sábado, 29 de agosto de 2009

El Pecado de Rebeca
Por Eneida Martínez

–Ave María purísima…

–Sin pecado concebida…

–Dime tus pecados hija…

–Padre… me acuso de haber… de…– las palabras no salían, se formó un dique que las contuvo y se transformó en un nudo difícil de deshacer, a punto de convertirse en llanto- …Me acuso de ser una puta, padre.

La voz del cura Roberto salió con desgano y estuvo a punto de reprenderla, pero sólo se limitó a repetir lo que hace tiempo le dice con insistencia.

–Rebeca, ya te he dicho por enésima vez que no te angusties, que es más pecado ser adúltera que puta. Anda, anda– posó con lástima su mano sobre la cabeza de Rebeca, sobre una cabeza cubierta de cabellos muy muy chinos y muy muy negros, pero a fuerza de peróxidos, tintes y tratamientos extremos eran muy muy rubios. –yo te perdono en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y… mmm… rézate un par de rosarios.

Y por enésima vez, Rebeca se dirigió e hincó en el reclinatorio para rezar su par de rosarios, que con fervor se abrasaba a cada una de las frases que salían de su boca.

Todos y nadie la miraban cuando ella entraba y salía de la iglesia, aquélla que advierte que “Nadie pase este lugar sin que afirme con su vida que María fue concebida sin la culpa original”. Todos y nadie. Nadie se atrevió a tirar la primera piedra. Todos con el rabillo del ojo –los adoradores de Dios, los pecadores de la tierra– espiaban el andar de Rebeca, el movimiento natural de su cuerpo. Caderas de negra, de mulata. Caderas de anchura de mar, de mar abierto. Eso sí, a la iglesia había que ir lo mejor vestida posible, decente, impecable.

A pesar de su vehemencia, de su entrega a cada oración rezada, el perdón no llegaba. Y es que el pecado que nunca le ha confesado al párroco, la persigue, le rasguña las entrañas, le martillea la mente. Eso de ser puta la tiene sin cuidado, de ganarse el pan de cada día con sus carnes morenas y macizas no le preocupa en lo absoluto. En el negocio ya llevaba unos diecisiete años, Rebeca con sus casi cuarenta ha presumido el cuerpo más tentador de todo Circunvalación. Claro que la competencia estaba al orden del día, muchachitas que estrenan sus quince años en la pasarela de la Merced, chicas con piel de durazno, lozanas, frescas, jóvenes. Pero eso tampoco la preocupaba mucho, no tanto, no demasiado. Ella es de temperamento inquebrantable, sabe agarrar la vida por los cuernos; venida de tierras del sur, zona costeña, de tierras donde se dan las mujeres bravas, mujeres que no se rompen, no se quiebran ni con el peor de los vientos. Pero Rebeca muchas veces siente romperse en miles de pedazos, si no fuera por su pecado mortal nada la quebraría.

Chucu-chucu, chucu-chucu, chucu-chucu, chucu-chucu-chucu-chucu, chucuchucuchucuchucuchucuuuuu

Era el sonido del tren que la despertaba pasado del medio día. Solía ponerse energúmena cada vez que Miguelín sacaba su trenecito construido de cajas de medicinas. De sus medicamentos controladores de ataques epilépticos, para hacerlo funcional en un mundo, muchas veces, esquizofrénico y absurdo para los cuerdos.

–Buenas tardes Rebeca, ¿no te desperté?

–Buenas tardes Miguelín, no te preocupes, ya me iba a levantar. Pero sigue jugando– era la fórmula utilizada para saludarse. Tampoco olvidaba acariciar la cabeza de aquel niño-hombre, hombre que nunca dejará la prisión de la niñez, de su eterna infancia.

Rebeca, Rebeca, Rebeca… eco de un alias inventado y de tanto que se repetía ya no recordaba su verdadero nombre. Sus vecinos (de una vecindad-colmena, de cientos de microdepartamentos) tampoco sabían su nombre real. Buenos vecinos, al principio la miraron con recelo, pero se fueron acostumbrando a sus taconeos a veces nocturnos a veces madrugadores, a su andar rítmico. Ella no es la única en la “colmena zumbadora”, pero las otras son más descaradas, más vulgares, la pintura corriente, las carnes al aire. Y no es que Rebeca no enseñara sus curvas y voluptuosidades, pero antes de salir de su microdeparamento, se cubre con una especie de chal que le llegaba hasta las pantorrillas, y es que no le importaba que la vieran sus vecinos, pero sí se cuidaba de los niños, de esas criaturas que con tanta fragilidad se pueden pervertir. Bueno, estaban los niños que de las manos de sus padres caminaban por las calles, pero los ignoraba, fingía que no existían. No se avergonzaba de ser puta –ya le ha dicho el cura que no es para irse al infierno– de hecho se sentía orgullosa de tener un cuerpo todavía exquisito, sobre todo por sus caderas. Y cuando camina por las calles, se deja envolver por el lenguaje ruidoso y saturado de múltiples sonoridades, que acompasan esas caderas de anchura de mar, de mar abierto; por eso era conocida en Circunvalación, su fama creció a partir de sus caderas, y todo mundo le tenía un gran respeto y admiración. Nadie se metía con sus clientes. Había que ser muy estúpida o valiente para competir con ella. La experiencia hablaba; su trabajo lo realizaba en un dos por tres, el tiempo es oro y a los hombres hay que “calentarlos” para que no tarden, esa es su técnica, así hay más posibilidades de atender a muchos clientes. Y se ríe de las pobres ilusas que se sienten Mujer bonita y creen que algún millonario las sacará de putas. Rebeca tiene los pies enraizados en la realidad, nadie vendrá a rescatar a las putas. Pero eso la tenía sin cuidado alguno, hay pecados más devastadores.

Chucu-chucu, chucu-chucu, chucu-chucu, chucu-chucu-chucu-chucu, chucuchucuchucuchucuchucuuuuu…

Pobre Miguelín, los años pasan y él con su trenecito, reducto de una felicidad momentánea. Cada mortal se aferra con dientes y uñas a la más insignificante alegría que pase enfrente de sus ojos. Atraparla, no dejarla ir; pues se está escaso de momentos placenteros en esta ciudad blindada contra sueños quiméricos. Así pensaba ella, eso sí, nada de soñar más de la cuenta, pues no hay corceles montados por la realeza para salvar rameras.

Chucu-chucu, chucu-chucu, chucu-chucu, chucu-chucu-chucu-chucu, chucuchucuchucuchucuchucuuuuu

El sonido del trenecito de Miguelín le taladraba el corazón, ya no los oídos. Un corazón que necesita el perdón del ser más bondadoso, que para ella, pudo pisar la tierra. Porque la cicatriz que Rebeca lleva encima no la puede borrar con ningún rosario ni Padre Nuestro. La marca sigue allí. Si no fuera por eso, sería muy feliz, endemoniadamente feliz. Descarada de felicidad. Es profundo su penar, por eso va a la iglesia cada siete días para intentar una confesión de un pecado que nadie conoce. Necesita el perdón por boca de alguien que esté en contacto directo con Dios, necesita un intermediario respetable porque ella es tan poca cosa (y no por ser puta, ya se lo dijo el cura…) por su pecado.

Entra a la iglesia, donde se prohíbe el paso a los incrédulos que dudan de la pureza de María. Todos y nadie la miran. Ahora sí Rebeca dirá todos todos sus pecados. Quedará libre, obtendrá el perdón…

–Ave María purísima…

–Sin pecado concebida…

–Dime tus pecados hija…

–Padre… me acuso de haber… de haber… de ser…

1 comentario:

  1. Conozco la fuente que te inspiró este cuento, y por tanto, lo entiendo. Sin embargo, después de releerlo, me sigue dejando intrigado tu final... espero algún día tenerle una conclusión certera :)

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