Crónica de un Paseo
Por: Virginia de Luna Gaspar
Llego a la plaza del Zócalo es sábado con sus diez horas y la mañana luminosa. Personas por todos lados, desconocidos pasamos unos frente a los otros sin mirarnos. Algunos caminando, otros corriendo, uno que otro ayudado por muletas o una silla de ruedas, sobre una tabla con cuatro ruedas o de plano arrastrándose. Manejando un triciclo, automóvil o bicicleta, el caso es el mismo, una humanidad moviéndose hacia algo.
Como de costumbre se me ha hecho tarde y los otros han partido. Me detengo frente a la catedral para dar un profundo respiro. Siento en el rostro el aliento de la ciudad que, fresco aún, me da la bienvenida.
Camino presurosa por la calle de Moneda, donde el comercio con modorra se deja asomar entre las puertas, accesorias y balcones de los viejos edificios. El grupo me espera no muy lejos de allí. Reparo en que siempre he andado estas calles con prisa y hoy podría ser la excepción, así que detengo el paso. Porque un paseo exige calma y disposición para dejarnos ir por los senderos de lo inesperado. Y pensar que esta mañana, al despertar, me creía una infeliz.
Andar con más de una o dos personas a mi lado me parece extraño, somos nueve neófitos paseantes vagando por el centro de esta ciudad. Recuerdo mi adolescencia y las idas de pinta a Chapultepec, al cine, a comer huaraches ahogados en aceite con huevo revuelto; o simplemente abordábamos el metro para criticar personas, con toda la crueldad y ramplonería de los catorce años. Se rompe el recuerdo a mitad de la calle, el motivo: una monumental calaca santificada y no por la Iglesia sino por la Raza. Ni el mejor publicista lograría diseñar una propaganda con el éxito que este símbolo tiene para el narcomenudeo. Me resulta difícil pensar a la muerte como una santa, quizá, debería hacer un esfuerzo por sentirla y no pensarla, doblemente difícil. Estar frente a una iglesia donde se adora a otra santa, la Virgen María y después andar por la avenida Circunvalación donde están las santas putas, porque según algunos “las putas también se van al cielo, sólo que no una vez, sino todas la noches”, esto me hace reparar en la sicótica tendencia a santificar lo femenino, pero no abundaré en ello.
El paseo ya no es por los espacios amplios, sino por los intersticios del ambulantaje y la piratería; entre los aromas del aceite rancio, los miados secos acumulados en las esquinas y el humo de los autos, de la piel morena de los diableros y los cuerpos semidesnudos de las omnipresentes putas; entre el griterío de los comerciantes, las mentadas de madre, los claxonazos y el “¡A'i va el golpe!” Circunvalación, donde el comercio se vive a flor de piel y concreto, porque los cuerpos y el sexo son unos enseres más que en este lugar se pueden vender y comprar como en ninguna otra parte de la ciudad.
Visitamos más lugares: el andador del Claustro de Sor Juana, después el Convento de Las Religiosas Concepcionistas Franciscanas con una ornamentación al estilo barroco tan saturado como Circunvalación y finalmente “La Faena”, un bar-museo, que tiene fotografías, trajes de torero, faldas, chales y peinetas de bailaoras de flamenco. Todo cubierto por una capa densa de polvo que lo hacía ver más gris de lo que de por sí ya me parecía.
Llegamos al final de este paseo. Una cantina nos recibe cálidamente, quedamos a su merced. Sobrevivimos cuatro a la odisea pero somos cinco los convidados de esta mesa. El lugar se llena, la música envuelve el bullicio de nuestras voces y carcajadas. La noche empieza.
Marzo 2009
moonvir_73@yahoo.com.mx
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