martes 24 de noviembre de 2009

Sobre La Noche

Por Ángel Zuare

El 30 de agosto del 20…, en las instalaciones de la Cineteca Nacional y como parte de las actividades del festival "Macabro", se efectuó una proyección especial que culminó en una revuelta, cobrando la vida de varias personas y severos daños al inmueble. Las autoridades no han revelado los motivos detrás del incidente y la exacta cantidad de muertos y heridos. Algunas opiniones revelan...

En verdad no quería ir, pero Martín insistió tanto en que lo acompañara: "Nos invitaron, Alejandra. Sería una grosería no ir". Así que decidí ir con él a la Cineteca para ver una película de la que no sabía nada. Era parte de la programación de un festival de cine de horror y Martín conocía a sus organizadores. Por lo tanto, había recibido invitaciones.

"La Noche de los Muertos Vivientes"… Había escuchado de esa película, tanto como una persona oye hablar de Chernobyl sin saber ubicarlo en un mapa. "La primera película sobre zombis", dice la cultura popular. La mejor, opinan unos, mientras otros se preguntan por qué aún no la han coloreado digitalmente. A mí no podría interesarme menos.

Antes de entrar Martín me presentó a sus "amigos" y organizadores del festival, refiriéndose a mí como su hermana menor, la que todavía no sabe qué carrera estudiar. Yo le dejaba hablar. "Son personas importantes, Alejandra. Me pueden conectar muy bien en el trabajo, así que no digas una tontería."

Entonces, a través del vestíbulo, sentí la mirada de Mario. Lo miré y él me sonrió a través de su barba de varios días. Estaba recargo en el muro, junto a los baños y con las manos en los bolsillos de la chamarra. Yo asentí con educación y esquivé su mirada...

El festival "Macabro 20.." proyectó "La Noche de los Muertos Vivientes" en su versión original, cortesía del archivo de la Cineteca. Los mismos organizadores del festival comunicaron a las autoridades del recinto que, finalizando la proyección, presentarían un evento especial. Tal vez por eso pocos notaron las extrañas actividades alrededor del lugar...

No me senté con Martín pues tiene la costumbre de compartir sus opiniones durante las películas y en voz alta, como si fuera su deber hacerlo. Me hice tonta comprando palomitas para que él se adelantara con sus "amigos", sabiendo que no me guardaría un asiento.

La sala se llenó totalmente y el único lugar que encontré fue en una de las últimas filas… Junto a Mario. "¿Y tu hermanito?", me preguntó cuando me senté junto a él. "Allá abajo", le respondí.

"Es toda una chinga vivir con él, ¿verdad? No sé por qué dejas que te trate así. Desde la escuela lo hace."

Traté de imaginar cuántos años llevaba Mario en la preparatoria ¿Qué nivel de "fósil" tendría? Por su edad ya debería haberse graduado, sin embargo sólo era un hombretón que seguía en estudiando y con quien compartía algunas clases, como lo hizo Martín en su momento. "Es mi hermano mayor", le dije. "Eso no le quita lo pendejo", me respondió y aproveché que las luces se apagaron para sonreír.

Testigos declararon haber visto a varias personas cruzar descuidadamente la avenida México-Coyoacán, a la altura de la Cineteca y justo frente al hospital de Traumatología. Una de estas personas fue embestida por un vehículo que se dio a la fuga. La víctima, casi inmediatamente, se puso de pie y siguió caminando...

Me intrigaba el interés de Mario; la atención que ponía en la pantalla y la forma en que calló a los que susurraban frente a nosotros dando una fuerte patada en el respaldo del asiento.

Yo sólo quedé impresionada cuando los zombis empezaron a comer. Siempre imaginé que la naturaleza de estos monstruos era comer cerebros o convertir a otras personas en zombis. Ver que en realidad se trataba de algo tan básico como saciar el hambre por carne fresca me hizo sentir asqueada y mareada. Sin duda Mario se dio cuenta porque puso su refresco en mis manos y me obligó a darle un sorbo, preguntándome si me sentía bien. No pude responderle porque entonces escuchamos el primer grito.

Algunas cabezas giraron en la oscuridad cuando surgieron otros alaridos en distintas partes de la sala. Los flashes de las cámaras fotográficas empezaron a iluminar a las figuras que avanzaban lentamente en la oscuridad. Me levanté de mi asiento y traté de ver lo que estaba pasando abajo. Bajé las escaleras junto con otras personas hasta el pasillo a mitad de la sala, donde se había congregado mucha gente con sus cámaras e iluminando la escena a intervalos. Entonces escuché el grito tras de mí. Giré para ver como una mujer era atacada por un hombre que la derribaba al suelo. Entre la oscuridad distinguí que el sujeto vestía un uniforme de enfermero. La gente alrededor decía que sólo era un espectáculo con actores, pero ella gritaba con tanta fuerza... Las cámaras que tomaban fotos incesantemente se detuvieron cuando el enfermero mordió a la mujer en la mejilla, arrancándole un trozo de carne y salpicando con la sangre a nuestro alrededor.

El evento especial era un "performance" realizado por "Zombie Studios" (empresa de efectos especiales, animación y maquillaje) especialmente para esta proyección. Siete actores se presentarían maquillados como zombis para interactuar con el público al final de la función, y aunque los siete actores se reportaron para trabajar, hasta la fecha permanecen desaparecidos...

Las luces se encendieron y la gente gritó más al ver como aquellas personas atacaban al público, sentados todavía en sus butacas o que se habían acercado para fotografiarlos. Caían sobre ellos con golpes torpes y mordidas. Sus ropas mostraban manchas frescas de sangre y tierra, pero lo más aterrador eran sus miradas desorbitadas y los pedazos de carne ensangrentada que colgaban de sus bocas. Entre los gritos empezó el pánico y la gente corrió desesperadamente de un lado a otro de la sala, buscando las salidas de emergencia. Miré a mi alrededor, buscando a Martín o a Mario, pero me vi arrastrada entre la gente. Vi a Martín corriendo hacia la entrada. Grité su nombre e intenté moverme hacia él, pero choqué contra una hilera de butacas y caí sobre ellas. Tal vez me golpeé la cabeza, no sé, pero me costó trabajo levantarme. Resbalé hasta el suelo y al girarme vi a esa cosa frente a mí.

Se sostenía tambaleante sobre sus pies. Su traje estaba raído y desgastado por las costras de tierra oscura que lo cubrían. El cabello negro que nacía de sus sienes y quijada caía hasta sus hombros y la piel de su rostro se había descompuesto, enmarcando la forma natural de su cráneo y sus ojos blancos y acuosos. Abrió su boca, mostrando la falta de lengua en su interior y la sangre que goteaba de ella. Emitió un gruñido estridente y se lanzó sobre mí, dándome solo tiempo de gritar.

Las autoridades de la Cineteca se percataron de la situación cuando la gente empezó a salir atropelladamente de la sala. Sin embargo no pudieron hacer nada para contener la turba. Algunas personas cruzaron el estacionamiento para escapar por la calle Mayorazgo, justo frente al Panteón Xoco cuyo portón principal, por razones desconocidas hasta la fecha, se encontraba abierto...

De repente apareció Mario, embistiendo a esta criatura por un costado y cayendo junto a él sobre la siguiente hilera de butacas. Lo escuché gritar furiosamente y vi sus puños subir y bajar contra la criatura. Yo apenas podía respirar. "¡¡Corre, estúpida!! ¡¡Corre!!", me gritó con tal fuerza que me puse de rodillas y me arrastré hacia la salida. No volteé a ver lo que pasaba. Alcancé la oscuridad del estacionamiento mientras escuchaba como los gritos y maldiciones de Mario se ahogaban por su propio esfuerzo y los alaridos de las criaturas, cada vez en aumento.

No recuerdo si caminé o tomé un taxi para llegar a casa. Cuando llegué mis padres estaban interrogando a Martín sobre mi paradero. No respondí a sus preguntas. No recuerdo haber hablado el resto de la noche.

Los reportes de personas desaparecidas relacionadas con este incidente se cuentan por decenas. Se manejaron oficialmente teorías sobre intoxicación e histeria colectiva, responsabilizando a los organizadores del festival y a trabajadores de la Cineteca. Durante el resto de la noche se mantuvo un cerco policíaco alrededor de la Cineteca, el Hospital de Traumatología y el Panteón Xoco, impidiendo el paso de los medios de comunicación. Sin embargo diversos testigos declararon haber visto grandes columnas de humo surgiendo de los tres lugares mencionados.

A la mañana siguiente intenté localizar a Mario en la escuela y mediante gente que lo conocía. Nadie lo había visto en todo el día. Obtuve su teléfono, pero nadie contestó por más intentos que hice.

"No sé por qué lo hizo", me comentó Martín cuando supo que intentaba localizar a Mario. "Ya estaba afuera, con nosotros. Miró a todos lados y se me quedó viendo, quién sabe por qué. De repente regresó a la sala, sin motivo... Debió estar drogado para hacer esa pende..."

Lo golpeé tan fuerte que cayó sobre la alfombra, sin terminar de hablar...

Noviembre 2008

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lunes 23 de noviembre de 2009

Primeros Cadáveres Exquisitos

Un "cadáver exquisito" es un ejercicio propio de los talleres literarios, donde sus miembros redactan, al mismo tiempo y sin un tema en específico, una línea de texto que luego se acomoda aleatoriamente. Ahora les presentamos los primeros dos cadáveres de nuestro "Cementerio Exquisito":
001

A través de la ventana.
Querida mañana, llegaste en sombra.
Los ángeles te cubren con sus alas.
Subimos las escaleras del sueño hacia las letras.
Campanas sin recuerdos permanecen sostenidas en el tiempo.
Ansiosa esperé su llegada, cerré los ojos y apareció allí.
La noche la vistió de sueños míos.
Qué envidia le tienen al viento que la tiene más a su alcance.

002
Y la lluvia caía como lágrimas.
La amargura de tus noches.
Y finalmente tomé a la mujer y la llevé hasta el fondo de mi cuarto.
Las flores alegres de una carcajada.
El frio está de la chingada.
Aire revolotea libre por la ventana.

Ilusionada

Por Ramiro Reynoso León

"…pero no me quedó otra que instalarla en mi casa y, el colmo, hasta agasajarla con la fiesta de bienvenida más hipócrita que di jamás. Tenerla allí complicó seriamente mi existencia pues mi estilo de vida era para disfrutar los encantos de las mujeres sin exclusividad alguna…"

Hernán Cortés

Era uno de los muchos festejos en honor de tu marido. Las bromas y risas fueron bienvenidas en aquella velada. Sin dar mayor explicación, te retiraste de la mesa. Los comentarios fuera de lugar y las fuertes críticas, hechas por tu esposo, se hicieron insoportables igual que sus múltiples amoríos. Esta vez fue demasiado lejos.

Años atrás, su grandielocuencia al hablar y su trato amable te cautivaron el alma. Se mostraba interesado en ti, como una dama por un sombrero, aunque tardaste en notarlo. Cuando te diste cuenta de su inconsistencia e incapacidad para amar a una sola mujer, era tarde. Tragaste el orgullo, al saber de sus amoríos con una de tus hermanas. A pesar de la herida y el sufrimiento, mantuviste los planes de boda con aquel seductor.

Y cómo claudicar, si abandonaste tus raíces con el alma y el corazón esperanzados, anhelantes de otra vida, igual que las mariposas se alejan del frío, en busca de un mejor clima. Allá en tu tierra natal, la soledad y la pobreza eran los mejores amigos familiares. Recuperar el abolengo, era una enorme loza para ti. La presión en el pecho, mareos, migrañas y algún desmayo repentino, te acompañaban con cierta frecuencia.

Migrar a nuevas tierras era la fórmula perfecta, la respuesta a las ilusiones familiares. Tu hermano, empleado del gobernador isleño, solicitó apoyo para que viajaras junto a tu madre y tus hermanas. La familia estaría unida nuevamente y saldrían adelante, como lo había hecho tu padre al lado de tus abuelos.

Pobre, pero bella, con aires de ser gran señora y de las pocas con esa clase y nacionalidad en la isla, pronto llamaste la atención y sucumbiste enamorada a los cortejos de aquel amigo de tu hermano. Para ti, amor y sueños de grandeza, para él compromiso que le alejaba de la aventura, de una mayor conquista. El sentimiento hacia ti, pronto se le agotó. Qué dotes podías ofrecer al hombre celoso, inseguro, temeroso de ser engañado gracias a tu belleza; interesado en incrementar su fortuna y casarse con alguien que pudiera elevarlo a la cumbre del poder. No, no. No eras su tipo, dejabas de serle provechosa, luego de disfrutar y saberse dueño de tus encantos. Lo sabías y sin embargo te aferraste a él, cual náufrago a un bote de remos a la deriva. La palabra fracaso era inexistente para ti. Ni tu hermana, ni otra mujer te separaría de quien te haría memorable por la eternidad.

La propuesta matrimonial declinó debido a las conquistas del seductor, lo cual le valió visitar las frías celdas del lugar, por mandato gubernamental. Saldría de allí sólo bajo la promesa de casarse contigo. Y lo hizo, movido más por el interés de obtener a cambio finos vestuarios, servidumbre, títulos… que por verdadero amor hacia ti.

A pesar de mostrarte enamorada de él, éste te repudiaba, humillaba y alejaba constantemente del lecho conyugal. Noticias de sus continuas infidelidades llegaban a ti traídas por el viento.

Un largo viaje aleja a tu hombre, todavía más de ti. En compañía de otras mujeres y con sus planes de grandeza bajo el brazo, te relega a un plano casi inexistente para él. Sólo aquella noche de gran pesar físico y espiritual, abatido y tras largos años de olvido, te pidió perdón mientras te evocaba en imagen, disculpándose a su manera por el daño hecho.

El murmullo del lugar trajo hasta tus oídos noticias del conquistador. Dispuesta e ilusionada a compartir sus éxitos y en espera de reconciliarte con él, te embarcaste hacia el nuevo país, a darle alcance sin aviso alguno. Arribaste con tu hermano y hermana, aquella quien también había probado los brazos y labios de aquel a quien buscabas. Los tres fueron recibidos con gran alegría. La ciudad entera estaba plagada de fiestas diversas; la nueva posición social era muy cautivadora, pronto te acostumbraste a ella. Tus sueños cobraban vida.

Solías visitar la iglesia por las mañanas, ricamente ataviada, contenta, acompañada de damas de la alta sociedad y de aquellas migrañas. Luego de la misa, grandes banquetes esperaban en el comedor de la casa, por ti y las nuevas amistades. El éxtasis era mayúsculo.

Fue en una de esas comidas cuando el conquistador, públicamente, te hizo volver a los orígenes humildes. Mencionó la nula aportación hecha por ti al matrimonio, lo poco apetecible de tu compañía y que, según él, no sabías ser mujer diurna ni nocturna. Cuanto tenías y eras se lo debías a él. Mayor humillación no pudiste haber recibido. Avergonzada te retiraste al oratorio a llorar de indignación. Pocos minutos después él se acercó a ti, ofreció disculpas e imploró perdón, se mostró arrepentido. Abrazados, dirigiéronse a la habitación y luego de besarse con pasión, navegaron aquellas sábanas. Todo volvía a estar en paz y en armonía.

Los sirvientes escucharon fuertes gritos del conquistador y acudieron de inmediato a la habitación. Nada se pudo hacer. Las cuentas de azabache, de una hermosa gargantilla, dispersas en la cama y en el piso. Tu cuello con marcas moradas alrededor. Por fin dejabas de ser obstáculo para sus propósitos.

Noviembre 2009

viernes 20 de noviembre de 2009

El Hierbero

Por Evelia Yáñez

Don Anastacio, mejor conocido en el barrio como "don Tacho", viudo desde hace 27 años, y con dos hijos viviendo en el país del norte que emigraron a muy temprana edad. Para soportar su soledad se refugiaba en la cantina "El Compadre". Allí conoció a don Martín, viejo "dinosaurio", hicieron buena mancuerna en el domino, y en cierta ocasión se fueron con una buena ganancia en los bolsillos, pues se atrevieron a retar a los más veteranos en el juego, motivo que los hizo famosos en el medio. La edad no era un obstáculo y todos los domingos salía a recorrer el viejo barrio "La Lagunilla". Le gustaba recordarla como cuando él era niño con sus calles anchas y casonas altas que por las tardes lo resguardaban del sol. Sus recuerdos también se remontaban a las mañanas frías en que su padre salía con morral a cuestas caminando muy apurado rumbo al mercado y por supuesto a la voz del padre ofreciendo sus menjunjes, al puesto repleto de toda clase de hierbas. El padre de don Tacho atendía con devoción a sus marchantes, recomendándoles toda clase de remedios para sus malestares. ¡Cómo olvidar a doña Nora! quien cada tercer día lo consultaba pues se la vivía de mal en mal; que si un día era mal de ojo, otro era la ciática y otro más el riñón y si no un rasguño, el caso era tener la mente ocupada en cualquier malestar que la hiciera olvidar la pérdida de su único hijo.

Los miércoles y sábados se ponía un tianguis alrededor del mercado y el padre de don Tacho lo dejaba al frente del puesto mientras salía a recorrerlo con una canasta en la que llevaba sus plantas, las más socorridas. Y empezaba a gritar cual merolico: ¡seeeeñooooor! ¡seeeeñooooraaa! ¡Sí, usted! ¡Tengo lo que necesita para aliviar su mal! ¡Contra la hepatitis, las erupciones de la piel y los gusanos intestinales nada mejor que una infusión de aleluya! ¡Pero si se trata de males estomacales, úlceras, tumores cancerosos la misma hierba pero en tisana. Si el caso es de reumatismo e hinchazón de las articulaciones excelente medicamento es la consuelda mayor, así como para las luxaciones, torceduras o ataques de apoplejía, basta aplicarla durante la noche en compresas. Si su preocupación esta en el arte amatorio nada más eficaz que un té de licopodio para que no duden de su virilidad, además de un baño de sándalo, aquí tengo el remedio para cualquier mal que le aqueje!

Y entre males, remedio y plantas medicinales Anastacio creció. Siendo hijo único, su padre se esmeró por darle todo el cariño y más. A pesar de que su niñez la vivió encerrado en un local del mercado, no pudo tener mejores amigos que los mismos locatarios. Muchos de ellos del sexo femenino, procurándolo en alimentación y mimos. De los hombres escuchó las historias terroríficas propias del mercado: muy famosos era el fantasma del Pancho que cuidaba del lugar, un viejo guardia muerto en el primer incendio que sufrió el inmueble, algunos amantes de lo ajeno declararon que en sus intentos de hurto vieron la sombra del guardián quemado acercarse a ellos con bravura, al verlo quedaron paralizados del miedo y un sudor frío recorrió sus frentes. Doña Cata, buena cocinera, de un infarto quedo en su local, hallando su cuerpo muy abrazado a su olla de barro, hasta la fecha, en los pasillos donde se vende comida se alcanza a escuchar como la doña restriega su tan preciado instrumento de trabajo. De la señorita Pita, fantasma que esconde las tijeras, alfileres y cintas métricas de los vendedores de ropas y telas, en vida ella atendía el puesto de cortinas y manteles, sufría de esquizofrenia, una tarde de noviembre sus alucinaciones penetraron el local y los lienzos cobrando vida la tomaron por la espalda y con sus fuertes hilos cubrieron su rostro, ahogándola en una invitación a dormir entre sus tejidos algodonosos de color rojo brillante; entre tantas historias…

Don Tacho no conoció a su madre, sabía que murió en el parto, su nombre era Felicitas Aguilar Mendez. Una mañana que junto con su esposa y padre desayunaba, don Tacho descubrió la gran mentira en la que había vivido: su padre leía los obituarios del periódico y lágrimas rodaron por sus mejillas al ver allí el nombre en grande letras negras de aquella a quien todavía amaba. Al ver a su padre en semejante situación se acercó y vio el nombre allí escrito, sintió como su cuerpo se helaba; pensó en reclamarle a su padre por semejante engaño, entonces como rayo divino le vinieron a su mente todos los recuerdos de la feliz niñez y dicha jamás conocida que su padre le dio. El apretón fuerte que recibió en el brazo por parte de su esposa lo regreso al presente, entonces tomó el periódico, lo dobló y un fuerte abrazo y beso le dio a su padre. Olvidaron el asunto y jamás ni pregunta ni reclamo se atrevió a pronunciar. Cuido amorosamente a su padre hasta que un infarto fulminante lo aparto de él.

Al continuar su recorrido por el barrio, don Tacho recuerda a su esposa, tiene presente aún la primera vez que sus miradas se cruzaron. Amparo era su nombre. Ella junto con sus hermanos atendía un puesto en el mercado de "chacharas" de la Lagunilla. A sus pies siempre se podían ver: platones, platos y jarrones antiguos de cerámica y porcelana francesa e inglesa; candelabros y diversos objetos de plata y bronce; candiles, vasos y ceniceros de cristal murano; fonográfos, cámaras fotográficas y encendedores. Muñecas de cara y manos de porcelana. Fotografías y pósters de antaño. Al don le llamó la atención un óleo, un cuadro donde al fondo de éste se veía un cielo brillante, flores de colores contrastantes formaban un camino, al final un lago y en el lago un pequeño corcel con la cabeza reclinada bebiendo agua y las hojas de los árboles meciéndose cándidamente. Mirar a aquel animal que plácidamente saciaba su sed le brindaba una sensación de frescura que casi podía sentir la brisa del viento golpear su rostro. Al preguntar el precio a la joven, se encontró con los ojos de Amparo, su mirada le hizo trastabillar, pago sin chistera el costo tan elevado que ella le dio, hasta se olvido de regatear. Dos años después Amparo y Anastacio se casaron, y ese cuadro adornó su sala por mucho tiempo.

Su matrimonio fue armonioso, sus dos hijos varones no nacieron ni para el negocio ni para la escuela, lo suyo era la aventura. Decidieron probar suerte en el norte, después de la muerte sorpresiva de doña Amparo se marcharon, don Anastacio les dio su bendición y les dijo: "Sólo se vive una vez, vivan de la mejor manera." De vez en vez sus hijos le mandan cartas y fotografías, no lo olvidan sin embargo, no están a su lado.

El oficio que don Anastacio ejerce bien lo aprendió de su padre, sin embargo, siempre supo que tenía una habilidad especial, había algo extraño, diferente y superior: podía hablar con las plantas, sí, tenía una comunicación excepcional con ellas. Podía recomendar la mejor hierba para aliviar el peor mal, siempre tenía el remedio perfecto. Los clientes siempre regresaban a agradecerle. Su padre también se convenció de ello, cierta ocasión pudo percibir como las plantas seguían con leves movimientos a su hijo, el niño las alababa, las acariciaba y de las plantas recibía respuesta de algún modo. En otra ocasión, llegó, como siempre, doña Nora, tenía un fuerte dolor en la espalda, era tan intenso que casi no podía hablar. Cuando el padre apenas se volvía para buscar la planta que mejor la ayudará, su hijo ya le brindaba un ramo de árnica, el niño sólo tenía cuatro años. Por esa razón su padre no insistió en que su hijo fuera a la escuela –vale más el conocimiento que un papel – decía en respuesta a la insistencia de familiares y amigos para que lo inscribiera en la secundaria.

Hasta estos días se le encuentra en su local, ubicado en la Ave. de Circunvalación, siempre con una sonrisa y feliz de poder brindar alivio. Su cuerpo denota cansancio sus ojos aún no. Animoso como siempre es el primero en llegar y también el primero en cerrar. Se le mira platicando siempre con sus yerbas, consintiéndolas, les da agua, les procura luz. Si llega algún cliente a pedirle ayuda y don Tacho no tienen remedio en ese momento, le sugiere que regrese más tarde; si el caso es muy agudo de preferencia que regresen al día siguiente. Tiempo que requiere don Tacho para platicar con sus hierbas y de particularidad en las mañanas que es cuando ellas están más frescas y contentas y así más fácil la respuesta. Cuando regresa el cliente ya le tiene todo listo.

Don Anastacio no sale a ofrecer sus remedios al tianguis, no es necesario. Pero de vez en cuando y para no perder la tradición, sale al frente de su local y empieza con su cantaleta: "¡Seeeeeñooooor ¡ ¡seeeeeñoooooraaaa! ¡seeeeeñooooriiiitaaaa! ¡jooooveeeen! Sí, usted. Si sufre de dolores de cabeza por el estrés, no ha podido tener hijos, la artritis no lo deja trabajar, su hija no quiere comer, su hijo anda en drogas, acérquese, aquí le tenemos el remedio".

martes 17 de noviembre de 2009

Transitar de Letras (martes 17 de noviembre de 2009)

Los Transeuntes en el estudio de grabación de Tur 21

Les presentamos ahora nuestro tercer programa de radio, donde podrán disfrutar los siguientes cuentos:

  • "El Onfalófago", de Marcia López.
  • "La Historia de un Beso del Centro", de Josué Ramírez.
  • "Sobre la Noche", de Ángel Zuare.
Esperemos lo disfruten. Hagannos llegar sus comentarios y no olviden escucharnos todos los martes, al punto del medio día, por Tur21.

viernes 13 de noviembre de 2009


Entre Estaciones


Por Ángel Zuare


"¿Y quién dirá algo?"

"¿Nadie? ¿Nadie hará nada?"

"¿Para qué? Bajo en la siguiente estación."

"¡Despiértenlo, con una chingada! Está ocupando todos los asientos."

"Debe estar borracho."

"Huele a que no se ha bañado nunca."

"Mira su ropa. Toda andrajosa y sucia."

"Y sus tenis de marca, claro. Deben ser robados. Tiene cara de ladrón."

"Hasta acá me llega su tufo. Está borracho, sin duda."

"¡Despiértenlo ya, chinga!"

"Yo no me siento junto a él."

"¿Y si se enoja o se pone grosero? ¿Qué hago?"

"¿Y si trae un arma?"

"¿Un cuchillo?"

"¿Una pistola?"

"¿No supieron lo que pasó hace un mes? ¿Del loco que traía una pistola y empezó a disparar dentro del vagón?"

"Pobre del pendejo que lo quiso detener, me acuerdo. Justo entre las cejas, ¡madres!"

"Mejor déjenlo."

"¿O aquel que embistió con su auto a unos niños que tenían una ceremonia de la escuela a mitad de la calle?"

"No, si hay cada loco."

"Si tuviera mi escuadra aquí, yo sí le rompo su madre. A ver de a cómo nos toca."

"¿O el padre que quiso tirar a su hija por la ventana?"

"¿Y si nada más me siento?"

"Bueno, lo muevo, ¿y qué? Si se enoja, le rompo el hocico. Tal vez hasta me ayuden."

"No, yo no me meto."

"Nada más los miras feo y ya te están golpeando."

"Mi hijo les dio todo lo que traía y aun así le rompieron la pierna a batazos."

"¡Lo madreamos y ya! Si dice que lo atacamos primero, decimos lo contrario. ¿A quién le van a creer?"

"La cabeza contra el filo del asiento, ¡tómela!"

"Apriétale la garganta. No le des chance de nada."

"Nadie va a decir que lo golpeamos primero. ¿O sí?"

"Tal vez hasta le hacemos un favor a alguien."

"¡Ahora!"

"¿Pues qué nadie va a decir nada?"

El ruido de las puertas cerrándose lo despertó y, viendo a la gente que lo rodeaba y le veía con miradas de reproche o fingida indiferencia, quito su brazo y piernas de los asientos que estaba ocupando. Se apoyó contra la ventana y volvió a sumergirse en el sueño, arrullado por el lento vaivén del vagón y rodeado por pasajeros que viajaban silenciosos entre estaciones.


Octubre 2009


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El Delfín

Por Ramiro Reynoso León

El sol entra por la ventana sin invitación alguna. En el interior de la vivienda el mancebo se mueve suavemente, entre las sábanas. Cuatro mujeres velaron su sueño, luego de hacerle disfrutar desde cada punto cardinal, como pocas veces en su corta pero experimentada vida.

Se sienta sobre la cama, se estira, bosteza cual felino mientras se levanta. Ya conoce el camino luego de tantos meses de repetir aquel ritual. El séquito de solícitas mujeres al pendiente de sus mínimas necesidades, atiende sus deseos y caprichos cual si fuera una deidad. La tina amplia como una alberca, con agua tibia y pétalos de flores, lo recibe maternal. Las manos femeninas recorren el cuerpo del mancebo, -musculoso y marcado producto del gimnasio y de una alimentación rica y balanceada­­­-, de manera rítmica, lenta, sin prisa, con movimientos circulares y ascendentes al corazón. Una bata de seda azul le cubre al concluir el baño.

Las mujeres le conducen de regreso a la recámara. Ahora es el momento para un masaje relajante de pies a cabeza. Su cuerpo es ungido con aromáticas cremas. Cepillan su cada vez más larga cabellera, misma que le trenzan y arreglan de la mejor manera.

Una vez realizados los tratamientos corporales matutinos, las mujeres le visten por completo. Un elegante traje negro importado, de lana virgen, oculta la suave ropa interior de algodón blanco. Camisa de algodón egipcio, corbata de seda. Calcetines en perfecta combinación con el traje y zapatos negros, lustrosos, hechos a la medida en alguna ciudad europea. Vestido así, el mancebo es la más viva expresión del poder y la elegancia.

El azul del cielo despejado, se deja ver a través de las ventanas. Al abrirlas el cielo da los buenos días con una corriente de aire fresco que aleja la manifestación de lociones y perfumes. Ya vestido, el mancebo, encamina sus pasos hacia la entrada de la mansión, un amplio jardín tan verde como la selva, muestra sus gotas de rocío. Una limusina impecable, le espera paciente. El chofer, vestido de levita, abre la puerta y la cierra cuando la última de las cuatro mujeres ha subido. Toma su lugar junto al volante. Igual que el sol, ya sabe el itinerario de cada día de la semana.

La limusina se desliza cual rayo solar, sobre el asfalto hacia el corazón de la ciudad. Una entrevista-desayuno con el jefe de estado espera por el mancebo. Decisiones importantes serán tomadas, bajo su asesoría, para el bienestar del pueblo. Todo sacrificio vale la pena con tal de perpetuar la especie y el imperio. Los tributos deben llegar desde las más recónditas poblaciones, puntualmente, al igual que las lluvias, de otra manera la vida puede agotarse. Es imperativo continuar con el dominio sobre otros pueblos, "estar bien con el de arriba"; por ello la contribución del mancebo es vital.

Luego de la junta-desayuno, el mancebo se dirige con su séquito femenino al centro de las artes. Maestros especializados le comparten sus conocimientos musicales. Él interpreta diversas melodías en saxofón, piano y bajo. El aprendizaje es notable, luego de meses de disciplinada instrucción.

Pasado el mediodía acude a comer con personajes de la nobleza: políticos y ministros, expertos en negocios, educación, turismo y otras actividades importantes para el imperio. Las opiniones del mancebo, también son bienvenidas, valoradas y, muchas veces, seguidas al pie de la letra, por tratarse de un iniciado, de un representante divino en la tierra.

Por la tarde, cuando el sol comienza su viaje hacia el poniente y las nubes aparecen tras él, el mancebo acude a un centro educativo. A éste asisten mujeres con sus hijos, a escuchar las palabras de aquel hombre inmaculado, hermoso, perfecto. Éste charla con los niños, los invita a ser un ejemplo de buen ciudadano, excelso guerrero. Al despedirse se le reverencia a su paso.

Cinco días antes del gran evento, el mancebo se casa con aquellas cuatro damas, éstas han sido educadas en las mejores academias para tal fin. Se encargan de cortarle el cabello, cepillarle la piel, darle masajes y tés relajantes. Música de los dioses y aromáticos inciensos complementan la atención corporal y espiritual. Necesita estar conectado con el cosmos, con la bóveda celeste, a fin de cumplir su encomienda. En esos cinco días, viaja con su séquito real y sus esposas a diversas ciudades. Es importante hacerse ver por la mayor cantidad posible de personas. Que las multitudes le conozcan, admiren su belleza, su capacidad de sacrificio por las masas, sus dotes oratorias.

Obtiene peticiones para la divinidad; las ilusiones de muchos y la continuación de la vida, está en sus manos. Cómo no cumplir, cómo renunciar a ese gran compromiso ya adquirido, por voluntad o imposición, ¡qué importa! No es el momento para dar marcha atrás. Y menos cuando el Estado se ha mantenido al pendiente de su desarrollo físico, intelectual, espiritual y ha vigilado celosamente su desempeño, durante el último año.

Aquella mañana era más soleada de lo usual, buen augurio para el ceremonial tan esperado. Luego de todas las atenciones de sus esposas y de un desayuno frugal en casa, el mancebo sube a la limusina. El chofer ha verificado, en el sistema de localización satelital, la nueva ruta para esta ocasión. Las esposas ricamente ataviadas, le acompañan en su trayecto con alegres cantos, alabanzas y hermosos poemas de amor.

Las multitudes cual enjambres de abejas, se aglomeran en torno al paso de la limusina, como si fuera un cajón de miel. Todos quieren estar cerca del nuevo emisario de aquel dios. Los gritos, las loas y coros, estremecen al mancebo pues exaltan los valores, las tradiciones, las esperanzas de aquel pueblo.

El mancebo, con medio cuerpo por fuera del techo de la limusina, sonriente para los demás, pensativo para sí, estira la mano, saluda a la mancha gris e informe que lo vitorea.

Por fin arriba a la plazuela donde él emitirá su discurso. Una a una las nuevas propuestas salen de sus labios; una a una se diluyen en el viento y se incrustan en los oídos de los concurrentes. Una a una las gargantas se desgarran al gritar en espera de ser escuchadas en una última petición. Y allí está el mancebo, en cumplimiento del rol asumido, sabiéndose el instrumento de la máxima autoridad para cumplir los designios celestiales.

No hubo necesidad de recostarle sobre ninguna piedra ancha, ni abrirle el pecho para extraerle el corazón. Entre la muchedumbre, apenas se escucharon los disparos. Una enorme mancha roja se confundió con el color de la corbata, sobre la camisa blanca del mancebo y éste se derrumbó entre los brazos de sus amadas. Así estaba planeado y la vida del imperio se renovó.

Noviembre 2009

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