003
La tarde gris y fría me acompaña.
Te encontrabas lejos, rumbo al sur.
Las redes de tu cabello me atraparon.
La melancólica tarde de invierno no termina.
Cáscaras de naranja quedaron sobre la arena de la playa.
Porque nunca habrá más.
003
La tarde gris y fría me acompaña.
Te encontrabas lejos, rumbo al sur.
Las redes de tu cabello me atraparon.
La melancólica tarde de invierno no termina.
Cáscaras de naranja quedaron sobre la arena de la playa.
Porque nunca habrá más.
Desde la Cima...
Por Eneida Martínez Ocampo
Desde la cima se divisan mejor las cosas, toman una perspectiva singular. Todos los objetos que alcanzan mi vista se ven diferentes y hasta me atrevo a decir que hermosos. La alfombra adquiere de nuevo esa tonalidad granate profundo, la lámpara en forma de cactus da sus primeras flores anaranjadas, el escritorio es una isla para los náufragos volúmenes de Marcel Proust que no alcanzaron lugar en el librero. Otra ínsula salvadora de libros es la mesita de centro, desde donde el pequeño Quijote de la Mancha, con escudo en mano y montado en su rocín, me recrimina con la mirada el no colocarlo en un lugar más digno de su hidalguía. La cama es el único reducto libre de tomos y obras, alcanzo a ver un mar negro humeante alojado en mi gran taza verde. Todo el entorno se transforma desde la cima...
Desde la cima, muto mis piernas por alas, me convierto en ave y alzo el vuelo, no caigo como Ícaro por acercarme a la fuente de calor, al contrario, eso aumenta mis energías para remontarme en las alturas y ser más hábil que el halcón. De día domo y cabalgo cirros, de noche pesco estrellas con cabellera larga, o si se me antoja, atravieso pozos negros que me comunican a otros universos.
Desde la cima, es curioso, pero si clausuro mis párpados se aguza la visión, miro más allá del ventanal, atravieso los edificios y me escabullo por las azoteas. Hurgo en las ropas manoseadas por el viento, bronceadas por el sol, rociadas por la llovizna... o juego a ser mujer de la selva y convierto los tendederos en lianas para columpiar mis fantasías.
Desde la cima, cambio a diversos estados: del sólido al líquido y luego gaseoso. Mi cuerpo pierde su solidez pues me evaporo de pies a cabeza, me transformo en nada y en mucho. Mojo todo lo que la epidermis acaricia y marco territorio, territorio desbordante de mis mares y ríos.
Desde la cima, voy a horcajadas sobre caballo brioso y al galope voy reventando rienda sin caer. Desbocado muchas veces va mi alazán y me dejo conducir a lugares extremos; en otras ocasiones se torna manso y pide la mesura.
Desde la cima, admiro la transformación de tu rostro, me deleita el mutar de tu actitud pasiva por gestos de placer, tus ojos con brillo de soles, tu boca albergadora… de gemir deleitoso y retórica fogosa y estimulante.
Sobre La Noche
Por Ángel Zuare
El 30 de agosto del 20…, en las instalaciones de la Cineteca Nacional y como parte de las actividades del festival "Macabro", se efectuó una proyección especial que culminó en una revuelta, cobrando la vida de varias personas y severos daños al inmueble. Las autoridades no han revelado los motivos detrás del incidente y la exacta cantidad de muertos y heridos. Algunas opiniones revelan...
En verdad no quería ir, pero Martín insistió tanto en que lo acompañara: "Nos invitaron, Alejandra. Sería una grosería no ir". Así que decidí ir con él a la Cineteca para ver una película de la que no sabía nada. Era parte de la programación de un festival de cine de horror y Martín conocía a sus organizadores. Por lo tanto, había recibido invitaciones.
"La Noche de los Muertos Vivientes"… Había escuchado de esa película, tanto como una persona oye hablar de Chernobyl sin saber ubicarlo en un mapa. "La primera película sobre zombis", dice la cultura popular. La mejor, opinan unos, mientras otros se preguntan por qué aún no la han coloreado digitalmente. A mí no podría interesarme menos.
Antes de entrar Martín me presentó a sus "amigos" y organizadores del festival, refiriéndose a mí como su hermana menor, la que todavía no sabe qué carrera estudiar. Yo le dejaba hablar. "Son personas importantes, Alejandra. Me pueden conectar muy bien en el trabajo, así que no digas una tontería."
Entonces, a través del vestíbulo, sentí la mirada de Mario. Lo miré y él me sonrió a través de su barba de varios días. Estaba recargo en el muro, junto a los baños y con las manos en los bolsillos de la chamarra. Yo asentí con educación y esquivé su mirada...
El festival "Macabro 20.." proyectó "La Noche de los Muertos Vivientes" en su versión original, cortesía del archivo de la Cineteca. Los mismos organizadores del festival comunicaron a las autoridades del recinto que, finalizando la proyección, presentarían un evento especial. Tal vez por eso pocos notaron las extrañas actividades alrededor del lugar...
No me senté con Martín pues tiene la costumbre de compartir sus opiniones durante las películas y en voz alta, como si fuera su deber hacerlo. Me hice tonta comprando palomitas para que él se adelantara con sus "amigos", sabiendo que no me guardaría un asiento.
La sala se llenó totalmente y el único lugar que encontré fue en una de las últimas filas… Junto a Mario. "¿Y tu hermanito?", me preguntó cuando me senté junto a él. "Allá abajo", le respondí.
"Es toda una chinga vivir con él, ¿verdad? No sé por qué dejas que te trate así. Desde la escuela lo hace."
Traté de imaginar cuántos años llevaba Mario en la preparatoria ¿Qué nivel de "fósil" tendría? Por su edad ya debería haberse graduado, sin embargo sólo era un hombretón que seguía en estudiando y con quien compartía algunas clases, como lo hizo Martín en su momento. "Es mi hermano mayor", le dije. "Eso no le quita lo pendejo", me respondió y aproveché que las luces se apagaron para sonreír.
Testigos declararon haber visto a varias personas cruzar descuidadamente la avenida México-Coyoacán, a la altura de la Cineteca y justo frente al hospital de Traumatología. Una de estas personas fue embestida por un vehículo que se dio a la fuga. La víctima, casi inmediatamente, se puso de pie y siguió caminando...
Me intrigaba el interés de Mario; la atención que ponía en la pantalla y la forma en que calló a los que susurraban frente a nosotros dando una fuerte patada en el respaldo del asiento.
Yo sólo quedé impresionada cuando los zombis empezaron a comer. Siempre imaginé que la naturaleza de estos monstruos era comer cerebros o convertir a otras personas en zombis. Ver que en realidad se trataba de algo tan básico como saciar el hambre por carne fresca me hizo sentir asqueada y mareada. Sin duda Mario se dio cuenta porque puso su refresco en mis manos y me obligó a darle un sorbo, preguntándome si me sentía bien. No pude responderle porque entonces escuchamos el primer grito.
Algunas cabezas giraron en la oscuridad cuando surgieron otros alaridos en distintas partes de la sala. Los flashes de las cámaras fotográficas empezaron a iluminar a las figuras que avanzaban lentamente en la oscuridad. Me levanté de mi asiento y traté de ver lo que estaba pasando abajo. Bajé las escaleras junto con otras personas hasta el pasillo a mitad de la sala, donde se había congregado mucha gente con sus cámaras e iluminando la escena a intervalos. Entonces escuché el grito tras de mí. Giré para ver como una mujer era atacada por un hombre que la derribaba al suelo. Entre la oscuridad distinguí que el sujeto vestía un uniforme de enfermero. La gente alrededor decía que sólo era un espectáculo con actores, pero ella gritaba con tanta fuerza... Las cámaras que tomaban fotos incesantemente se detuvieron cuando el enfermero mordió a la mujer en la mejilla, arrancándole un trozo de carne y salpicando con la sangre a nuestro alrededor.
El evento especial era un "performance" realizado por "Zombie Studios" (empresa de efectos especiales, animación y maquillaje) especialmente para esta proyección. Siete actores se presentarían maquillados como zombis para interactuar con el público al final de la función, y aunque los siete actores se reportaron para trabajar, hasta la fecha permanecen desaparecidos...
Las luces se encendieron y la gente gritó más al ver como aquellas personas atacaban al público, sentados todavía en sus butacas o que se habían acercado para fotografiarlos. Caían sobre ellos con golpes torpes y mordidas. Sus ropas mostraban manchas frescas de sangre y tierra, pero lo más aterrador eran sus miradas desorbitadas y los pedazos de carne ensangrentada que colgaban de sus bocas. Entre los gritos empezó el pánico y la gente corrió desesperadamente de un lado a otro de la sala, buscando las salidas de emergencia. Miré a mi alrededor, buscando a Martín o a Mario, pero me vi arrastrada entre la gente. Vi a Martín corriendo hacia la entrada. Grité su nombre e intenté moverme hacia él, pero choqué contra una hilera de butacas y caí sobre ellas. Tal vez me golpeé la cabeza, no sé, pero me costó trabajo levantarme. Resbalé hasta el suelo y al girarme vi a esa cosa frente a mí.
Se sostenía tambaleante sobre sus pies. Su traje estaba raído y desgastado por las costras de tierra oscura que lo cubrían. El cabello negro que nacía de sus sienes y quijada caía hasta sus hombros y la piel de su rostro se había descompuesto, enmarcando la forma natural de su cráneo y sus ojos blancos y acuosos. Abrió su boca, mostrando la falta de lengua en su interior y la sangre que goteaba de ella. Emitió un gruñido estridente y se lanzó sobre mí, dándome solo tiempo de gritar.
Las autoridades de la Cineteca se percataron de la situación cuando la gente empezó a salir atropelladamente de la sala. Sin embargo no pudieron hacer nada para contener la turba. Algunas personas cruzaron el estacionamiento para escapar por la calle Mayorazgo, justo frente al Panteón Xoco cuyo portón principal, por razones desconocidas hasta la fecha, se encontraba abierto...
De repente apareció Mario, embistiendo a esta criatura por un costado y cayendo junto a él sobre la siguiente hilera de butacas. Lo escuché gritar furiosamente y vi sus puños subir y bajar contra la criatura. Yo apenas podía respirar. "¡¡Corre, estúpida!! ¡¡Corre!!", me gritó con tal fuerza que me puse de rodillas y me arrastré hacia la salida. No volteé a ver lo que pasaba. Alcancé la oscuridad del estacionamiento mientras escuchaba como los gritos y maldiciones de Mario se ahogaban por su propio esfuerzo y los alaridos de las criaturas, cada vez en aumento.
No recuerdo si caminé o tomé un taxi para llegar a casa. Cuando llegué mis padres estaban interrogando a Martín sobre mi paradero. No respondí a sus preguntas. No recuerdo haber hablado el resto de la noche.
Los reportes de personas desaparecidas relacionadas con este incidente se cuentan por decenas. Se manejaron oficialmente teorías sobre intoxicación e histeria colectiva, responsabilizando a los organizadores del festival y a trabajadores de la Cineteca. Durante el resto de la noche se mantuvo un cerco policíaco alrededor de la Cineteca, el Hospital de Traumatología y el Panteón Xoco, impidiendo el paso de los medios de comunicación. Sin embargo diversos testigos declararon haber visto grandes columnas de humo surgiendo de los tres lugares mencionados.
A la mañana siguiente intenté localizar a Mario en la escuela y mediante gente que lo conocía. Nadie lo había visto en todo el día. Obtuve su teléfono, pero nadie contestó por más intentos que hice.
"No sé por qué lo hizo", me comentó Martín cuando supo que intentaba localizar a Mario. "Ya estaba afuera, con nosotros. Miró a todos lados y se me quedó viendo, quién sabe por qué. De repente regresó a la sala, sin motivo... Debió estar drogado para hacer esa pende..."
Lo golpeé tan fuerte que cayó sobre la alfombra, sin terminar de hablar...
Noviembre 2008
Un "cadáver exquisito" es un ejercicio propio de los talleres literarios, donde sus miembros redactan, al mismo tiempo y sin un tema en específico, una línea de texto que luego se acomoda aleatoriamente. Ahora les presentamos los primeros dos cadáveres de nuestro "Cementerio Exquisito":Ilusionada
"…pero no me quedó otra que instalarla en mi casa y, el colmo, hasta agasajarla con la fiesta de bienvenida más hipócrita que di jamás. Tenerla allí complicó seriamente mi existencia pues mi estilo de vida era para disfrutar los encantos de las mujeres sin exclusividad alguna…"
Hernán Cortés
Era uno de los muchos festejos en honor de tu marido. Las bromas y risas fueron bienvenidas en aquella velada. Sin dar mayor explicación, te retiraste de la mesa. Los comentarios fuera de lugar y las fuertes críticas, hechas por tu esposo, se hicieron insoportables igual que sus múltiples amoríos. Esta vez fue demasiado lejos.
Años atrás, su grandielocuencia al hablar y su trato amable te cautivaron el alma. Se mostraba interesado en ti, como una dama por un sombrero, aunque tardaste en notarlo. Cuando te diste cuenta de su inconsistencia e incapacidad para amar a una sola mujer, era tarde. Tragaste el orgullo, al saber de sus amoríos con una de tus hermanas. A pesar de la herida y el sufrimiento, mantuviste los planes de boda con aquel seductor.
Y cómo claudicar, si abandonaste tus raíces con el alma y el corazón esperanzados, anhelantes de otra vida, igual que las mariposas se alejan del frío, en busca de un mejor clima. Allá en tu tierra natal, la soledad y la pobreza eran los mejores amigos familiares. Recuperar el abolengo, era una enorme loza para ti. La presión en el pecho, mareos, migrañas y algún desmayo repentino, te acompañaban con cierta frecuencia.
Migrar a nuevas tierras era la fórmula perfecta, la respuesta a las ilusiones familiares. Tu hermano, empleado del gobernador isleño, solicitó apoyo para que viajaras junto a tu madre y tus hermanas. La familia estaría unida nuevamente y saldrían adelante, como lo había hecho tu padre al lado de tus abuelos.
Pobre, pero bella, con aires de ser gran señora y de las pocas con esa clase y nacionalidad en la isla, pronto llamaste la atención y sucumbiste enamorada a los cortejos de aquel amigo de tu hermano. Para ti, amor y sueños de grandeza, para él compromiso que le alejaba de la aventura, de una mayor conquista. El sentimiento hacia ti, pronto se le agotó. Qué dotes podías ofrecer al hombre celoso, inseguro, temeroso de ser engañado gracias a tu belleza; interesado en incrementar su fortuna y casarse con alguien que pudiera elevarlo a la cumbre del poder. No, no. No eras su tipo, dejabas de serle provechosa, luego de disfrutar y saberse dueño de tus encantos. Lo sabías y sin embargo te aferraste a él, cual náufrago a un bote de remos a la deriva. La palabra fracaso era inexistente para ti. Ni tu hermana, ni otra mujer te separaría de quien te haría memorable por la eternidad.
La propuesta matrimonial declinó debido a las conquistas del seductor, lo cual le valió visitar las frías celdas del lugar, por mandato gubernamental. Saldría de allí sólo bajo la promesa de casarse contigo. Y lo hizo, movido más por el interés de obtener a cambio finos vestuarios, servidumbre, títulos… que por verdadero amor hacia ti.
A pesar de mostrarte enamorada de él, éste te repudiaba, humillaba y alejaba constantemente del lecho conyugal. Noticias de sus continuas infidelidades llegaban a ti traídas por el viento.
Un largo viaje aleja a tu hombre, todavía más de ti. En compañía de otras mujeres y con sus planes de grandeza bajo el brazo, te relega a un plano casi inexistente para él. Sólo aquella noche de gran pesar físico y espiritual, abatido y tras largos años de olvido, te pidió perdón mientras te evocaba en imagen, disculpándose a su manera por el daño hecho.
El murmullo del lugar trajo hasta tus oídos noticias del conquistador. Dispuesta e ilusionada a compartir sus éxitos y en espera de reconciliarte con él, te embarcaste hacia el nuevo país, a darle alcance sin aviso alguno. Arribaste con tu hermano y hermana, aquella quien también había probado los brazos y labios de aquel a quien buscabas. Los tres fueron recibidos con gran alegría. La ciudad entera estaba plagada de fiestas diversas; la nueva posición social era muy cautivadora, pronto te acostumbraste a ella. Tus sueños cobraban vida.
Solías visitar la iglesia por las mañanas, ricamente ataviada, contenta, acompañada de damas de la alta sociedad y de aquellas migrañas. Luego de la misa, grandes banquetes esperaban en el comedor de la casa, por ti y las nuevas amistades. El éxtasis era mayúsculo.
Fue en una de esas comidas cuando el conquistador, públicamente, te hizo volver a los orígenes humildes. Mencionó la nula aportación hecha por ti al matrimonio, lo poco apetecible de tu compañía y que, según él, no sabías ser mujer diurna ni nocturna. Cuanto tenías y eras se lo debías a él. Mayor humillación no pudiste haber recibido. Avergonzada te retiraste al oratorio a llorar de indignación. Pocos minutos después él se acercó a ti, ofreció disculpas e imploró perdón, se mostró arrepentido. Abrazados, dirigiéronse a la habitación y luego de besarse con pasión, navegaron aquellas sábanas. Todo volvía a estar en paz y en armonía.
Los sirvientes escucharon fuertes gritos del conquistador y acudieron de inmediato a la habitación. Nada se pudo hacer. Las cuentas de azabache, de una hermosa gargantilla, dispersas en la cama y en el piso. Tu cuello con marcas moradas alrededor. Por fin dejabas de ser obstáculo para sus propósitos.
Noviembre 2009
El Hierbero
Por Evelia Yáñez
Don Anastacio, mejor conocido en el barrio como "don Tacho", viudo desde hace 27 años, y con dos hijos viviendo en el país del norte que emigraron a muy temprana edad. Para soportar su soledad se refugiaba en la cantina "El Compadre". Allí conoció a don Martín, viejo "dinosaurio", hicieron buena mancuerna en el domino, y en cierta ocasión se fueron con una buena ganancia en los bolsillos, pues se atrevieron a retar a los más veteranos en el juego, motivo que los hizo famosos en el medio. La edad no era un obstáculo y todos los domingos salía a recorrer el viejo barrio "La Lagunilla". Le gustaba recordarla como cuando él era niño con sus calles anchas y casonas altas que por las tardes lo resguardaban del sol. Sus recuerdos también se remontaban a las mañanas frías en que su padre salía con morral a cuestas caminando muy apurado rumbo al mercado y por supuesto a la voz del padre ofreciendo sus menjunjes, al puesto repleto de toda clase de hierbas. El padre de don Tacho atendía con devoción a sus marchantes, recomendándoles toda clase de remedios para sus malestares. ¡Cómo olvidar a doña Nora! quien cada tercer día lo consultaba pues se la vivía de mal en mal; que si un día era mal de ojo, otro era la ciática y otro más el riñón y si no un rasguño, el caso era tener la mente ocupada en cualquier malestar que la hiciera olvidar la pérdida de su único hijo.
Los miércoles y sábados se ponía un tianguis alrededor del mercado y el padre de don Tacho lo dejaba al frente del puesto mientras salía a recorrerlo con una canasta en la que llevaba sus plantas, las más socorridas. Y empezaba a gritar cual merolico: ¡seeeeñooooor! ¡seeeeñooooraaa! ¡Sí, usted! ¡Tengo lo que necesita para aliviar su mal! ¡Contra la hepatitis, las erupciones de la piel y los gusanos intestinales nada mejor que una infusión de aleluya! ¡Pero si se trata de males estomacales, úlceras, tumores cancerosos la misma hierba pero en tisana. Si el caso es de reumatismo e hinchazón de las articulaciones excelente medicamento es la consuelda mayor, así como para las luxaciones, torceduras o ataques de apoplejía, basta aplicarla durante la noche en compresas. Si su preocupación esta en el arte amatorio nada más eficaz que un té de licopodio para que no duden de su virilidad, además de un baño de sándalo, aquí tengo el remedio para cualquier mal que le aqueje!
Y entre males, remedio y plantas medicinales Anastacio creció. Siendo hijo único, su padre se esmeró por darle todo el cariño y más. A pesar de que su niñez la vivió encerrado en un local del mercado, no pudo tener mejores amigos que los mismos locatarios. Muchos de ellos del sexo femenino, procurándolo en alimentación y mimos. De los hombres escuchó las historias terroríficas propias del mercado: muy famosos era el fantasma del Pancho que cuidaba del lugar, un viejo guardia muerto en el primer incendio que sufrió el inmueble, algunos amantes de lo ajeno declararon que en sus intentos de hurto vieron la sombra del guardián quemado acercarse a ellos con bravura, al verlo quedaron paralizados del miedo y un sudor frío recorrió sus frentes. Doña Cata, buena cocinera, de un infarto quedo en su local, hallando su cuerpo muy abrazado a su olla de barro, hasta la fecha, en los pasillos donde se vende comida se alcanza a escuchar como la doña restriega su tan preciado instrumento de trabajo. De la señorita Pita, fantasma que esconde las tijeras, alfileres y cintas métricas de los vendedores de ropas y telas, en vida ella atendía el puesto de cortinas y manteles, sufría de esquizofrenia, una tarde de noviembre sus alucinaciones penetraron el local y los lienzos cobrando vida la tomaron por la espalda y con sus fuertes hilos cubrieron su rostro, ahogándola en una invitación a dormir entre sus tejidos algodonosos de color rojo brillante; entre tantas historias…
Don Tacho no conoció a su madre, sabía que murió en el parto, su nombre era Felicitas Aguilar Mendez. Una mañana que junto con su esposa y padre desayunaba, don Tacho descubrió la gran mentira en la que había vivido: su padre leía los obituarios del periódico y lágrimas rodaron por sus mejillas al ver allí el nombre en grande letras negras de aquella a quien todavía amaba. Al ver a su padre en semejante situación se acercó y vio el nombre allí escrito, sintió como su cuerpo se helaba; pensó en reclamarle a su padre por semejante engaño, entonces como rayo divino le vinieron a su mente todos los recuerdos de la feliz niñez y dicha jamás conocida que su padre le dio. El apretón fuerte que recibió en el brazo por parte de su esposa lo regreso al presente, entonces tomó el periódico, lo dobló y un fuerte abrazo y beso le dio a su padre. Olvidaron el asunto y jamás ni pregunta ni reclamo se atrevió a pronunciar. Cuido amorosamente a su padre hasta que un infarto fulminante lo aparto de él.
Al continuar su recorrido por el barrio, don Tacho recuerda a su esposa, tiene presente aún la primera vez que sus miradas se cruzaron. Amparo era su nombre. Ella junto con sus hermanos atendía un puesto en el mercado de "chacharas" de la Lagunilla. A sus pies siempre se podían ver: platones, platos y jarrones antiguos de cerámica y porcelana francesa e inglesa; candelabros y diversos objetos de plata y bronce; candiles, vasos y ceniceros de cristal murano; fonográfos, cámaras fotográficas y encendedores. Muñecas de cara y manos de porcelana. Fotografías y pósters de antaño. Al don le llamó la atención un óleo, un cuadro donde al fondo de éste se veía un cielo brillante, flores de colores contrastantes formaban un camino, al final un lago y en el lago un pequeño corcel con la cabeza reclinada bebiendo agua y las hojas de los árboles meciéndose cándidamente. Mirar a aquel animal que plácidamente saciaba su sed le brindaba una sensación de frescura que casi podía sentir la brisa del viento golpear su rostro. Al preguntar el precio a la joven, se encontró con los ojos de Amparo, su mirada le hizo trastabillar, pago sin chistera el costo tan elevado que ella le dio, hasta se olvido de regatear. Dos años después Amparo y Anastacio se casaron, y ese cuadro adornó su sala por mucho tiempo.
Su matrimonio fue armonioso, sus dos hijos varones no nacieron ni para el negocio ni para la escuela, lo suyo era la aventura. Decidieron probar suerte en el norte, después de la muerte sorpresiva de doña Amparo se marcharon, don Anastacio les dio su bendición y les dijo: "Sólo se vive una vez, vivan de la mejor manera." De vez en vez sus hijos le mandan cartas y fotografías, no lo olvidan sin embargo, no están a su lado.
El oficio que don Anastacio ejerce bien lo aprendió de su padre, sin embargo, siempre supo que tenía una habilidad especial, había algo extraño, diferente y superior: podía hablar con las plantas, sí, tenía una comunicación excepcional con ellas. Podía recomendar la mejor hierba para aliviar el peor mal, siempre tenía el remedio perfecto. Los clientes siempre regresaban a agradecerle. Su padre también se convenció de ello, cierta ocasión pudo percibir como las plantas seguían con leves movimientos a su hijo, el niño las alababa, las acariciaba y de las plantas recibía respuesta de algún modo. En otra ocasión, llegó, como siempre, doña Nora, tenía un fuerte dolor en la espalda, era tan intenso que casi no podía hablar. Cuando el padre apenas se volvía para buscar la planta que mejor la ayudará, su hijo ya le brindaba un ramo de árnica, el niño sólo tenía cuatro años. Por esa razón su padre no insistió en que su hijo fuera a la escuela –vale más el conocimiento que un papel – decía en respuesta a la insistencia de familiares y amigos para que lo inscribiera en la secundaria.
Hasta estos días se le encuentra en su local, ubicado en la Ave. de Circunvalación, siempre con una sonrisa y feliz de poder brindar alivio. Su cuerpo denota cansancio sus ojos aún no. Animoso como siempre es el primero en llegar y también el primero en cerrar. Se le mira platicando siempre con sus yerbas, consintiéndolas, les da agua, les procura luz. Si llega algún cliente a pedirle ayuda y don Tacho no tienen remedio en ese momento, le sugiere que regrese más tarde; si el caso es muy agudo de preferencia que regresen al día siguiente. Tiempo que requiere don Tacho para platicar con sus hierbas y de particularidad en las mañanas que es cuando ellas están más frescas y contentas y así más fácil la respuesta. Cuando regresa el cliente ya le tiene todo listo.
Don Anastacio no sale a ofrecer sus remedios al tianguis, no es necesario. Pero de vez en cuando y para no perder la tradición, sale al frente de su local y empieza con su cantaleta: "¡Seeeeeñooooor ¡ ¡seeeeeñoooooraaaa! ¡seeeeeñooooriiiitaaaa! ¡jooooveeeen! Sí, usted. Si sufre de dolores de cabeza por el estrés, no ha podido tener hijos, la artritis no lo deja trabajar, su hija no quiere comer, su hijo anda en drogas, acérquese, aquí le tenemos el remedio".
Los Transeuntes en el estudio de grabación de Tur 21 Les presentamos ahora nuestro tercer programa de radio, donde podrán disfrutar los siguientes cuentos:

Entre Estaciones
Por Ángel Zuare
"¿Y quién dirá algo?"
"¿Nadie? ¿Nadie hará nada?"
"¿Para qué? Bajo en la siguiente estación."
"¡Despiértenlo, con una chingada! Está ocupando todos los asientos."
"Debe estar borracho."
"Huele a que no se ha bañado nunca."
"Mira su ropa. Toda andrajosa y sucia."
"Y sus tenis de marca, claro. Deben ser robados. Tiene cara de ladrón."
"Hasta acá me llega su tufo. Está borracho, sin duda."
"¡Despiértenlo ya, chinga!"
"Yo no me siento junto a él."
"¿Y si se enoja o se pone grosero? ¿Qué hago?"
"¿Y si trae un arma?"
"¿Un cuchillo?"
"¿Una pistola?"
"¿No supieron lo que pasó hace un mes? ¿Del loco que traía una pistola y empezó a disparar dentro del vagón?"
"Pobre del pendejo que lo quiso detener, me acuerdo. Justo entre las cejas, ¡madres!"
"Mejor déjenlo."
"¿O aquel que embistió con su auto a unos niños que tenían una ceremonia de la escuela a mitad de la calle?"
"No, si hay cada loco."
"Si tuviera mi escuadra aquí, yo sí le rompo su madre. A ver de a cómo nos toca."
"¿O el padre que quiso tirar a su hija por la ventana?"
"¿Y si nada más me siento?"
"Bueno, lo muevo, ¿y qué? Si se enoja, le rompo el hocico. Tal vez hasta me ayuden."
"No, yo no me meto."
"Nada más los miras feo y ya te están golpeando."
"Mi hijo les dio todo lo que traía y aun así le rompieron la pierna a batazos."
"¡Lo madreamos y ya! Si dice que lo atacamos primero, decimos lo contrario. ¿A quién le van a creer?"
"La cabeza contra el filo del asiento, ¡tómela!"
"Apriétale la garganta. No le des chance de nada."
"Nadie va a decir que lo golpeamos primero. ¿O sí?"
"Tal vez hasta le hacemos un favor a alguien."
"¡Ahora!"
"¿Pues qué nadie va a decir nada?"
El ruido de las puertas cerrándose lo despertó y, viendo a la gente que lo rodeaba y le veía con miradas de reproche o fingida indiferencia, quito su brazo y piernas de los asientos que estaba ocupando. Se apoyó contra la ventana y volvió a sumergirse en el sueño, arrullado por el lento vaivén del vagón y rodeado por pasajeros que viajaban silenciosos entre estaciones.
Octubre 2009
El Delfín
Por Ramiro Reynoso León
El sol entra por la ventana sin invitación alguna. En el interior de la vivienda el mancebo se mueve suavemente, entre las sábanas. Cuatro mujeres velaron su sueño, luego de hacerle disfrutar desde cada punto cardinal, como pocas veces en su corta pero experimentada vida.
Se sienta sobre la cama, se estira, bosteza cual felino mientras se levanta. Ya conoce el camino luego de tantos meses de repetir aquel ritual. El séquito de solícitas mujeres al pendiente de sus mínimas necesidades, atiende sus deseos y caprichos cual si fuera una deidad. La tina amplia como una alberca, con agua tibia y pétalos de flores, lo recibe maternal. Las manos femeninas recorren el cuerpo del mancebo, -musculoso y marcado producto del gimnasio y de una alimentación rica y balanceada-, de manera rítmica, lenta, sin prisa, con movimientos circulares y ascendentes al corazón. Una bata de seda azul le cubre al concluir el baño.
Las mujeres le conducen de regreso a la recámara. Ahora es el momento para un masaje relajante de pies a cabeza. Su cuerpo es ungido con aromáticas cremas. Cepillan su cada vez más larga cabellera, la trenzan y arreglan de la mejor manera.
Una vez realizados los tratamientos corporales matutinos, las mujeres le visten por completo. Un elegante traje negro importado, de lana virgen, oculta la suave ropa interior de algodón blanco. Camisa de algodón egipcio, corbata de seda. Calcetines en perfecta combinación con el traje y zapatos negros, lustrosos, hechos a la medida en alguna ciudad europea. Vestido así, el mancebo es la más viva expresión del poder y la elegancia.
El cielo azul, despejado, se deja ver a través de las ventanas. Al abrirlas el cielo da los buenos días con una corriente de aire fresco que aleja la manifestación de lociones y perfumes. Ya vestido, el mancebo, encamina sus pasos hacia la entrada de la mansión, un amplio jardín tan verde como la selva, muestra sus gotas de rocío. Una limusina impecable, le espera paciente. El chofer, vestido de levita, abre la puerta y la cierra cuando la última de las cuatro mujeres ha subido. Toma su lugar junto al volante. Igual que el sol, ya sabe el itinerario de cada día de la semana.
La limusina se desliza cual rayo solar, sobre el asfalto hacia el corazón de la ciudad. Una entrevista-desayuno con el jefe de estado espera por el mancebo. Decisiones importantes serán tomadas, bajo su asesoría, para el bienestar del pueblo. Todo sacrificio vale la pena con tal de perpetuar el clan y el imperio. Los tributos deben llegar desde las más recónditas poblaciones, puntualmente, al igual que las lluvias, de otra manera la vida puede agotarse. Es imperativo continuar con el dominio sobre otros pueblos, "estar bien con el de arriba"; por ello la contribución del mancebo es vital.
Luego de la junta-desayuno, el mancebo se dirige con su séquito femenino al centro de las artes. Maestros especializados le comparten sus conocimientos musicales. Él interpreta diversas melodías en saxofón, piano y bajo. El aprendizaje es notable, luego de meses de disciplinada instrucción.
Pasado el mediodía acude a comer con personajes de la nobleza: políticos y ministros, expertos en negocios, educación, turismo y otras actividades importantes para el imperio. Las opiniones del mancebo, también son bienvenidas, valoradas y, muchas veces, seguidas al pie de la letra, por tratarse de un iniciado, de un representante divino en la tierra.
Por la tarde, cuando el sol comienza su viaje hacia el poniente y las nubes aparecen tras él, el mancebo acude a un centro educativo. A éste asisten mujeres con sus hijos, a escuchar las palabras de aquel hombre inmaculado, hermoso, perfecto. Éste charla con los niños, los invita a ser un ejemplo de buen ciudadano, excelso guerrero. Al despedirse se le reverencia a su paso.
Cinco días antes del gran evento, el mancebo se casa con aquellas cuatro damas, éstas han sido educadas en las mejores academias para tal fin. Se encargan de cortarle el cabello, cepillarle la piel, darle masajes y tés relajantes. Música de los dioses y aromáticos inciensos complementan la atención corporal y espiritual. Necesita estar conectado con el cosmos, con la bóveda celeste, a fin de cumplir su encomienda. En esos cinco días, viaja con su séquito real y sus esposas a diversas ciudades. Es importante hacerse ver por la mayor cantidad posible de personas. Que las multitudes le conozcan, admiren su belleza, su capacidad de sacrificio por las masas, sus dotes oratorias.
Obtiene peticiones para la divinidad; las ilusiones de muchos y la continuación de la vida, está en sus manos. Cómo no cumplir, cómo renunciar a ese gran compromiso ya adquirido, por voluntad o imposición, ¡qué importa! No es el momento para dar marcha atrás. Y menos cuando el Estado se ha mantenido al pendiente de su desarrollo físico, intelectual, espiritual y ha vigilado celosamente su desempeño, durante el último año.
Aquella mañana era más soleada de lo usual, buen augurio para el ceremonial tan esperado. Luego de todas las atenciones de sus esposas y de un desayuno frugal en casa, el mancebo sube a la limusina. El chofer ha verificado, en el sistema de localización satelital, la nueva ruta para esta ocasión. Las esposas ricamente ataviadas, le acompañan en su trayecto con alegres cantos, alabanzas y hermosos poemas de amor.
Las multitudes cual enjambres de abejas, se aglomeran en torno al paso de la limusina, como si fuera un cajón de miel. Todos quieren estar cerca del nuevo emisario de aquel dios. Los gritos, las loas y coros, estremecen al mancebo pues exaltan los valores, las tradiciones, las esperanzas de aquel pueblo.
El mancebo, con medio cuerpo por fuera del techo de la limusina, sonriente para los demás, pensativo para sí, estira la mano, saluda a la mancha gris e informe que lo vitorea.
Por fin arriba a la plazuela donde él emitirá su discurso. Una a una las nuevas propuestas salen de sus labios; una a una se diluyen en el viento y se incrustan en los oídos de los concurrentes. Una a una las gargantas se desgarran al gritar en espera de ser escuchadas en una última petición. Y allí está el mancebo, en cumplimiento del rol asumido, sabiéndose el instrumento de la máxima autoridad para cumplir los designios celestiales.
No hubo necesidad de recostarle sobre ninguna piedra ancha, ni abrirle el pecho para extraerle el corazón. Entre la muchedumbre, apenas se escucharon los disparos. Una enorme mancha roja se confundió con el color de la corbata, sobre la camisa blanca del mancebo y éste se derrumbó entre los brazos de sus amadas. Así estaba planeado y la vida del imperio se renovó.
Noviembre 2009
Buscando una Mejor Forma de Morir
Por Eneida Martínez Ocampo
Mientras escuchaba la voz soprano del saxofón de John Coltrane, abrió la ventana lentamente y observó a través de ella los edificios grises que componían el conjunto urbano. Miró con cierto interés un trozo de la anatomía de lo más amado y lo más odiado; no podía imaginarse fuera de los brazos de la ciudad, pero de igual forma ese estrujamiento lo asfixiaba. Pensó en varios nombres para aclamarla: la selva de asfalto, la jungla de hierro, el monstruo de concreto… Gustaba jugar con las palabras, armar frases, inventar dichos, memorizar poemas o trabalenguas. Pero en ese momento ningún pensamiento aliviaba su malestar que le pesaba milenario. La soledad siempre agazapada en cualquier sitio para lanzar la mordida.
El señor Antonio Maldonado, de gustos refinados y vestimenta impecable, era dueño de varias revistas para adultos que se vendían como pan recién horneado, y a pesar de que sus ingresos eran excelentes, no podía evitar sentirse avergonzado por el material que publicaba, pues sentíase un prosaico, un vulgar cualquiera, pero en fin, el negocio es el negocio. Hacía ya varios años que se encontraba solo, separado de su esposa e hijos, cuando se libró de ellos se quitó un fardo de su espalda pues siempre los consideró: chupasangres, quitavidas, chinchesabandijasanguijuelas, bola de mantenidos... Pero después de diez años viviendo solo en su departamento, no imaginó que a larga le pesara la vida. Las ideas de terminar su existencia volvieron a retoñar en su mente, él las podaba cierto tiempo cuando llegaban a surgir pero ahora las sentía más crecidas de lo normal, ya no las cortaría, al contrario…
Mientras determinaba cuál sería la mejor forma de morir; comió la amargura de todas las tardes y de postre cuatro Marlboro. Las notas del saxofón bailaron lento y entrelazadas con las virutas humeantes de los cigarros.
Se sintió poeta con la música y el ambiente brumoso, sentóse en su sillón de piel y empezó a recitar: La muerte es la única que abre los brazos para dar amor por toda una eternidad. ¡Ah!, que perfecto pensamiento casi me dan ganas de no matarme, para seguir creando tan bella poesía, el mundo se perdería de un enorme talento. Pero si seré pendejo, ahora que lo pienso, esa frase la escuché en una película, caray, por qué esperar sentado para que la muerte me acoja en su regazo… Sin pretenderlo sus ojos se detuvieron en el calendario, la idea de quitarse la vida se reforzó cuando vio la fecha. Vaya, sí que será un buen día para morir: Fieles Difuntos. Todos los que me conocen se acordarán de mí, aunque me detesten, se acordarán de mí.
Se volvió acercar a la ventana e intentó sacar el pie, sin embargo, su voluminoso cuerpo impidió que pudiera hacer cualquier mínimo movimiento. Además estaba en el segundo piso, difícil matarse a esa altura, a lo mucho me fracturo una pierna y estaría convaleciente muchos meses, mejor busco otra manera.
Pensó en cortarse las venas y fue a la cocina a buscar el cuchillo más filoso. Al encontrarlo observó con escrutinio, lo acercó con temor a su muñeca izquierda. Carajo, cómo no tengo una tina de baño, así podría meterme en ella y morir como algún importante personaje romano, en fin, el temblor de su mano se intensificaba sin poder llegar a concretar su tarea ejecutadora. No, no pudo. Decidió salir del departamento, antes me sentaba a esperar la muerte, y ahora salgo a buscarla a las calles como a una prostituta. Bonito bonito pensamiento, seguramente ya alguien lo dijo antes que yo. Y mientras tanto, "Big Nick" se enredaba con la neblina humosa.
Dejó su auto, pues quería desentumir las piernas. Antes de atravesar la avenida Manuel González, se imaginó cómo sería si se dejaba atropellar por alguno de esos carros, conductores bravos, no, esa muerte no era para él, no correré el riesgo de medio morir dando un patético espectáculo. El semáforo dio el paso a los peatones, así que el señor Antonio Maldonado inició su andar por los intestinos del monstruo de concreto.
La oscuridad –con sabor a invierno adelantado– empezaba a devorar con premura el claror de la tarde otoñal. Letreros de luces de neón invitaban a internarse a algún hotel o cantina, y para los menos aventurados a un café. La ciudad se pintaba de Día de Muertos y se disfrazaba de Halloween; mezcolanzas de prehispanismo con cultura celta. La noche y el frío estimulaban a dejarse enredar por los brazos de alguna mujer nocturna. Antonio Maldonado pensó en ir a visitar a Rebeca, la de las caderas anchas; o quizá volver a probar las carnes jóvenes de la Colegiala, la puta más puta de Circunvalación. Pero ellas no aceptan American Expres, y ni porque sea cliente asiduo me fiarían. Son "mariposas", más bien "polillas andariegas", que se ganan el pan de cada hora con el sudor de sus carnes. Bonita, cursi pero bonita frase, creo que ésa sí es de mi autoría.
Una gran variedad de ofrendas en honor a los muertos se exponían en la plaza de la Constitución, pero él evitó pasar por la muchedumbre, no soportaba tanto jolgorio aturdiéndole la cabeza, disonancias martillando los tímpanos y esos tambores de los neoaztecasjipismugrosos, el humo del copal acariciaba los cuerpos semidesnudos y sudorosos de los danzantes.
Caminó, caminó, y sólo supo que había caminado mucho porque sus pies ya no quisieron continuar. Estaba justo frente a la Torre Latinoamericana, echaría un último vistazo a su amada urbe urbe urbanísima, suena como putísima, sí, definitivamente la ciudad es una gran golfa, señorona ramera, que invita a todo mundo a su seno y promete el cielo, después cobra lo triple. Estando en la cima de la Torre pudo admirar el cuerpo noctámbulo de su urbanísima, conjugó los sonidos con los olores, los colores con los sabores, se dejaba arrullar por las múltiples voces citadinas y a lo lejos, quizá, el sax de Coltrane se fusionaba con ellas.
La altura de un edificio como ese, podría servir para arrojar su vida en caída libre. Pero otra vez la duda hizo acto de presencia. Yo creo que no me voy a lanzar de un edificio, honestamente no quisiera quedar embarrado en el asfalto, mucho menos quiero ser carroña de los fotografoslacayos de periódicos amarillistas. Ya hasta me imagino en la primera plana de El Gráfico o La Prensa: "Hombre maduro se avienta de un edificio, al parecer era atractivo –el hombre–, pero el golpe le desfiguró el rostro". Necesito una muerte más rápida, sin arrepentirme, sin tiempo a titubear. Otra nueva idea iluminaron sus iris de color verde acuoso. Nada más efectivo que un disparo en la cabeza (o en el pecho, para no desfigurarme), jalado el gatillo se acaba todo, ¡pum! rápido y efectivo.
Detuvo un taxi y mientras pasaban establecimientos aún abiertos y personas disfrazadas de momias, monstruos, calabazas, catrinas… pidiendo "calaverita", su mente volaba junto con las polillas que se estrellaban en el parabrisas; intentó encontrar un buen pretexto para que Armando, único amigo, le prestara su arma. Qué gracioso arma-Armando, hasta parece trabalenguas. Armando arma su arma, arma su arma Armando, su arma Armando arma y yo quiero el arma de Armando jajajaja… armarmandoarma… y cuando más se divertía en su juego de palabras el taxi entró en un callejón sin salida y se detuvo. Dos sujetos armados abrieron con violencia la puerta del auto y uno de ellos intentó sacarlo a empellones:
–Pinches tu… tu… tunantes– fue lo primero que se le ocurrió decir al señor Maldonado.
–Tu… ¿qué? ¡Tu puta madre, cabrón!, órale sálgase del coche– le gritó el asaltante.
El taxista le advirtió que si hacía una pedejada se lo iban a despechar directito al infierno o al cielo, tenía la opción de escoger. Lo registraron de pies a cabeza, dieron con su cartera, sólo un par de billetes de poco valor para los ladrones, sacaron las tarjetas de crédito e identificaciones, le quitaron el reloj chapeado en oro. El más rudo le puso la pistola en la cabeza:
–Ahoritita, hijo de la chingada, nos vas a llevar a un cajero para que saques la marmaja– gritó.
–No, no chingues, capaz que nos atrapa la poli con este güey y no nos la acabamos –acotó el chofer– dijimos que lo que trajera encima, nada de estarnos exponiendo a lo pendejo- remató.
–Bueno, entonces me lo despachó, a dónde jefe, ¿al cielo o al infierno?– amenazó el ratero y con el cañón de la pistola jugueteaba en la cabeza del señor Antonio Maldonado.
–No por favor, por lo que más quiera en su vida, por su madrelindahermosachula, no me maté, tengo hijos y esposa que me esperan en mi casa.
Sintió en su ropa interior una pesadez acompañada de abundante humedad.
– ¡Uuuuy!, este cabrón ya se cagó del puro miedo– y los tres rieron mientras el otrora suicida chillaba.
Las súplicas se apagaron con el estruendo de las risotadas y burlas de los asaltantes. Al cabo de un rato de sufrimiento ante la posibilidad de ser asesinado, lo dejaron ir.
Salió corriendo del callejón, corrió, corrió y, a pesar de su obesa corporeidad, corrió y de tanto correr llegó al hogar tan deseado. Al internarse a su departamento, se apresuró a cerrar la puerta con todos los cerrojos que antes no acostumbraba usar. Y la voz aguda del saxofón de Coltrane, cantaba su última nota.
Jonás y su Perro
Por Norma Páez
Las calles de la ciudad son estrechas para el número de personas que transita por éstas, los postes en cada esquina, orinales de los perros, también son paraderos de las vendedoras de tamales y atoles. Jonás solía caminar sin rumbo, arrastraba sus pasos pensando en el miedo de quedarse solo. Súbitamente se paró al lado de un poste, sacó de un costal el lazo con que amarró a Mateo, así el destino de Mateo quedó en manos de aquel hombre que nadie quería ver, de un hombre invisible que nada lo diferenciaba de los grises de la ciudad. Sólo Mateo sabía de su existencia. Aquel perro de cuatro años lucía en el cuello un viejo paliacate rojo; las manchas blancas en su pecho y las de sus patas quedaron ocultas por la tierra de los jardines donde esperaba por largas horas, ahí junto a un árbol frondoso.
Por las mañanas o por las noches cuando no llovía, Jonás se tiraba en el pasto, y mirando el cielo dibujaba líneas del pasado. Así, dibujando transcurrían las horas de su libertad. Mateo, con benevolencia besaba su cara sucia, ennegrecida por las grasas de aceite de auto, que esparcidas en los rincones de las callejuelas, también ensuciaban las ropas de los borrachos tirados, ellos, que después de una larga parranda no podían más con sus vidas y caían sobre los charcos de aceite y de orines. Jonás aturdido por la insistencia de Mateo que lo besaba sin parar y del bullicio de la gente, salía de su abstracción. Igual que otros hombres, Jonás caminaba encorvado cubierto con un abrigo de lana, sus barbas ocultaban la cara de un hombre invisible y la suciedad enmascaraba su vida, o quizá era su vida. De su hombro colgaban bolsas, una llena de latas de refresco, que cortaba para que ocuparan menos espacio, y en otra, las guardaba ordenadas. Ni él sabía para qué las guardaba. Y el buen Mateo caminaba a su lado, parsimonioso, acompañándolo en su soledad. El viento de aquella mañana de invierno revolcaba algunas bolsas de plástico, aún hacía frío mas los rayos del sol ya iluminaban las callejuelas, rompiendo así, la oscuridad de los viejos edificios. Desde muy temprano, Jonás, taciturno recogía los periódicos, su casa, único hogar que les prodigaba un poco de calor en las noches frías, en seguida se ponía los zapatos que le quedaban grandes, los prefería. Guardaba como un tesoro otro par color guinda, que le quitó a un joven que yacía muerto en la esquina de un callejón sin nombre, sin salida; le apretaban esos zapatos, pero Jonás soñaba con lucirlos. De la muerte de ese joven nadie se había percatado hasta que sus carnes comenzaron a pudrirse. El viejo Jonás al verlo, primero, sigilosamente le arrebató tres meses de ahorro, sí, esos zapatos guinda que compró el joven para presumirlos con la banda del barrio, luego pregonó la noticia con un grito estridente: "¡Un joven está muerto, y sus carnes se pudren!" Los comerciantes, los compradores, los turistas, los pescadores de historias y las putas lo ignoraron. Jonás se detuvo frente a Mateo y le dijo: "Mateo, mi querido Mateo, ¿qué cruel destino te he reservado? A vivir al lado de un viejo huérfano, huérfano de un escritor favorito, de un hijo que no quise, de una mujer que llegó y no miré, huérfano de un recuerdo que evoque el sonido de la playa. ¡Qué destino tan cruel! Mis propiedades: una carta que no envié y tú, Mateo, mi única compañía". Cuando terminó de levantar la casa de periódicos, Jonás comenzó a buscar entre los escombros aquel desayuno tan deseado. Mateo estaba hambriento. Jonás siempre decía: "Verás, encontraremos una gran pierna de cerdo, bien cocida, nos la comeremos hasta reventar, tú y yo". Mateo movía la cola, fingía creerle, quería creerle, sin embargo se conformaba con un bolillo duro, cuando lo había. La noche anterior solamente comieron algunos restos de tortilla, que también se disputaron las palomas frente a la capilla de La Soledad. Por fin, Jonás encontró una pierna de cerdo, con algunas mordidas, cubierta de papeles pegados por el aceite. Mateo dio algunos saltos mientras Jonás limpiaba la pierna. Ambos pensaban, "la promesa se cumplió". Comieron hasta hartarse. Sus estómagos eran tan pequeños que cualquier cosa los llenaba. Contentos, después de la comilona, se sentaron en la banqueta donde las putas ofrecen su trabajo. Mateo jugaba con el lazo, al tiempo que Jonás miraba a una puta. Ella despectiva le preguntó: "¿Qué me miras viejo sucio, acaso tienes para pagar?" Él agachó la cabeza y acarició a Mateo. Otra, disfrazada de colegiala, que competía por ser la más puta, al escucharla pensó: "Já, se da sus ínfulas como si fuera la más guapa, claro, no se ha mirado al espejo. Seguro evita ver sus arrugas, evita ver el tiempo sobre la piel marcada por las estrías, el abdomen prominente y el maquillaje desparramado, já, ya no antoja las miradas ni de los más pobres y desaliñados hombres. ¡Vaya!, sí que debería estar contenta". Al tiempo que aquella puta miraba alejarse a Jonás y su perro, se dio cuenta de los zapatos olvidados en el lugar donde habían estado por algunas horas. Por un momento titubeó en advertirle, aún con resistencia balbuceó con voz queda: "¡Ey viejo sucio, los zapatos se te olvidan!" Él contestó indiferente: "¡y Dios se olvidó de ti!" Así, la colegiala los vio desaparecer entre los autos, los edificios grises y los rumores de la gente. Casita Tlalpan, 30 de abril de 2009