Buscando una Mejor Forma de Morir
Por Eneida Martínez Ocampo
Mientras escuchaba la voz soprano del saxofón de John Coltrane, abrió la ventana lentamente y observó a través de ella los edificios grises que componían el conjunto urbano. Miró con cierto interés un trozo de la anatomía de lo más amado y lo más odiado; no podía imaginarse fuera de los brazos de la ciudad, pero de igual forma ese estrujamiento lo asfixiaba. Pensó en varios nombres para aclamarla: la selva de asfalto, la jungla de hierro, el monstruo de concreto… Gustaba jugar con las palabras, armar frases, inventar dichos, memorizar poemas o trabalenguas. Pero en ese momento ningún pensamiento aliviaba su malestar que le pesaba milenario. La soledad siempre agazapada en cualquier sitio para lanzar la mordida.
El señor Antonio Maldonado, de gustos refinados y vestimenta impecable, era dueño de varias revistas para adultos que se vendían como pan recién horneado, y a pesar de que sus ingresos eran excelentes, no podía evitar sentirse avergonzado por el material que publicaba, pues sentíase un prosaico, un vulgar cualquiera, pero en fin, el negocio es el negocio. Hacía ya varios años que se encontraba solo, separado de su esposa e hijos, cuando se libró de ellos se quitó un fardo de su espalda pues siempre los consideró: chupasangres, quitavidas, chinchesabandijasanguijuelas, bola de mantenidos... Pero después de diez años viviendo solo en su departamento, no imaginó que a larga le pesara la vida. Las ideas de terminar su existencia volvieron a retoñar en su mente, él las podaba cierto tiempo cuando llegaban a surgir pero ahora las sentía más crecidas de lo normal, ya no las cortaría, al contrario…
Mientras determinaba cuál sería la mejor forma de morir; comió la amargura de todas las tardes y de postre cuatro Marlboro. Las notas del saxofón bailaron lento y entrelazadas con las virutas humeantes de los cigarros.
Se sintió poeta con la música y el ambiente brumoso, sentóse en su sillón de piel y empezó a recitar: La muerte es la única que abre los brazos para dar amor por toda una eternidad. ¡Ah!, que perfecto pensamiento casi me dan ganas de no matarme, para seguir creando tan bella poesía, el mundo se perdería de un enorme talento. Pero si seré pendejo, ahora que lo pienso, esa frase la escuché en una película, caray, por qué esperar sentado para que la muerte me acoja en su regazo… Sin pretenderlo sus ojos se detuvieron en el calendario, la idea de quitarse la vida se reforzó cuando vio la fecha. Vaya, sí que será un buen día para morir: Fieles Difuntos. Todos los que me conocen se acordarán de mí, aunque me detesten, se acordarán de mí.
Se volvió acercar a la ventana e intentó sacar el pie, sin embargo, su voluminoso cuerpo impidió que pudiera hacer cualquier mínimo movimiento. Además estaba en el segundo piso, difícil matarse a esa altura, a lo mucho me fracturo una pierna y estaría convaleciente muchos meses, mejor busco otra manera.
Pensó en cortarse las venas y fue a la cocina a buscar el cuchillo más filoso. Al encontrarlo observó con escrutinio, lo acercó con temor a su muñeca izquierda. Carajo, cómo no tengo una tina de baño, así podría meterme en ella y morir como algún importante personaje romano, en fin, el temblor de su mano se intensificaba sin poder llegar a concretar su tarea ejecutadora. No, no pudo. Decidió salir del departamento, antes me sentaba a esperar la muerte, y ahora salgo a buscarla a las calles como a una prostituta. Bonito bonito pensamiento, seguramente ya alguien lo dijo antes que yo. Y mientras tanto, "Big Nick" se enredaba con la neblina humosa.
Dejó su auto, pues quería desentumir las piernas. Antes de atravesar la avenida Manuel González, se imaginó cómo sería si se dejaba atropellar por alguno de esos carros, conductores bravos, no, esa muerte no era para él, no correré el riesgo de medio morir dando un patético espectáculo. El semáforo dio el paso a los peatones, así que el señor Antonio Maldonado inició su andar por los intestinos del monstruo de concreto.
La oscuridad –con sabor a invierno adelantado– empezaba a devorar con premura el claror de la tarde otoñal. Letreros de luces de neón invitaban a internarse a algún hotel o cantina, y para los menos aventurados a un café. La ciudad se pintaba de Día de Muertos y se disfrazaba de Halloween; mezcolanzas de prehispanismo con cultura celta. La noche y el frío estimulaban a dejarse enredar por los brazos de alguna mujer nocturna. Antonio Maldonado pensó en ir a visitar a Rebeca, la de las caderas anchas; o quizá volver a probar las carnes jóvenes de la Colegiala, la puta más puta de Circunvalación. Pero ellas no aceptan American Expres, y ni porque sea cliente asiduo me fiarían. Son "mariposas", más bien "polillas andariegas", que se ganan el pan de cada hora con el sudor de sus carnes. Bonita, cursi pero bonita frase, creo que ésa sí es de mi autoría.
Una gran variedad de ofrendas en honor a los muertos se exponían en la plaza de la Constitución, pero él evitó pasar por la muchedumbre, no soportaba tanto jolgorio aturdiéndole la cabeza, disonancias martillando los tímpanos y esos tambores de los neoaztecasjipismugrosos, el humo del copal acariciaba los cuerpos semidesnudos y sudorosos de los danzantes.
Caminó, caminó, y sólo supo que había caminado mucho porque sus pies ya no quisieron continuar. Estaba justo frente a la Torre Latinoamericana, echaría un último vistazo a su amada urbe urbe urbanísima, suena como putísima, sí, definitivamente la ciudad es una gran golfa, señorona ramera, que invita a todo mundo a su seno y promete el cielo, después cobra lo triple. Estando en la cima de la Torre pudo admirar el cuerpo noctámbulo de su urbanísima, conjugó los sonidos con los olores, los colores con los sabores, se dejaba arrullar por las múltiples voces citadinas y a lo lejos, quizá, el sax de Coltrane se fusionaba con ellas.
La altura de un edificio como ese, podría servir para arrojar su vida en caída libre. Pero otra vez la duda hizo acto de presencia. Yo creo que no me voy a lanzar de un edificio, honestamente no quisiera quedar embarrado en el asfalto, mucho menos quiero ser carroña de los fotografoslacayos de periódicos amarillistas. Ya hasta me imagino en la primera plana de El Gráfico o La Prensa: "Hombre maduro se avienta de un edificio, al parecer era atractivo –el hombre–, pero el golpe le desfiguró el rostro". Necesito una muerte más rápida, sin arrepentirme, sin tiempo a titubear. Otra nueva idea iluminaron sus iris de color verde acuoso. Nada más efectivo que un disparo en la cabeza (o en el pecho, para no desfigurarme), jalado el gatillo se acaba todo, ¡pum! rápido y efectivo.
Detuvo un taxi y mientras pasaban establecimientos aún abiertos y personas disfrazadas de momias, monstruos, calabazas, catrinas… pidiendo "calaverita", su mente volaba junto con las polillas que se estrellaban en el parabrisas; intentó encontrar un buen pretexto para que Armando, único amigo, le prestara su arma. Qué gracioso arma-Armando, hasta parece trabalenguas. Armando arma su arma, arma su arma Armando, su arma Armando arma y yo quiero el arma de Armando jajajaja… armarmandoarma… y cuando más se divertía en su juego de palabras el taxi entró en un callejón sin salida y se detuvo. Dos sujetos armados abrieron con violencia la puerta del auto y uno de ellos intentó sacarlo a empellones:
–Pinches tu… tu… tunantes– fue lo primero que se le ocurrió decir al señor Maldonado.
–Tu… ¿qué? ¡Tu puta madre, cabrón!, órale sálgase del coche– le gritó el asaltante.
El taxista le advirtió que si hacía una pedejada se lo iban a despechar directito al infierno o al cielo, tenía la opción de escoger. Lo registraron de pies a cabeza, dieron con su cartera, sólo un par de billetes de poco valor para los ladrones, sacaron las tarjetas de crédito e identificaciones, le quitaron el reloj chapeado en oro. El más rudo le puso la pistola en la cabeza:
–Ahoritita, hijo de la chingada, nos vas a llevar a un cajero para que saques la marmaja– gritó.
–No, no chingues, capaz que nos atrapa la poli con este güey y no nos la acabamos –acotó el chofer– dijimos que lo que trajera encima, nada de estarnos exponiendo a lo pendejo- remató.
–Bueno, entonces me lo despachó, a dónde jefe, ¿al cielo o al infierno?– amenazó el ratero y con el cañón de la pistola jugueteaba en la cabeza del señor Antonio Maldonado.
–No por favor, por lo que más quiera en su vida, por su madrelindahermosachula, no me maté, tengo hijos y esposa que me esperan en mi casa.
Sintió en su ropa interior una pesadez acompañada de abundante humedad.
– ¡Uuuuy!, este cabrón ya se cagó del puro miedo– y los tres rieron mientras el otrora suicida chillaba.
Las súplicas se apagaron con el estruendo de las risotadas y burlas de los asaltantes. Al cabo de un rato de sufrimiento ante la posibilidad de ser asesinado, lo dejaron ir.
Salió corriendo del callejón, corrió, corrió y, a pesar de su obesa corporeidad, corrió y de tanto correr llegó al hogar tan deseado. Al internarse a su departamento, se apresuró a cerrar la puerta con todos los cerrojos que antes no acostumbraba usar. Y la voz aguda del saxofón de Coltrane, cantaba su última nota.

Como en tus inicios Eneida: siempre tenía alguien que sufrir una tragedia o incluso la muerte. Aquí, para fortuna o desgracia del regordete señor Antonio Maldonado, la muerte no lo cobija, pero el susto al menos le cura su instinto suicida (me recuerda aquel acertijo que dice "entra un hombre con hipo a un bar, se dirige a la barra y pide un vaso con agua. El cantinero saca una pistola y le apunta al hombre, quién después de unos segundos entiende lo que está pasando y le da las gracias al cantinero" ¿Puedes explicar que es lo que pasó?). Muchas felicidades, Eneida. Te seguiré leyendo.
ResponderBorrarJe, je, si, obviamente, la respuesta al acertijo de mi último paréntesis es que al hombre se le quitó el hipo al ver la pistola con la cual el cantinero le apuntaba :D
ResponderBorrarAmiga un gusto leerte !
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