martes, 12 de mayo de 2009

El Recorrido

Por Ramiro Reynoso León

El tren del metro circulaba más rápido de lo acostumbrado; era sábado y había menos pasajeros en sus vagones. Afuera de la estación Pino Suárez, en la plaza de San Miguel, algunas personas reposaban en las bancas metálicas. El aire fresco, con su ruido entre las ramas de los árboles, me trajo el recuerdo de Miguel, un tío abuelo, quien de joven rehuyó los compromisos maritales. ¿Para qué atarse a una mujer? Por ello, había ofertadoras de amor a quienes visitaba con frecuencia. Poco agraciado, de trato amable, caballero de charla interesante y mejores dotes amatorias, era un cliente distinguido.

Quise tomar una foto. Extraje del morral la cangurera con la cámara de video, la até a mi cintura. Apareció una chica rubia, acompañada de un pequeño maltés. A la distancia, bajo la ajustada ropa deportiva, se notaba una silueta delgada; al acercarse era menos esbelta y el peróxido resaltaba, ¡ah!, que quemón. Me sentí cohibido al no distinguir si miraba la cangurera o más abajo. Un monte de cejas azulado, era el fondo de aquel par de rayas, pintadas por encima de los insinuantes ojos. Sin respuesta de mi parte, el “gavilán” siguió de largo.

Tomé la foto a la capilla, guardé la cámara y me dirigí al Zócalo, a esperar a mis amigos. Recorreríamos parte del Centro Histórico, a manera de safari fotográfico. Llegó Manolo, intercambiamos pormenores y actualizamos nuestras vidas. Agripado, con residuos de varicela, destapó un tubo de bloqueador solar, aplicó en rostro y cuello. Luego apareció Eneida acompañada de Carlos, éste cargaba una guitarra; bromeamos, él tocaría, Eneida y Manuel bailarían, yo pasaría el bote de la cooperación. Cuadro perfecto, ¡reímos como pocas veces!

Evelia y su pequeña sobrina, salieron por las escaleras del metro. Igual que yo estaban sin desayunar; nos comíamos a nosotros mismos. Acudimos a comprar jugo y galletas para mitigar el hambre. Virginia a través de un mensaje, solicitaba el rumbo de nuestra caminata. Norma pidió ser esperada, ya se encontraba en San Antonio Abad. Sí, llegó en menos de diez minutos y sugirió caminar hacia la calle Manzanares; en su trabajo, dijo, le recomendaron visitar una iglesia.

Enfilamos hacia la calle de Moneda. Las calles, casi libres de vendedores ambulantes gracias a San Ebrard, emanaban aire fresco con aroma a construcciones antiguas, café, coladeras y demás... Vendedores ambulantes, con cubiertos desechables en mano, ofrecían tamales y atole. Frente al Museo de Las Tres Culturas, nos detuvimos en un Seven Eleven, las chicas se surtieron de café, agua y comida. Evelia me compartió un burrito de machaca con frijoles, con sabor a gloria.

Evangelina llamó a mi celular, pedía ser esperada. Observar y hacer tomas de video, acortó nuestra espera. Trabajadores de limpieza del Gobierno del Distrito Federal (GDF), empujan su carrito de basura, cumplen su deber. Un panadero sobre su bicicleta, charola en mano, controla el manubrio con destreza y timbra para abrirse paso. Dos mujeres mayores, se sientan en la banqueta con dificultad, ven pasar a una joven esbelta, celular en mano; al hacerlo parecieran recordar sus años mozos. Unos adolescentes avanzan hacia nosotros, al verme grabar, uno lanza una mirada inquisitiva, algo parecido a un reclamo. Un breve temblor me recorre de pies a cabeza, acompañado de un ligero calor concentrado en mis mejillas, me siento como frente a una fogata. Los jóvenes dan vuelta a su derecha, luego regresan por donde venían, el temor por el reclamo se esfuma y mi cuerpo vuelve a la normalidad. ¡Por fin!, aparece Evangelina. Reparte besos y abrazos.

Vendedores ambulantes, enfilan rumbo a Circunvalación. Sus mercancías, descansan sobre unos “diablitos”. Se inclinan y persignan devotamente frente a la estatua de San Judas Tadeo, escoltada por niños, quienes miran de soslayo, desconfiados, el avance de mis amigos. Un joven de unos veintitantos años, sentado sobre el muro de un viejo canal, observa de frente una construcción antigua, de barandales y ventanales herrumbrosos, paredes grises descascaradas por la humedad y el paso del tiempo.

Un hombre de la tercera edad negocia un beso, con una sexoservidora. Ella se resiste, él persiste, ella accede. Fugaz como un suspiro, separa su rostro de los labios del hombre, se nota inquieta, asqueada. Por la siguiente calle, montones de tierra y materiales de construcción, nos impiden el paso. Evelia pregunta por la calle Manzanares, nos indican hacia el otro lado, paralela a la que transitamos. Desandamos nuestros pasos, la pregunta corta el aire ¿y Evangelina? ¡Se ha esfumado! Ideas van y vienen en mi cabeza. ¿Qué le pasó? ¿Estará bien? ¿Y si se perdió? ¿La secuestraron en nuestras anósmicas narices? ¿Si la golpean? ¿Si la violan? Mis manos, temblorosas, buscan en el directorio del celular, marco. Al fin ella contesta. Mi corazón desacelera. ¿Estás bien?, mi primera pregunta, la segunda ¿dónde estás? Se encuentra bien, intacta. Acordamos un punto de reunión.

Mientras espero a Evangelina, recibo un mensaje de Virginia. Está en el Zócalo, le marco, la ubico. Llega Evangelina, doy aviso al grupo y a Virginia, vía mensaje de texto. Ésta aparece, enfundada en jeans azules, tenis, blusa morada y demorada; sobre su nariz descansa un par de lentes fotogrey, de esos que cambian de color con el sol. Al verme acelera el paso, zigzaguea cual corredor de futbol americano; se esconde tras un turista, luego tras una caseta telefónica, sonríe. ¡Por fin completos!, ¡casi cuarenta minutos después!

La enorme estatua de la Santa Muerte, vestida de blanco, custodia la desembocadura de la calle. A sus pies, numerosas imágenes y veladoras cilíndricas, de colores, a manera de seguidores o guardianes. Rumbo al Zócalo resalta entre la banqueta, el asfalto y las viejas construcciones, el único elemento verde natural en la calle, un árbol; entre sus ramas se esconde el anuncio luminoso “Hotel”. El letrero de prohibición para estacionarse, pegado a un tubo metálico y éste cementado en un bote de chiles jalapeños, es colocado por un hombre barbado, frente a un negocio de corsetería.

Al caminar por Manzanares descubro a aquella mujer en actitud pasiva, deprimida; sentada en una silla de madera, quien apenas murmura “churros, churros, lleve los churros”, sin atraer cliente alguno. Al otro lado de la acera, una anciana de cuerpo ancho y lento caminar, apoyada en su bastón, llena de nostalgia. Su figura contrasta con la del maniquí, esbelto, enfundado en pantimedias de moda, junto al que pasa. En la esquina de Circunvalación y Manzanares, un hombre sentado a media banqueta, sobre una silla alta, de bar o barra de cocina, llamadas también periqueras, ve pasar el tiempo. Está frente al puesto de periódicos, parece un náufrago a disposición de la naturaleza.

Pasamos la Avenida Circunvalación. ¡Iglesia a la vista! Amplia explanada y escalinata hacia abajo. Sobre la enorme puerta de madera oscura y debajo de la imagen de la virgen esculpida, se lee “Que nadie pase este lugar sin que afirme con su vida que María fue concevida sin la culpa original”. Alguien mencionó la inquietud de Norma por escuchar misa, silencio total, nos mira desencantada, la broma se esfumó. Rodeamos la iglesia, volvemos a la escalinata, Carlos pregunta “¿de qué siglo es la iglesia?”. Arriba, también grabada, un águila imperial nos observa. Nadie atina a responder.

Suficiente de iglesia. Volvemos a Circunvalación. Una voz pregunta por Evelia y su sobrina. ¡Desaparecieron! Zozobra de nuevo. Buscamos en diversas direcciones sin éxito. Ideas, pensamientos, elucubraciones. Justo cuando mis temblorosas manos marcaban el número celular de Evelia, aparecieron tan campantes. ¡Uf! Segunda desaceleración cardiaca.

Sobre las aceras, rumbo al mercado de la merced, aparecen las prostitutas. Un invidente camina lento, con su acordeón pegado al pecho, Evelia le da algunas monedas. Mientras guardo la cámara, un hombre maduro con evidente olor a alcohol y suciedad de varios días me pide unas monedas; intimidado las entrego, él agradece en automático, por costumbre.

Enfilamos hacía la Merced, luego a San Pablo hasta Izazaga, hacia la plaza de San Miguel. La variedad de putas es más evidente. Entre tanta “paloma”, un “gavilán” medio camuflado, también se oferta. Sobre San Pablo, cerca de Izazaga, surge la silueta de una puta joven con perfil de colegiala. Con su mirada angelical y cuerpo escultural, es la única capaz de acelerar mi otro corazón. Nuestras miradas se estiraron igual que los axones y dendritas hasta alcanzarse y hablar entre sí. Solo unos segundos bastaron para que nuestras almas se comprendieran, seguí mi camino.

En la plaza de San Miguel, me despedí de mis amigos. El deber esperaba paciente en la oficina. Antes de entrar al metro, la mirada angelical asaltó mi mente. Con los dos corazones acelerados desanduve mis pasos. Un hermoso par de ojos angelicales me recibieron y su dueña, sin conocerme del todo, me llevó a recorrer el cielo.

ramiroreynosoleon@live.com.mx

lunes, 11 de mayo de 2009

Crónica de un Paseo
Por: Virginia de Luna Gaspar
Llego a la plaza del Zócalo es sábado con sus diez horas y la mañana luminosa. Personas por todos lados, desconocidos pasamos unos frente a los otros sin mirarnos. Algunos caminando, otros corriendo, uno que otro ayudado por muletas o una silla de ruedas, sobre una tabla con cuatro ruedas o de plano arrastrándose. Manejando un triciclo, automóvil o bicicleta, el caso es el mismo, una humanidad moviéndose hacia algo.
Como de costumbre se me ha hecho tarde y los otros han partido. Me detengo frente a la catedral para dar un profundo respiro. Siento en el rostro el aliento de la ciudad que, fresco aún, me da la bienvenida.
Camino presurosa por la calle de Moneda, donde el comercio con modorra se deja asomar entre las puertas, accesorias y balcones de los viejos edificios. El grupo me espera no muy lejos de allí. Reparo en que siempre he andado estas calles con prisa y hoy podría ser la excepción, así que detengo el paso. Porque un paseo exige calma y disposición para dejarnos ir por los senderos de lo inesperado. Y pensar que esta mañana, al despertar, me creía una infeliz.
Andar con más de una o dos personas a mi lado me parece extraño, somos nueve neófitos paseantes vagando por el centro de esta ciudad. Recuerdo mi adolescencia y las idas de pinta a Chapultepec, al cine, a comer huaraches ahogados en aceite con huevo revuelto; o simplemente abordábamos el metro para criticar personas, con toda la crueldad y ramplonería de los catorce años. Se rompe el recuerdo a mitad de la calle, el motivo: una monumental calaca santificada y no por la Iglesia sino por la Raza. Ni el mejor publicista lograría diseñar una propaganda con el éxito que este símbolo tiene para el narcomenudeo. Me resulta difícil pensar a la muerte como una santa, quizá, debería hacer un esfuerzo por sentirla y no pensarla, doblemente difícil. Estar frente a una iglesia donde se adora a otra santa, la Virgen María y después andar por la avenida Circunvalación donde están las santas putas, porque según algunos “las putas también se van al cielo, sólo que no una vez, sino todas la noches”, esto me hace reparar en la sicótica tendencia a santificar lo femenino, pero no abundaré en ello.
El paseo ya no es por los espacios amplios, sino por los intersticios del ambulantaje y la piratería; entre los aromas del aceite rancio, los miados secos acumulados en las esquinas y el humo de los autos, de la piel morena de los diableros y los cuerpos semidesnudos de las omnipresentes putas; entre el griterío de los comerciantes, las mentadas de madre, los claxonazos y el “¡A'i va el golpe!” Circunvalación, donde el comercio se vive a flor de piel y concreto, porque los cuerpos y el sexo son unos enseres más que en este lugar se pueden vender y comprar como en ninguna otra parte de la ciudad.
Visitamos más lugares: el andador del Claustro de Sor Juana, después el Convento de Las Religiosas Concepcionistas Franciscanas con una ornamentación al estilo barroco tan saturado como Circunvalación y finalmente “La Faena”, un bar-museo, que tiene fotografías, trajes de torero, faldas, chales y peinetas de bailaoras de flamenco. Todo cubierto por una capa densa de polvo que lo hacía ver más gris de lo que de por sí ya me parecía.
Llegamos al final de este paseo. Una cantina nos recibe cálidamente, quedamos a su merced. Sobrevivimos cuatro a la odisea pero somos cinco los convidados de esta mesa. El lugar se llena, la música envuelve el bullicio de nuestras voces y carcajadas. La noche empieza.