sábado, 9 de octubre de 2010

Sexto Cadáver Exquisito

006
Éjele que ni Quería

Nos separamos como los hombres.
Y son todos los que son para todos los que están.
Pero nada es para siempre, ni el amor.
Y la luna le abrió paso a un nuevo día.
Adiós a la soberbia, bienvenida la diversidad.
del Carmen punto final. Nosotros punto y seguido.
Sí, sí, sí, sí, sí.

Las Olas

Por Eneida Martínez Ocampo

"(…) en el amor como agua de mar te has desatado (…)"

"El amor", Pablo Neruda.

Era una tarde que avanzaba hacia el crepúsculo, desde el balcón se podía ver la inmensidad del mar, se escuchaban fuertemente las olas y su lamer en la ribera. Un hilacho de brisa vulneraba la intimidad de la habitación, mientras hacía bailar con cadencia la diáfana cortina. La última oleada de luz solar bañaba el espigado cuerpo de Camila, cerró sus ojos y sintió caricias de la brisa, apoyó sus brazos en la baranda, se arqueó dejando a la vista la curvatura de sus nalgas. Todo alrededor le embriagaba, escenario siempre fantaseado y ahora vuelto realidad, olas que no sólo mojaban la epidermis de la playa, sino también la de Camila. Ella se sentía arena fina devorada por la espuma, en su cuerpo no había diques para detener tanto calor, urgida de sosiego que acallara su ansiedad, cada muelle del alma gritaba con febrilidad.

Gerardo lo supo siempre, por esa razón dejaba que Camila estuviera en su punto álgido, para llegar en el momento exacto. La respiración de ella más acelerada y jalaba aire como si sus pulmones estuvieran secos, sedientos de oxígeno. Sintió en su cuello humedad, seguro agua marina arrancada por esa brisa; pero no, eran los labios de Gerardo que tampoco soportaba la espera y asistía a territorio virgen –y no porque él fuera el primer hombre en el cuerpo de Camila, sino porque la exploraría con detenimiento y dulzura–. No separó los labios del cuello y la atrajo hacia él, ese cuello experimentaba la aspereza de su barba, sus cuerpos quedaron verticales. Lamió y lamió con fuerza, como las olas a la playa; él el mar, ella arena fina. La lengua de Gerardo se volvió molusco que salivaba la piel, clavó con delicadeza sus dientes de luna en los hombros desnudos, sus manos apretaban la cintura y ella respondió frotando sus nalgas en la turgencia de él que crecía con rapidez.

Gerardo subió las manos hasta pescar esos pececillos escurridizos bajo la blusa ceñida, Camila sintió que los pezones estallarían de tan duros, duros como las peñas que rodeaban la costa, los jadeos se confundían con sonidos marinos, con las olas. Olas esmeraldas. Él jalaba aire como si sus pulmones estuvieran sedientos, oprimía todo su calor entre la separación de las nalgas de su Camila, porque ella era de él, y él de ella y ambos estaban destinados a la unión, al menos para ese momento. Gerardo bajó lentamente hasta el nivel de la grupa, subió la falda mientras sus dedos oprimían con delicadeza la carne firme, con cautela de escultor separó los muslos como si los fuera modelando, creados para él, para sus manos, para sus dedos.

Sus labios anidaron en la curva, viajó su lengua en el canalillo buscando una entrada, algún puerto donde detenerse y esa desesperación hizo que volteara el cuerpo de Camila. Deslizó las pantaletas para poder hundir la lengua en el delta de Venus, sintió el nacimiento de la espuma salina, saboreaba pequeñas olas que rompían en el litoral de los labios vaginales, el sexo de Camila era una aurora abriéndose. Gerardo hundió con desesperación la lengua para no dejar escapar ningún sabor, ella sentía arder sus entrañas, soltó un gemido profundo –voz de ola–, otro más saturado de placer, palabras ilegibles se enredaban con la brisa, ella no atinaba a decirle que le apaciguara de ese resquemor. Camila hecha de fuego, eruptiva, deseaba que le vaciaran sus aguas marinas y ardientes. Él tradujo ese lenguaje del cuerpo femenino posesionado por la pasión –exorcizaría esa hoguera quemante–, lamió con mayor profundidad, arremetió una estocada en el lugar clave para hacerla estallar, con sus dientes de luna sacó los pequeños labios de la concha protectora y los chupó. La respiración de Camila iba y venía, marejada de suspiros, jalaba aire alocadamente y sintió la aproximación de un oleaje de placer, estallaría en la boca de su amante, lo sujetó de los cabellos para que siguiera penetrándola con su lengua vuelta miembro, gimió y gimió... él sintió los fluidos de ella colmándole el rostro... y luego, un orgasmo rompiendo su ola en las lubricadas arenas, la quería comer, engullirse todos sus placeres. La asió fuertemente de las caderas y devoraba desesperado sus libaciones, también él gemía, gemía ronco –voz de mar–. Las voces se mezclaban convertidas en un solo reclamo, pedían más. Más hasta la locura, más hasta la pérdida de la razón, más hasta derramar la última ola, más hasta hacer estallar el último grano de arena...

Camila ya no sentía la brisa, ni el sonido del mar, abrió sus ojos y las olas no eran más que ríos de autos alocados, en la avenida Tlalpan, por llegar a su destino... ¿Gerardo?, no estaba ahí, sólo la mano de ella masturbándose y la otra apoyada en el barandal de su departamento en el tercer piso.

acuetzpalin@yahoo.es

sábado, 3 de abril de 2010

Quinto Cadáver Exquisito

005

"Si lo digo bajito, es una mentira."
¿Será que el viento no dice tu nombre.
"Es tan corto el amor y tan largo el olvido."
Las casas destartaladas en donde entra la nostalgia.
Los gritos golpean los sentidos.
Las gotas del rocio tintineaban sobre las hojas.
Me ahogaba en sus lamentos.
Viento gris sumergido en un río.

Inquilinos de la noche o Elena ven cuando oscurezca

Por Eneida Martínez Ocampo

"En Troya las piedras hablan de historia y mito"

"Troya", Andrés de Luna

Para esas horas las calles, aparentemente desérticas, las alfombra aún más la suciedad y la basura. Callejones tapizados de huellas olvidadas por los transeúntes. Algunas callejuelas salpicadas por la luz sucia de faroles sucios. Las estrellas y la luna adivinábanse detrás de una gruesa cortina de contaminación.

Un par de manos enguantadas por costras de mugre, rompen con brutalidad unas bolsas de plástico que celosamente resguardan lo inservible para quienes lo tiran, pero valioso tesoro para quienes lo encuentran. Rotas las bolsas; saltan unas botellas de vidrio que se rompen al contacto brutal con el suelo, latas de aluminio, cajas de medicinas caducas, papeles que en otros tiempos habían sido documentos de suma importancia… Todo se recicla y se vende. Pero también esas bolsas contienen ruido, mucho. Ruido que estuvo silenciado hasta que un ser deleznable –para los durmientes de una ciudad que sufre de insomnio– lo provoca, y sale de su prisión para agredir la quietud. Ruido que asalta el silencio que pocas veces hace presencia en una urbe trasnochada, ojerosa.

Los puños del viento invernal no son lo suficientemente agresivos para subyugar a los inquilinos de la noche. Mendigos que piden y méndigos que no les dan, beodos, drogadictos, prostitutas de todos los precios para todos los bolsillos, y hasta perros sosegándose la roña con sus lamidas. Animales noctámbulos.

Las bancas de un parque recóndito son la fortaleza de muchos seres sin cobija ni cobijo. Pero para qué querías una manta cuando tienes a Elena para atajarte del frío. Las manos enguantadas por la mugre, se meten en los rinconcitos más cálidos, en las carnes más gordas, en las curvas más pronunciadas, en la piel más floja…

Patricio no es ningún héroe griego, pero sí es el héroe que rescata del viento gélido a Elena. Una Elena que a ratos se escapa de su locura. Una locura, que no en pocas ocasiones, la tiene encadenada a diversas realidades alternas donde no conoce ni a Patricio ni a nadie más. Patricio es uno de esos seres que se mimetiza en la oscuridad. Animal noctámbulo. Su delgadez un tanto esquelética, su altura un tanto alargada; sus cabellos son gruesas lianas negras donde los piojos y liendres se mecen libremente. Su edad indefinible, insondable; es de esos hombres con cara de joven y gestos de anciano; de ojos –de un azul profundo– infantiles pero resguardados por hondas arrugas.

Elena y Patricio. Ambos se arropan con sus cuerpos. Gimen. Gruñen. Murmuran. Animales aliviándose la soledad. Lamiéndose las heridas. Canija soledad Patricio, ¿para qué quieres más cobija de la que te ofrece la piel de Elena? Elena es una mujer de edad de entre los veinte y los cuarenta años, es decir, indescifrable; la suciedad incrustada en su rostro es un blindaje que impide saber si es joven o vieja, bella o fea; pero para Patricio es la fémina más hermosa de toda la urbe. El exceso de ropas gastadas que lleva a cuestas, también imposibilita saber con certeza las dimensiones de su figura. Sólo tú lo sabes, Patricio, cuando en las noches metes tus manos para protegerlas de las agujas del frío.

El parque "Troya" era, en lejanos tiempos, un sitio donde iban a sentarse en sus bancas "la gente bonita", "las familias bien", las personas "finas" paseaban a sus perros "finos"… eso fue hace mucho tiempo; ahora "Troya" es un lugar donde los seres noctámbulos tienen sus dominios. Dominios sobre la bancas y que son la fortaleza de cada uno de ellos. Pero hay una banca en especial, una grande, ancha. Enorme cama, una "quinsais", dices Patricio, donde caben dos habitantes urgidos de calorcito. Los ahuehuetes son alcahuetes protectores de las miradas vouyeristas, que pudieran espiar desde las altas ventanas de los altos edificios.

Algunos hilachos de noche resisten a desvanecerse, pero la claridad de la mañana llega sin que nadie la invite. Elena es tomada de sorpresa por su locura. ¡Ve tú a saber qué la pone así!, Patricio. No siempre en las noches llega la cordura para agarrarla de buenas, aunque tú te las ingenias para atraerla, a veces con mucho éxito, a la banca. Pero cuando la demencia la apresa con gruesos grilletes no hay nada qué hacer con esa loca, y Patricio la deja en paz mientras él se marcha con los escombros de su vida a cuestas.

En el día los inquilinos nocturnos también desempeñan su rol de seres mañaneros. Trabajan sus oficios. Si son putas "a darle al talón"; si son carteristas "a meter el dos de bastos"; si son diableros "a'i va el golpe"; si son mendigos "una monedita por favor, Dios se lo va a pagar"; si son franeleros "viene viene"; si son rateros de transporte colectivo "saquen todo lo que traigan si no se los carga la chingada"; y si es Patricio: "Tooooodo lo que tengo en la vidaaaaa/ mi ternura escondidaaaaa/ mi ilusión de viviiiiir/ tooooodo te lo diera contentooooo/ porque tu pensamiento no apartaras de mííííí…", canta mientras separa lo reciclable de lo comestible. Y ¿Elena? Quién sabe qué hará ella, quizá también se dedica a la reciclada, es lo más seguro, pero eso no le importa a Patricio, sólo la extrañas cuando pasas más de dos noches sin el calorcito de sus carnes.

En invierno son raros los aguaceros, pero los hay, y eso sí te pone de malas; porque Patricio no puede acomodarse en su "quinsais" y es cuando Elena huye de "Troya", y quién sabe dónde se mete esa loca. A Patricio sólo le queda observar la lluvia que cae con enojo incontenible; divisar cómo los relámpagos rompen con estiletes luminosos el cielo; ver con resignación los goterones que la tormenta pare. Y se sienta en el piso debajo de una marquesina de un local abandonado, encoge las piernas y las aprieta contra su pecho, no puede evitar ser alcanzado por el agua fría que escupen las nubes furiosas. Después de que la lluvia se detiene, siempre busca alivio en un vaso de mezcal abaratado. ¡Qué rico te sabe, Patricio!, sólo se le pude comparar con el calorcito que te produce Elena, dónde estará esa loca. Pinche loca, me hace falta.

Escampa. No más tormentas distraídas, que se cuelen en una estación que no les corresponde estar; pero eso no quita tener que soportar las astillas del invierno. Y Elena vuelve, y otra vez a "Troya", a la cama acogedora. Forcejean. Y Elena como que quiere y no quiere. Susurros. Arrímate un poquito más, siente cómo me pones. Gruñen. Tócalo, anda tócalo. Sudan. Y es la primera vez que le hablas al oído a Elena; siénteme quiero cogerte. Gimen. Quizá le hablas suavecito, quedito, porque hace más de diez días que no la tenías a tu lado, su calorcito, Patricio, como el mezcal que calienta la garganta.

El invierno rezuma aromas de Navidad; figuras luminosas adornan edificios y casas, árboles naturales y artificiales están "sembrados" en las banquetas o establecimientos para ser vendidos. A Patricio le encanta esta época, porque la ciudad se hermosea de lucecitas titilantes –muchas son azules como sus ojos–, y eso le gusta mucho muchísimo porque una vez, sólo una vez, Elena te dijo que lo que más le hechizaba de ti era el color de tu mirada, no dijo de tus ojos, dijo de tu mirada, y eso lo consideraste lo más poético que alguien te haya dicho. Así, la única razón de que a Patricio le guste la Navidad es porque el azul se vuelve más brillante, más vistoso. Pero también estás feliz, pues tienes en la bolsa del pantalón un pequeño regalito que le darás a tu Elena.

Están destruyendo "Troya". Máquinas feroces manipuladas por hombres, aun más feroces, abren el asfalto, entierran sus garras en "Troya". Despedazan las bancas, esas fortalezas para los inquilinos nocturnos, esa "quinsais" de Patricio y Elena. Arrancan de uno, dos, tres, cinco tajos los ahuehuetes alcahuetes que protegían de los mirones. El ambiente se tiñe de polvo, se teje de ruinas. Todos presencian la destrucción, se van, los inquilinos se marchan. La locura le hinca los colmillos con más crueldad a Elena. Grita. Espérate, no pasa nada; tratas de calmarla. Corre. No corras; intentas asirla de un brazo. Escapa. Se escabulle entre tránsito y transeúntes que agolpan las calles. Desaparece. Ya no la ves… ni nunca la verás –no le podrás dar el regalito–, porque "Troya" está destruida.

Eneida Martínez Ocampo

acuetzpalin@yahoo.es

miércoles, 17 de febrero de 2010

Cuarto Cadáver Exquisito

004

Lejos, descalza entre hojas muertas.

Comíamos ravioles y me cayó el veinte.

Elvia Luna se bañó en el ámbar de la laguna.

Quiero dos de ciempiés.

La nostalgia poblaba mi razón.

Las nubes pasan por el valle de la Anáhuac.

Sobre las olas del deseo de tu piel.

Caminando entre xilófonos donde sólo hay notas huecas.

"Escribe", me dijo, "escribe".

Quiero Sudar Contigo

Por Norma Páez

Antonia salió corriendo de la oficina para llegar a casa y arreglarse. Había llegado por fin el viernes, el tan esperado viernes. Pronto se vistió con su atuendo negro: una falda de piel, una blusa ligera, botas y un collar de semillas. Pintó sus labios de un rojo cereza, su cabello alborotado caía hasta la cintura. Antes de salir del departamento bebió un sorbo del café que preparó por la mañana.

Al llegar al Foro, se topó con la fila de personas que deseaban entrar a la presentación de Real de Catorce, fila que casi daba vuelta a la manzana. Antonia se reprochaba todos los pretextos con los que intentaba justificarse: el tráfico, las marchas, la estrechez de las calles; llegar tarde, un mal hábito que no cambia en ella. Desesperada pensó en su amigo -dueño del lugar-. Mientras lo buscaba sintió la mano de una mujer que tocó su hombro. Se trataba de Camila, una mujer de treinta y tres años que cargaba con su complejo de altura; Antonia en cuanto se volvió con un dejo de malestar la abrazó pensando en alejarse.

-¿Crees que alcancemos a entrar? -preguntó Camila.

-Espero que sí. Hoy tuve que pasar una bronca con mi marido. Emilio prefirió quedarse aplanado en su sillón, acariciando a su tonto gato.

-Olvídate de Emilio, ahora es el momento de disfrutar la noche, ¡a José Cruz!

En la entrada principal del Foro apareció riendo a carcajadas el amigo que tanto buscaba. Sandro se distinguía por esa risa franca, fuerte y en ocasiones chillona más que estridente. Atraídos por esa fuerza del…, Antonia y Sandro se abrazaron con efusividad, luego sin decir nada él extendió el brazo para darles paso. Antonia caminando detrás de Camila, entró al tiempo que saludaba a sus "cómpas" de la entrada. Ambas mujeres subieron por las escaleras, entraron al Foro y previniendo el calor se acercaron al ventilador. Antonia desabrochó tres botones de su blusa, sus senos intentaron escaparse, pedían libertad; insinuante se acercó al escenario:

-Y, ¿dónde está José Cruz? -gritó Camila.

-Aún no ha llegado, seguro que se le travesó el gato de su mujer.

Ambas rieron desaforadamente, pero pronto cambiaron de ánimo; Camila buscó en su bolsa unos cigarros, al darse cuenta que no los traía preguntó:

-Antonia, ¿traes un cigarro?

-¡Por supuesto!

En cuestión de minutos el Foro estaba repleto. De repente se escucharon gritos y chiflidos; José Cruz por fin había llegado. No tardó en prepararse, luego radiante salió al escenario, bajó su sombrero negro cubriendo su frente. Su pose de divo motivó el griterío de las mujeres. A pesar de que para unos el bluesero era un vanidoso, para la mayoría era el poeta urbano.

En cuanto Camila se dio cuenta de la indiferencia de Antonia, se alejó abriéndose paso dando empujones y uno que otro codazo. Desde el fondo, Camila gritó: "Déjate de payasadas y empieza". José Cruz ignorándola se quitó la chamarra y dejándose llevar por las embriagantes notas de las guitarras, cantó: Extraño en la multitud. En ese momento, Antonia recordó a Emilio agobiado por sus celos; él detestaba ver cómo ofrecía sus labios a ese hombre de más de cincuenta. Emilio como otras noches que Antonia acudía a los conciertos, prefería refugiarse en el departamento que había heredado de su abuela.

Sonó la armónica. Despertó y aquellos pensamientos que la turbaban pronto los disipó. El olor a marihuana y tabaco se esparció. Las botellas de cervezas chocaban. Algunos ebrios y otros volando se movían en oleaje siguiendo a coro la letra de cada canción. La luz tenue iluminaba las caras alargadas, redondas y pequeñas de hombres y mujeres. Las pinturas en el muro obscurecían el lugar.

Antonia fumaba marihuana cuando Frank se acercó. Él extendió la mano y le ofreció unas rayas de cocaína. Sin hablar ella se dejó conducir tras el escenario. Inhalaron. Sintiendo los efectos, Antonia lo acarició, desabrochó su pantalón, jugó con su lengua, deslizó su mano, capturó su sexo. Él comenzó a besarla, mordió sus pezones, humedeció su piel con la lengua, subió su falda, deslizó sus gruesos dedos, acarició su sexo y al oído le susurró partes del poema de José Cruz: "quiero sudar contigo…, soy el vago que te arranca el aroma para existir". Los gemidos de ella y la respiración profunda de él se confundieron con la deleitante armónica; en el fondo se escuchaba El boxeador. Las piernas de Antonia rodearon la cintura de Frank y los cuerpos se mojaron, se penetraron, se hicieron uno. Bailaron. Atrapados en las sensaciones orgásmicas, la imagen de Emilio seguía ahí, con Antonia. Sí, ahí en las bragas húmedas, en la piel erizada por los movimientos coordinados y armónicos; estaba ahí, en los mordiscos que Frank le daba una y otra vez en los pezones. Al final, sólo se despidieron.

El blues calló, y a media noche Antonia regresó a casa, entró sigilosa, se dio un baño, limpió el olor a marihuana de su cuerpo, raspó el sudor de Frank, secó su humedad; luego se acomodó junto a Emilio. Parecía dormir. Se metió entre las sábanas, lo abrazó y él, con dolor en el pecho le dio la espalda; el dolor se producía al pensarla en los brazos de otro, le era insoportable. Emilio quería una relación de dos, ella quería vivir una relación abierta pero…, Emilio intentaba decirle: "no importa, está bien, me motiva que hayas estado con otro… pero quédate conmigo, sólo conmigo". La contradicción le impedía recibirla, volverse hacia ella y besarla. Antonia no desistió de abrazarlo, buscó su aliento, su calor, persiguió su hombro y él no pudo resistir más, tomó su mano y la apretó junto a su pecho, sus latidos se aceleraron.

Ella besó su espalda, su cuello, su cabello y sintiendo la piel de su marido, le dijo: "te amo".

Casita Tlalpan

Escrito hace cientos de días

Corregido, 9 de octubre del 2009.

viernes, 15 de enero de 2010

El Onfalófago

Por Marcia Alejandra López Cisneros

El detective privado, Jaime Morones, acomodó el cuello de su gabardina e indeciso, atravesó la avenida. Llovía torrencialmente, su automóvil estaba descompuesto y, para colmo, Dalia lo había invitado a pasar la noche juntos. Sí, Dalia, flor emblemática de la belleza y el candor, labios carnosos y cintura breve, le había susurrado por el auricular:

— ¡Ven, te necesito!

Sin embargo, hacía apenas cinco minutos, el teniente Santillán lo telefoneó diciendo:

— ¡Urge que vengas aquí! ¡Ya!— y en su voz se notaba inquietud.

Así pues, a pesar de su deseo vehemente de deshojar una flor, Morones tuvo que acudir al llamado del departamento de policía. Ya se disculparía después con la mujer-tentación. Eran las nueve de la noche.

En el camino, Morones pensaba. Ya eran seis las víctimas encontradas en igualdad de circunstancias: mujeres cuyos ombligos habían sido separados de sus cuerpos; las entrañas quedaban expuestas, carentes de onfalo. Cuando el detective llegó al lugar de los hechos, todo era un caos: fotógrafos, toma de huellas dactilares, algunos mirones y la prensa, esos reporteros fastidiosos que, según la policía, casi siempre preguntan lo obvio.

A la media noche, el investigador Morones seguía sin saber qué concluir.

—Date cuenta, Jaime —le dijo el teniente—, debe de ser alguien cercano a la víctima. Seguramente un psicópata, un hombre que primero se gana su confianza y después, tranquilamente, comete el crimen. No hay rastros de otra clase de violencia.

A las dos de la madrugada y con más preguntas que respuestas, el detective abordó un taxi. Iría a casa de Dalia. Quería refugiarse en sus brazos y escapar por un momento de la realidad. Desde la fecha del primer asesinato, sólo había encontrado una pista; débil, es verdad, pero todo parecía señalar hacia el mismo punto: un antiguo ritual celta que garantizaba la eterna juventud al comer ombligos humanos. Le horrorizaba pensar en algo así. Por eso, decidió ir con la mujer que lo sedujera vía telefónica y no pensar más en el supuesto onfalófago.

Cuando Dalia abrió la puerta, los labios de ambos se unieron, los cuerpos se reconocieron y las manos… las manos no se quedaron quietas.

Jaime Morones, todo un caballero, no mencionó de dónde venía, no quería arruinar el encuentro. Dalia, toda una dama, no comentó que acababa de degustar un bocadillo exquisito, sublime; una vieja tradición familiar.

Llegó el amanecer. Morones había permanecido despierto contemplando, fascinado, la belleza de Dalia mientras ella dormía: dorados rizos resbalaban sobre los hombros tersos y tibios, al tiempo que uno de los mechones se movía sutilmente cada vez que salía el aire por la respingada nariz. Los níveos dedos reposaban en la almohada, eran tan delicados que se adivinaban tenues líneas azules en ellos. El hombre contemplaba el subir y bajar de la sábana sobre el pecho de su amante. La respiración era descasada, profunda, revelaba un sueño tranquilo, libre de cualquier pecado o culpa. La mujer se notaba tan frágil que si algo le sucediera él no podría soportarlo. Y así, en tanto que el detective tomaba un baño, ella —tan indefensa— seguía dormida, soñando que caminaba por las calles en busca de alguna mujer con un ombligo hermoso, una que le ayudara a prolongar su juventud y belleza, ésa que tanto le gustaba a Jaime Morones, detective privado.