una alberca, con agua tibia y pétalos de flores, lo recibe maternal. Las manos femeninas recorren el cuerpo del mancebo, -musculoso y marcado producto del gimnasio y de una alimentación rica y balanceada­­­-, de manera rítmica, lenta, sin prisa, con movimientos circulares y ascendentes al corazón. Una bata de seda azul le cubre al concluir el baño.

Las mujeres le conducen de regreso a la recámara. Ahora es el momento para un masaje relajante de pies a cabeza. Su cuerpo es ungido con aromáticas cremas. Cepillan su cada vez más larga cabellera, la trenzan y arreglan de la mejor manera.

Una vez realizados los tratamientos corporales matutinos, las mujeres le visten por completo. Un elegante traje negro importado, de lana virgen, oculta la suave ropa interior de algodón blanco. Camisa de algodón egipcio, corbata de seda. Calcetines en perfecta combinación con el traje y zapatos negros, lustrosos, hechos a la medida en alguna ciudad europea. Vestido así, el mancebo es la más viva expresión del poder y la elegancia.

El cielo azul, despejado, se deja ver a través de las ventanas. Al abrirlas el cielo da los buenos días con una corriente de aire fresco que aleja la manifestación de lociones y perfumes. Ya vestido, el mancebo, encamina sus pasos hacia la entrada de la mansión, un amplio jardín tan verde como la selva, muestra sus gotas de rocío. Una limusina impecable, le espera paciente. El chofer, vestido de levita, abre la puerta y la cierra cuando la última de las cuatro mujeres ha subido. Toma su lugar junto al volante. Igual que el sol, ya sabe el itinerario de cada día de la semana.

La limusina se desliza cual rayo solar, sobre el asfalto hacia el corazón de la ciudad. Una entrevista-desayuno con el jefe de estado espera por el mancebo. Decisiones importantes serán tomadas, bajo su asesoría, para el bienestar del pueblo. Todo sacrificio vale la pena con tal de perpetuar el clan y el imperio. Los tributos deben llegar desde las más recónditas poblaciones, puntualmente, al igual que las lluvias, de otra manera la vida puede agotarse. Es imperativo continuar con el dominio sobre otros pueblos, "estar bien con el de arriba"; por ello la contribución del mancebo es vital.

Luego de la junta-desayuno, el mancebo se dirige con su séquito femenino al centro de las artes. Maestros especializados le comparten sus conocimientos musicales. Él interpreta diversas melodías en saxofón, piano y bajo. El aprendizaje es notable, luego de meses de disciplinada instrucción.

Pasado el mediodía acude a comer con personajes de la nobleza: políticos y ministros, expertos en negocios, educación, turismo y otras actividades importantes para el imperio. Las opiniones del mancebo, también son bienvenidas, valoradas y, muchas veces, seguidas al pie de la letra, por tratarse de un iniciado, de un representante divino en la tierra.

Por la tarde, cuando el sol comienza su viaje hacia el poniente y las nubes aparecen tras él, el mancebo acude a un centro educativo. A éste asisten mujeres con sus hijos, a escuchar las palabras de aquel hombre inmaculado, hermoso, perfecto. Éste charla con los niños, los invita a ser un ejemplo de buen ciudadano, excelso guerrero. Al despedirse se le reverencia a su paso.

Cinco días antes del gran evento, el mancebo se casa con aquellas cuatro damas, éstas han sido educadas en las mejores academias para tal fin. Se encargan de cortarle el cabello, cepillarle la piel, darle masajes y tés relajantes. Música de los dioses y aromáticos inciensos complementan la atención corporal y espiritual. Necesita estar conectado con el cosmos, con la bóveda celeste, a fin de cumplir su encomienda. En esos cinco días, viaja con su séquito real y sus esposas a diversas ciudades. Es importante hacerse ver por la mayor cantidad posible de personas. Que las multitudes le conozcan, admiren su belleza, su capacidad de sacrificio por las masas, sus dotes oratorias.

Obtiene peticiones para la divinidad; las ilusiones de muchos y la continuación de la vida, está en sus manos. Cómo no cumplir, cómo renunciar a ese gran compromiso ya adquirido, por voluntad o imposición, ¡qué importa! No es el momento para dar marcha atrás. Y menos cuando el Estado se ha mantenido al pendiente de su desarrollo físico, intelectual, espiritual y ha vigilado celosamente su desempeño, durante el último año.

Aquella mañana era más soleada de lo usual, buen augurio para el ceremonial tan esperado. Luego de todas las atenciones de sus esposas y de un desayuno frugal en casa, el mancebo sube a la limusina. El chofer ha verificado, en el sistema de localización satelital, la nueva ruta para esta ocasión. Las esposas ricamente ataviadas, le acompañan en su trayecto con alegres cantos, alabanzas y hermosos poemas de amor.

Las multitudes cual enjambres de abejas, se aglomeran en torno al paso de la limusina, como si fuera un cajón de miel. Todos quieren estar cerca del nuevo emisario de aquel dios. Los gritos, las loas y coros, estremecen al mancebo pues exaltan los valores, las tradiciones, las esperanzas de aquel pueblo.

El mancebo, con medio cuerpo por fuera del techo de la limusina, sonriente para los demás, pensativo para sí, estira la mano, saluda a la mancha gris e informe que lo vitorea.

Por fin arriba a la plazuela donde él emitirá su discurso. Una a una las nuevas propuestas salen de sus labios; una a una se diluyen en el viento y se incrustan en los oídos de los concurrentes. Una a una las gargantas se desgarran al gritar en espera de ser escuchadas en una última petición. Y allí está el mancebo, en cumplimiento del rol asumido, sabiéndose el instrumento de la máxima autoridad para cumplir los designios celestiales.

No hubo necesidad de recostarle sobre ninguna piedra ancha, ni abrirle el pecho para extraerle el corazón. Entre la muchedumbre, apenas se escucharon los disparos. Una enorme mancha roja se confundió con el color de la corbata, sobre la camisa blanca del mancebo y éste se derrumbó entre los brazos de sus amadas. Así estaba planeado y la vida del imperio se renovó.

Noviembre 2009

ramiroreynosoleon@live.com.mx

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